Mostrando las entradas con la etiqueta diario. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta diario. Mostrar todas las entradas

11.6.20

Cuando vea nuevamente sus ojos...


Cuando vea nuevamente sus ojos ¿qué habrá en los míos? 
Cuando te vea verme.




***
Texto: entrada del diario de la autora, fechada 18 de agosto de 1962, con anotación "Carta de B", del Apéndice II Alejandra Pizarnik – París. Diarios, Lumen, 2013.
Imagen: fotografía de la escritora Elizabeth Smart (1952) de John Deakin.

21.5.20

No podrá conmigo ese rostro...



1 de noviembre, martes [1960]

Un rostro. Un rostro que no recuerdo, ya no está en mi memoria. Ahora es el combate con la sombra, nubes difusas y confusas. Le he dado todo. Lo hice y lo puse en mí. Le di lo que los años me quitaron, lo que no tengo, lo que no tuve. Ahora falta mi vida, falto a mi vida, me fui con ese rostro que no encuentro, que no recuerdo.

No podrá conmigo ese rostro. Es tarde para andar otra vez invadida por una presencia muda. Ya no más los amores místicos, un rostro clavado en el centro de mí.

Pero sé que mi vida sólo tiene sentido cuando amo como ahora no quiero amar, cuando intento un rostro y un nombre, que colorean mi silencio, que me permiten seguir buscando y no encontrando, que me permiten lo que de otra manera es hastío, tiempo en que nada pasa.



***
Texto: Cuaderno de octubre de 1960 a 1961. Diarios, Lumen, 2013.

13.4.20

Lloré porque la llave que abrió la puerta indicó un claustro...


Lloré porque la llave que abrió la puerta indicó un claustro (¡el anhelado encierro junto a los libros! ¡La soledad infinita!). ¡Sí! Lloré porque terminó la farsa. ¡Abajo las máscaras! Éste es tu lugar, Alejandra, y jamás saldrás de aquí. Éste es tu lugar, junto a Rimbaud y Nerval. ¡Junto a Vallejo! Junto a los adorados seres inexistentes que jamás te desilusionarán y a los que nunca cansarás con tus andares de neurótica mundana. Heme acá. Las cuatro paredes rodean mi alma. Hemos llegado al final de un experimento necesario y fracasado. Acá. Sí. Con la pluma y el llanto que nutre conmovedor la savia de mi escritura. ¡Sola! ¡Gritaré aterrada mi soledad! Gimo. Lloro. ¡Tengo tanto miedo!



***
Texto: Domingo, 31/ 2 o 3 de la madrugada, Cuaderno del 19 al 31 de julio de 1955 (Diarios, Lumen, 2013.
Imagen: "Days of purification", Laura Makabresku.

7.12.19

¡Humano! ¡Demasiado humano!



El rostro de Van Gogh. Humano demasiado humano. Su cabeza rapada para desafiar a los pájaros. Su mentón encerrado en la atmósfera de los amarillos. Y la nariz recaudando borrascas. Y los labios absorbiendo pinceladas. Y la frente mirando el haz que camina tentador luminoso. Y los ojos. ¡Los ojos! Como las negras piedras que se arroja contra los solitarios. Con la más insignificante reducción de Lo Terrible. Dramaticidad insoluble. Vértigos zambullidos. Alambres traspasados por las pupilas de las piedras. Raíces magnéticas que jamás se desarrollan… ¡Humano! ¡Demasiado humano!



***
Texto: junio de 1955, Diarios (Lumen, 2013).

9.10.19

Mundo inmundo



Miré mi reloj con miedo.

—Son las diez de la noche —dijo. 

—Mi respuesta es la de antes —dije.

—¿No?

—Eso es.

Lo miré como a mi reloj: Es tarde, pensé mirando sus ojos. Después pensé en sus ojos y me dije que los ojos son como peces y que también en los ojos, como en los peces, hay tiempo mudo aprisionado.

—No —dije—, no puedo. Es tarde.

—En el amor no hay tarde, no hay noche —dijo.

Toqué con mis manos de niña su rostro infantil.

—Los dos ya somos viejos —dije—. A los veinticinco años no podemos rehacer lo que comenzamos a los diez y siete. Han pasado demasiadas cosas o demasiadas pocas cosas.

Que pasen. Que los años pasen. Que me encuentre en el espejo súbitamente vieja. Que se vaya mi primer nombre. Lo miré pensando que los ojos en los otros ojos de nada valen pues lo que se descubre en el extenso minuto de las miradas amándose sólo dura un extenso minuto.

A medida que me iba negando a hacer el amor me sentía intacta, fría como mi mano posada en un libro —siempre un libro— y me resguardaba la promesa de una soledad heroica hecha de mis ojos absolutamente atentos a cualquier signo a modo de respuesta a lo que me corroe desde que me recuerdo.

Nos separamos sin mirarnos. Entré en mi casa llena de libros, mi casa de transmutadora de realidades entrevistas en el atroz duermevela de mi paso diurno por la ciudad.

Cerré con furia la ventana. «Quedate donde estás, mundo inmundo. Dejame a solas con mis ojos que descubrirán los nombres, los confines, todo esto que me duele de una manera que jamás sabré decir.» Duele el pecho, la garganta, lo que está detrás del pecho, de la garganta, los huecos lugares por donde corre un viento lleno de agujas.

Unos años más y las arrugas de tu cara tornarán risible esta pieza de estudiante. Los relojes. Son las diez y cuarto y no hay nada en mi memoria, nadie recrea lo sucedido, ya no recuerdo al que amé adolescente y que viajó a París en busca de su pequeña poeta de ojos verdes y encontró la temerosa de los relojes.

—¿Para qué querés tener tiempo? —me había preguntado.

—Para nada —le dije.

Para ver si es posible ver si es posible que yo vea —este viento, este cauterio, este doler porque algo lo quiere, tiempo o viento—. Para esperar una noche que dure hasta que yo despierte, una noche de ojos abiertos, hasta que yo despierte. Que me hagan las ablaciones y escisiones que necesiten pero que mi noche dure hasta que yo vea si es posible.

Por eso el amor antiguo de siete años —a qué vino entre este buscar el lugar en que la vida empieza a ser posible para alguien que vive—. ¿Qué nupcias hacer entre el amor y lo que me aguarda? No hay espacio para el amor dentro de la invadida por el noamor. Tu vida diurna no importa: la soledad en que merodeas, los cuerpos que te abrazan después del alcohol y de las pequeñas canciones que nombran la nieve, una rosa, el morir… Hablo de un albergue de amores mágicos, no de dos que se eligen y deciden amarse.

Frases como cuchillos: que hiendan mi mutismo, que me hagan confesar los nombres que olvidé, y tantas cosas que están en mí y que trascienden un canto de desdicha pura, de melancolía urgente.

En este vacío sin desenlace, resbala: tal vez allí, con el mismo terror que te obliga a cantar ingenuamente, encontrarás un rostro de piedra o de agua o de dulce carne humana. ¿Qué le diré? Lo cercenaré, lo destruiré. Luego: ¡adiós viento, padre mío! Respiraré; me interesaré por este mundo; leeré los diarios; tendré prejuicios.



***
Texto: "Cuaderno de octubre de 1960 a 1961", Diarios completos (Lumen, 2013).

29.9.19

Y pensó en sí misma y halló solamente confusión...


Sábado, de nov[iembre, 1962]*

Y pensó en sí misma y halló solamente confusión. Pero aun así sabía que era necesario escribir porque sólo ella podría dar testimonio de algunas cosas por las que vivía. Aun cuando escribiera sobre los ruidos nocturnos, los vagidos de las cosas a medianoche y la tristeza de su ser intacto y no obstante definitivamente deteriorado, ella sabía que tenía que escribirlo. Por eso aun mirando desde una alcantarilla, le sobrevenía una leve alegría, porque la más desposeída tenía algo que hacer: contar un cuento sin historia y sin explicar por qué su herida mana desde que se recuerda. Es todo lo que sabe. No es mucho. Pero es todo lo que sabe.



***
*La fecha correcta es 1 de diciembre (nota de la editora).
Texto: Diarios (Lumen, 2013).
Imagen: fotografía de Ed van der Elsken

29.4.18

Alejandra, niña triste de la ciudad, en tu aniversario


Oye, Alejandra, niña triste de la ciudad: acá van tus poemas, esos trozos condensados de tu angustia, que tú has decidido historiar.

Hoy cumples veinte años, y por eso te obsequias tus poemas vestidos de fiesta. Te has maquillado, puesto hermosa, y tus labios apagan veinte llamitas.

Pero la situación real es muy otra. ¡Alejandra! Has vestido de fiesta a tu sangre, a tu angustia. Tú no lo quieres, ¿verdad? Tú deseas escribir silenciosamente, esconderte, no mostrar los poemas a ser humano alguno.



***
Texto: fragmento de la entrada, Diarios, 1956.
Imagen: fotografía de Pizarnik, autor y año desconocidos.

11.3.18

Escribir es darle sentido al sufrimiento



Escribir es darle sentido al sufrimiento.
He sufrido tanto que ya me expulsaron del otro mundo.
Escribir es querer darle algún sentido a nuestro sufrimiento.



***
Texto: entrada del diario, noviembre de 1971 (Lumen, 2013).
Imagen: "Dar o tomar", Louise Bourgeois.

3.9.17

Me asusta lo frágil de la felicidad o de la desdicha



18 de julio [1961]

P. me perturba. Me parece absurdo leer o escribir poemas si él está tan cerca. Creo que mi único deseo es hacer el amor con él. Si se va, si no lo veo más, será una terrible pérdida. Le dije que hoy no viniera porque quería quedarme a leer y escribir. Lo cual me parece falso, me parece perverso hacia mí.

Me asusta lo frágil de la felicidad o de la desdicha.



***
Texto: entrada del diario de Pizarnik (Lumen, 2013).
Imagen: fotograma de la película Al azar de Baltasar (1966) dirigida por Robert Bresson

23.8.17

... el terror de volverme loca


Sábado, 17 de junio [de 1960]

Anoche viví, por vez primera, el terror de volverme loca. Estoy sin defensas, absolutamente desnuda. Suspendida del abismo, balanceándome. No tengo deseos de nada. Hay un silencio en mí. No quiero volverme loca. Ayer pensé que quiero volver a Buenos Aires. Con mi cuerpo puedo hacer lo que quiero: viajar a cualquier país, ir a cualquier lado. Pero mi silencio y mi tristeza no siguen a mi cuerpo. Me siento más triste que nunca. Tal vez tengo lo que llaman «manía depresiva». He recibido una hermosa carta de Roberto J. «Déjate ir», dice. Pero Roberto cree enormemente en los valores del espíritu, posiblemente jamás se preocupó de la locura, jamás se preocupó de saber o sentir si es loco o no. Sabe y siente que es poeta y por lo tanto un ser diferente. Yo también sé y siento que soy diferente, pero también sé y siento mi enfermedad, su peso, su fuerza. Volver a Buenos Aires y psicoanalizarme. Pero ¿de dónde obtendré dinero para ello? Más valdría suicidarme, ahorrarme los meses o los años de sufrimiento atroz que me esperan, que ya están, que ya fueron y serán. «Soy un fue, un es y un será cansado.»

Sea cuando fuere, tarde o temprano, tendré que suicidarme. La vida no es para mí.

Ayer, mientras tenía miedo de la locura, alguien reía dentro de mí: «Y sos vos la que quiere escribir novelas, vos la que quiere hacer los poemas más bellos». Y la voz reía.



***
Texto: Diarios, Lumen, 2013.
Imagen: "Dark Water", Laura Makabresku.

5.8.17

Palabras...


22 de febrero. Palabras. Todo lo que me dieron. Mi herencia. Mi condena. Pedir que la revoquen. Pedirlo con palabras. Las palabras son mi ausencia, en mí hay una ausencia hecha de lenguaje. No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo. Este «silencio» de las palabras, de las que digo y escribo, es el horror, el vértigo. Pero ninguna presencia humana se me presenta como evidencia. Amigos y amantes: cuerpos vacíos e indiferenciados. Sólo hay fantasmas que he amado hasta pulverizar mi conciencia.

24 de febrero, domingo. Las palabras son cosas y las cosas palabras. Como no puedo otorgar realidad a las cosas las nombro y creo en sus nombres (el nombre se vuelve real y la cosa nombrada es la fantasma del nombre). Ahora sé por qué escribo los poemas que escribo que son inmóviles y estáticos como cosas. Es mi sueño de un materialismo dentro del sueño.


***
Texto: entradas del diario de 1963 (Diarios, Lumen).
Imagen: fotograma de la película Persona de Ingmar Bergman.

25.7.17

... es como si fuera una fuga


Martes

Si no obtengo recursos de mí misma, ¿de qué vale todo? Es como si tuviera un desierto detrás de mi pecho, es como si me hubiera tragado una loca incendiada que corre por mi sangre dando alaridos, es como si fuera una fuga. Yo no quiero ser una fuga, yo no quiero que me pongan agujas en la sangre. Quiero vivir y ser yo. (¿No estaré luchando con la locura?)

El examen del sábado es el causante de mi estado actual.



***
Texto: entrada del diario correspondiente a febrero de 1958.
Imagen:fotograma de Pierrot le fou de Jean-Luc Godard.


28.6.17

Algo goteaba horrorosas partículas de dolor...


[...]

Siento una profundísima melancolía. Sombras, dolor, vergüenza de no ser, todo, todo, tan feo, tan triste, tan ausente, tan estático. Quiero morir.

Dentro de unos instantes, moriré. Abriré mis venas con un cuchillo.

¿Qué puedo decir? ¿Qué valor pueden tener mis palabra, ahora, que ya es el fin?


¡Morir! ¡Claro que no quiero morir! Pero, debo hacerlo. Siento que ya está todo perdido. Lo siento claramente. Me lo dice la fría noche que nace desde mi ventana enviando mil ojos que claman por mi vida. Ya nada me sostiene. Pienso en usted, y algo, desde muy hondo, rompe a llorar. ¿Debo pensar que por usted es necesario vivir? Mi razón así lo afirma. Pero, la orden imperativa de este momento es un terrible grito que sólo dice ¡sangre!

¡Morir! Ya nada me queda…

Todo se esfumó y yo quedé en la nada. Y así estoy ahora. ¿Puedo pensar que debo vivir? ¡No!¡No! ¡He de morir! Y ¡ahora! Tiene que ser ahora. De lo contrario, no será nunca. Por última vez, le digo de mi amor.

DOLOR

¡Llorar! Se acarició el rostro. Sentía una profunda tristeza por su tristeza. ¡Llorar! Naufragaba en un mar melancólico; hondamente, llanamente, melancólico.

Tomaba lenta conciencia de su sufrimiento, sufrimiento agudizado por la visión de su espera vacía. Calculó los residuos de esperanzas que yacían en su alma: ¿qué esperar?, ¿cuándo?, ¿hasta dónde?, ¿por qué?, ¿para qué? Su interior se deshacía paulatinamente como un grifo mal construido. Algo goteaba horrorosas partículas de dolor. Algo, algo. Quiso sonreír, pero sus pestañas latieron ante la humedad que afloraba a sus ojos. Pensó que solo le restaba morir. Atisbó su alma para comprobar el efecto que le producía esta palabra fatal: morir. No. Sólo nada. Su alma asentía en silencio. Ya no le importaba no ser. Quiso sonreír y el llanto sobrevino. ¡No ser! Y ahora, ¿acaso ella era? ¿Qué era? ¡Un grito de dolor! Un simulacro fastidioso de agonía humana que ocultaba un prosaico y pequeño fracaso: ¡el de su vida! Quería atribuirse la responsabilidad del vértigo universal, cuando en realidad no era más que una partícula llorosa y humillada por esa vida tan dura y tan mala, ¡¡vida que no comprendía, vida que no intentaba comprender, vida que no aceptaba!! Tornó a sufrir. Pequeño lagrimeo. ¡No! Todo estaba muy bien, muy correcto, muy sensato. Su cuarto vibraba de orden y belleza. Su cuerpo bien vestido y perfumado. Sus uñas luminosas, su rostro bien compuesto, su pelo simétrico y su frente intacta. Contempló sus queridas posesiones. Sí. Todo estaba muy bien, menos ella, la pobrecita ella, tan dolorida, tan pero tan dolorida que se sentía estallar. Era algo que la mordía por dentro, algo fiero y oscuro y grande y tremendo. Algo la castigaba por sus pecados o por sus virtudes o por su vida o por su muerte. ¿Cómo saberlo? Oyó un horrible chirrido, como de una tumba, que se abalanzaba sobre su nuca. Oprimió los pies contra el suelo, fuerte, muy fuertemente. Sentía que su cuerpo se estiraba, cada fibra, cada tendón, se iban y volvían elásticamente, como en los films de dibujos animados. Cerró los dientes hasta empujar todos los dolores de su cuerpo y concentrarlos en sus mandíbulas. Sufría. ¡Cómo sufría! El dolor laceraba su ser hasta convertirla en un impresionante hilo tenso que al menor roce producía sonoridades sorpresivas. No quería pensar en su dolor, pero éste estaba dentro de ella, delirante, acalorado por alguna fiebre misteriosa. Unos ruidos extraños burbujeaban en sus sienes marcando heráldicamente el lugar en que ella tenía que apoyar los dedos y frotar, muy suavemente. Los dedos bajaron al sitio en que estaba el corazón. Se asustó al sentir ese vibrar tan uniforme y tenso. Un segundo más y lo iba a ver estallar, volar en mil pedazos, como un globo terrestre de goma pinchado por una espina, ese mismo globo terrestre que era su abstracción del mundo, de su mundo que desaparecería con su muerte. Estaba decidida a llevarla a cabo, pero había un pero que rompía silenciosamente su resolución. Contempló la pluma y la acarició. Como una flecha venenosa, la contaminó un deseo: escribir, escribir. Deseo que introducía a la muerte en un barco irretornable, deseo que aumentaba el mercurio de su angustia, deseo que cortaba su pobre espíritu y arrancaba los testigos de sus frustraciones, de sus impotencias. La tentación de arrojar la pluma por la ventana, al mundo exterior, odiado y temido, se hizo fuertísima, pero sabía que esta pluma solo era el símbolo de su ardiente apego a las figurillas conmovedoras de su escritura. Nuevamente, se sintió desolada. El sol aciago cegaba sus pupilas. Vibró su dolorida frente. ¡No! ¡No era el sol! Era su llanto, su modesto y silencioso llanto, que cubría su rostro, no para lavarlo, como una lluvia beneficiosa, sino para hacerle llegar a todo su ser el testimonio de su desdicha, de su terror, de su vida perdida. Trató de ocultarse, de sonreír aun cuando la falsedad de su alegría fuese conciente. Quería hundir su mano en el dolor y agarrarlo como a un objeto próximo y estático y oprimirlo y expulsarlo de su cuerpo fatigado. Pero no, su dolor era como un [palabra ilegible] indomable, imposible de aferrar. Pensó en Dios, en algún elemento supremo a quien elevar sus quejas y pesares, alguien contra quien clamar o blasfemar. No. El cielo era una masa presente y azulada. Ni por asomo se le ocurrió que Dios podría estar detrás, o encima o, como le habían dicho cuando era niña, en todas partes. Recordó que se había asustado. Recordó que lo imaginó como un fantasma blanco lleno de ojos negros. Pero, ahora, ¡ahora, pobrecita ella!, no atinaba a encauzar su dolor hacia esas terapéuticas ultraterrenas. Cerró los ojos. Ahora el dolor caminaba por su sangre, a pasos gigantescos, torturadores de su ser, que ella temía como a todo. Inspiró hondamente. Nada. Con sumo ingenio, sus resortes angustiosos se entretenían en escribir sobre la superficie de su alma. Escribían NADA, con grandes caracteres luminosos, NADA imborrable y dolorosa, NADA desde lo más profundo de su alma. ¡NADA! Siguió pensando en la muerte. La tinta de la pluma languidecía, por lo que ella dijo: «¡Maldita lapicera!». Y rompió a llorar.



***
Texto: fragmento del diario, entrada del 28 de setiembre de 1955 (Diarios, Lumen 2013).
Imagen: "¿Ojos para volar?" (Coyoacán, México, 1991), ©Graciela Iturbide.

22.5.17

¡Yo! ¡Sólo yo sufro!


[...]

¡Háblenme de los hebreos en el desierto!
¡Háblenme de los pobres que mueren de hambre y de frío!
¡Háblenme de los clavos de Cristo!
¡Háblenme de los condenados a la hoguera!
¡Háblenme de las madres con sus hijos muertos!
¡Yo! ¡Sólo yo sufro!
Yo, que estoy tomando un exquisito café y aspirando la dulce fragancia de este cigarrillo.
Yo, que planeo una perfecta apertura social para la próxima semana.
¡Yo! ¡Sólo yo sufro!
Yo, que mientras escribo sonrío a una mosca que mastica azúcar y lloro de soslayo para no
humedecerla.
Yo, sentada, ignota y primaveral riendo de mi jactancia extravagante pero mía.
¡Yo, sólo yo sufro!
¡Háblenme de gitanas sucias y despatriadas!
¡Háblenme de estrellas sin cielo!
¡Háblenme de flores sin pétalos!
¡Yo, sólo yo sufro!
¡Sí! Acá, en mi verde umbrío rincón.
¡Sí! Acá, mientras vivo danzando en la cuerda.
¡Sí! Acá, mustia y pegajosa, llorosa y dolorida.
¡Yo! ¡Sólo yo sufro!
umbrío vidrio estridente marea
al filo sin son de la tarde muerta
tres dríades duermen sentadas
en mi ser cansado ya sin llanto
sombría y terrestre adrede
me extraigo
una verde sonrisa sangrante
¿dónde vas, labio muerto sin fondo?
¿dónde vas, impetuoso lanzallamas?

Alejandra: recuerda. Recuerda bien todo lo que has oído. Primeramente, debes aprender a separar el sueño de la vigilia. Recuérdalo, y no pienses que «estás desnuda o llevas un traje de vidrio».

[...]



***
Texto: fragmento del diario, entrada del 28 de setiembre de 1955 (Diarios, Lumen 2013).
Imagen: fotografía tomada del documental Soy lo que soy: Alejandra Pizarnik, de Sandra Mihanovich.

15.5.17

... cuerpo erotizado por su deseo de morir


SAINT-TROPEZ*

22 de agosto [1962]

El dorado día no nace para mí. Penumbra perpetua del cuerpo erotizado por su deseo de morir. La lívida luz del amanecer entrando a donde el espejo es el infierno. Mueres de cualquier manera. La luz es puerta sin gracia en el soplo mágico de la noche. Viento, parte inaudita de ti. Si me amas me la darás aunque no vivas, aunque no estés aquí. Aunque mueras habrás más daño que hacerte. Puedes retroceder. Irte a un paraíso más cercano que cualquier alba. Un viento fuerte hecho de imágenes desencontradas. Vende tu luz extraña, tu cerco inverosímil, tu deseo mágico de asaltar desde las nubes faroles extraños. Un buen fuego en el país no visto. Un fuego sin desenlace en el estío vencido por ti. Véndelo luego porque la luz se arrima a imágenes de gloria y candor cercano. La luz, el heroísmo de estos días a venir. Pálida afiebrada. Vences en el deseo de considerar la luz como un excedente de demasiadas cosas demasiado lejanas. Reconócete animal perdido. Véncete en demasiadas cosas demasiado lejanas. Aunque ames o te mueras de simple ir andando hasta encontrar rabia y tranquilos estadios de olvido. Véante mis ojos. Véante mis labios. Véate mi cuerpo. Invade azulmente mi mirada dividida, escindida, prohibida. Invade hasta invadirte. Mida la extensión de mi amor, la de mi odio. En extrañas cosas moras.

Estado peligroso de fatiga, insomnio y palpitaciones cardíacas. Me siento muerta, mejor dicho, un peso muerto, algo enormemente pesado, no mi cuerpo sino esto que se llama yo. Hasta cuando me llaman por mi nombre, hasta cuando dicen Alejandra, me siento caer sin fuerzas para sobrellevar mi nombre y con muchas menos fuerzas, aún, para responder a la llamada. Además respiro muy mal —todo el peso reside en el pecho—. Si todo esto me permitiera escribir y leer no me importaría. Pero ¿qué quiero? Quería un largo espacio sin tiempo y lo tengo. Sólo que yo lo quería en soledad absoluta. Y aquí gasto mis tan escasas fuerzas en ponerme tensa delante de los demás, en sentirme perseguida, hostigada hostilizada. Y pensando —sin duda tengo razones válidas para ello— que ya estoy completamente idiota. Quien yo sé no me dirigió la palabra salvo para convidarme con las consabidas formas de politesse. En ningún momento me miró en los ojos. Debo agregar que esto último es una suposición pues no lo puedo saber no habiendo mirado yo misma los suyos maravillosos. Pero estoy tan destrozada que no me importaría irme ahora mismo con tal de dormir diez o quince horas. Hace más de una semana que sólo duermo tres o cuatro por noche.

Lo que me sucedió anteayer en París con E. no será posible narrarlo hasta dentro de mucho tiempo. Cómo yací junto a E., debajo de E. y sobre E., ambos desnudos, como si hiciéramos el amor. E. no quería ni podía hacerlo y yo quería y no quería. No obstante me sentí dichosa en sus brazos, en sus besos. "Mais tu es un enfant", decía con asombro. Yo sólo quería estarme sobre su cuerpo y beber de su rostro fabuloso. Me recordaba tantos otros rostros que casi se lo digo si no fue que tuve miedo de que se ofendiera. El poema "Artémise" de Nerval nunca fue más exacto: La treizième revient, c’est encore la première… Pero al final le dije: "Siempre estuve enamorada de gente que no existe y aquí estás vos, hoy…". "Amas en mí a alguien que no existe", dijo. Era cierto pero al mismo tiempo amaba su rostro como jamás he amado otro. No había un clima sexual. El cansancio de E. se debía a que ese mismo día antes había hecho el amor reiteradas veces. Cuanto a mí, todo era confusamente erótico en ese momento. Erotismo difuso, que hasta sentía en las yemas de los dedos. No precisaba del orgasmo —yo, que siempre lo preciso— sino de la prolongación del infinitum de ese abrazo. A todo lo sucedido se le podría encontrar una explicación freudiana evidente. No obstante, hay algo muy misterioso en este nocturno encuentro de dos cuerpos desnudos que no se unen (nunca me sentí menos separada que durante esas horas). Volviendo a Freud, se diría que no te atreviste a cometer incesto y que tu cobardía frenó los impulsos sexuales de E. Pero E. es mucho más que mi nostalgia de huérfana. Su mirada está más allá de la explicación. No hay otro rostro tan misterioso como el suyo.

El m. de m. l. —al que odié apenas lo vi— habla tan rápido que no se le comprende lo que dice. Voz ceceosa, excepcionalmente fluida, como si las frases estuvieran desde hace mucho dentro de la saliva y como si tuviera mayor cantidad de saliva que cualquier otra persona. Así como habla rápidamente, así debe comer, orinar, hacer el amor. No obstante tiene un rostro dulce y agradable (aunque no para mí pues sospecho que su sentimiento debe ser recíproco del mío).

Lo que me molesta o exaspera o enerva de él es su absoluta creencia en el mundo físico tal y como nos rodea (creencia que comparten todos los burgueses, sin duda) y su cerrazón a cualquier esbozo de abstracción aun cuando se lo presenten en forma de chiste genial; sospecho que tendría que haberme venido provista de chistes sociales y cuentos graciosos sobre la high life en los cuales habría palabras tan reconfortantes como "cojinetes", "rulemanes", "cremalleras", "propiedad horizontal" (¡como si existieran propiedades verticales!), etc., etc. De todos modos me duele bastante no poder comunicarme con los que tienen intereses o desintereses fundamentalmente opuestos a los míos, dolor que intento consolar atribuyendo esta incomunicación a mi oficio de poeta. Y tal vez por eso leo a Artaud, ahora, y a varios más que no «perdieron el lenguaje en lo extraño».

Sentimiento de un frío que se acerca hace mucho. A la mierda todos: niños y mujeres primero, después hombres y perros. Dejar solamente a los clochards y a los poetas. Bello sueño de una joven muerta: hacer poemas y después reventar. Las moscas caminan sobre mí y yo no tengo fuerzas para espantarlas, nadie más espantada que yo, más empantanada, con mis hermosos sentimientos y mi fabulosa sensibilidad. Habrá que matar también a E. Miré sus ojos gran parte de una noche e hice plegarias mentales que debió comprender. No se quedó sin embargo. ¿Y a qué había de quedarse? ¿A qué? ¿Pero es posible, digo yo, que todos te abandonen y que tú no digas una sola palabra? A la mierda los abandonadores. Yo ya no existo. Por eso, cuando esté menos cansada (¿qué hizo de mi cuerpo?) me vengaré en poco tiempo. Muerte, dolor: yo comprendo. Sufrimiento en estado puro: yo comprendo. La mano de hierro al rojo posada en mi pecho, en mis sienes, ruidos de mil uñas arañando paredes dentro de mi cerebro. Chirridos, ripios, gritos agrios repercuten, suenan estridentemente. Que nadie venga, por favor, que lo pulverizo. Que no me toquen que me hago polvo y caigo, caigo, caigo. Horror de mis noches videntes y de mis días ciegos. Toda esta lucha perversa está en mí, en el centro de mí, me clavaron, me remacharon, me acuchillaron con cuchillos mellados y oxidados. Ripio, rabio, ruina, risa, resina, remanente de graznidos, retroceso de rezos triviales. Dientes entrechocándose. Un frío se acerca nacido de mi aliento. Todo lo que no lloré lo llorarán dentro de un momento cuando me destroce y me muerda como una perra rabiosa y me dentelle y me descuartice, porque todos ellos están en mí y cuando yo me asesine mi venganza estará cumplida.

¿Qué venganza? ¿Qué filo nocturno en la orilla de este sinsentido siniestro? Antiguas noches amadas, menos bordes filosos, si me hacen el favor. Menos puntas, menos agujas, menos trituraciones y perforaciones.

Viaje de ayer en el expreso Paris-Nice. 12 horas leyendo y fumando y tomando agua mineral (le di propinas monstruosas al chico que vendía las bebidas porque me daba cuenta que quería burlarse de mi sed con los otros pasajeros). Por las ventanillas pasaban montañas, ríos, animales, casas, regiones que desconozco pero que no quería mirar porque prefería leer y además, el no mirar está asociado, en mi caso, con un oscuro sentimiento del honor, como si no mirar fuera una venganza, un insulto,
una manera de devolver los golpes. Y en cierto modo es así.



*Anotada junto a este título la leyenda: "hasta el final pasado".



***
Texto: Cuaderno de mayo a agosto de 1962 (Diarios, Lumen, 2013).
Imagen: "Tina Modotti" por Edward Weston.

19.4.17

Soy un ser evanescente: la hija del aire, enamorada del viento


De todos modos, yo no existo. 
Soy un ser evanescente: 
la hija del aire, enamorada del viento. 






***
Texto: Diarios, 2 de enero de 1961 (Lumen, 2013).
Imagen: "Meshes of the afternoon" (1943), Maya Deren.

5.12.16

Alejandra: tienes cuarenta días de angustia inconfesable...



19 de julio

         Buscamos siempre el absoluto y no encontramos sino cosas.
                                                                               NOVALIS

¿Qué es lo que importa en una acción, su fondo o su forma?

Alejandra: tienes cuarenta días de angustia inconfesable. Cuarenta días de soledad ahogada, sin probabilidades de confesarla. Sin un rostro amado a quien quejarse de la desgracia que se prende a tu destino. Alejandra: ese rostro amado es uno solo y se ha ido. Es como si te hubiesen arrancado todo.

Es como si te hundiesen en la fría suma de los días para que en ellos te aturdas tratando de olvidar su ausencia. Alejandra: has de luchar terriblemente. Has de luchar tú y este cuadernillo. Han de luchar ambos, pues los ojos del amado rostro dicen que quizás no esté todo perdido. ¡Quizás haya aún algo por salvar! ¿Qué?, preguntas. ¡Tu alma, Alejandra, tu alma!

Planes para cuarenta días:
1) Comenzar la novela.
2) Terminar los libros de Proust.
3) Leer a Heidegger.
4) No beber.
5) Nada de actos violentos.
6) Estudiar gramática y francés.

Tremendos anhelos. Sólo se me ocurre decir ¡te amo!, ¡te deseo!

Ni una imagen poética acierta a pasar por mi mente. Sonrío. ¿Hay más poesía en algún lado que en el rostro del ser amado?

Cierro los ojos y recuerdo el momento de mis labios sobre los suyos. Extraño. Me es difícil recordarlo. En ese instante estaba inconsciente. Ahora pienso que tendría que haber sido distinto. Que fue un beso torpe y excesivamente fugaz. Que al iniciarlo yo, tendría que haberlo dado con las fuerzas que se lo pedí. ¡Bah! ¡Valiente razonamiento! Sí. Ahora que la terrible emoción pasó. (Clavo mis uñas en la palma de mi mano.) Antes, cuando no había sentido aún sus labios, me consolaba pensando en su frialdad. Pero ahora… ¡ahora! Jamás sentí labios más exquisitos, más suaves, más maravillosos que los de… Me desespero pensando y pensando en ese beso de despedida. Es como haber pegado para siempre su rostro en mí. Estoy atada a sus labios.

Escribo para no angustiarme tanto. Sólo me consuela el momento de verlo de nuevo.

17:30 h. Sola en mi habitación. Acostada en la camita-biblioteca, fumando y prometiendo ser cada día mejor para que mi amor se enorgullezca de mí. Supongo que esto debe ser lo «positivo» de esta cruel y exquisita ligazón.

¡Deseo vivir!



***
Texto: Diario, Cuaderno del 19 al 31 de julio de 1955. Diarios (Lumen, 2013).

30.10.16

¿Qué sucedería si no tuviera miedo de soñarse otro?


11 de noviembre, viernes [1960-61]

¿Quiénes aman a don Quijote? Los cuerdos, los lúcidos. Los que se le parecen lo viven con malestar. Me miré en el espejo. Parezco Dylan Thomas antes de morir, cuando decía: «Quiero desgarrar mi carne».

Anoche, mientras hablaba con las sombras, comprendí algo de lo que me pasa —había alguien en mí científicamente lúcida—. Yo decía si todo esto vale la pena, puesto que me voy a morir muy pronto. La respuesta fue la de siempre: «Si alguien te ama no morirás pronto; vivirás muchos años y tu vida crecerá como la higuera de Rilke». Pero la realidad es otra. Nadie me ama a pesar de mí, contra mí. Nadie me atraviesa como a un escollo, condición de este amor esperado y jamás hallado. Caída en las «noches blancas». Metamorfosis. El ratón se sueña ibis de la China. Alguien vendrá a castigarlo: no un gato ni ningún peligro conocido. Lo harán sufrir porque no acepta ser ratón y además (y sobre todo) porque habiendo osado pensarse ibis de la China, sufre, siente miedo y espera que lo castiguen por eso. ¿Qué sucedería si no tuviera miedo de soñarse otro?



***
Texto: Cuaderno de octubre de 1960 a 1961, Diario (Lumen, 2013).
Imagen: "Young Woman Contemplating Classical Head" (1939), John Gutmann

19.10.16

En mi amor todo es pérdida...


Martes [diciembre de 1957] 

Abandono completo. No hay solución. La esperanza ha lanzado un último estertor. Mirad sus ojos abiertos, enfocados hacia un cielo de ausencia, contemplad sus manos lastimadas por la incomprensión. Aprended de su sonrisa bañada de asco, de su piel transida de miedo. Llorad, es necesario llorar toda la vida, porque mi esperanza ha muerto.

La mañana para llorar. La noche para desear. La tarde para jugar a la vida.

¿Renace la alegría? No. Es el amor que encendió un fuego cerca de mi corazón.

Existe alguien, alguien como tú o él, alguien que llora y tiene manos, alguien con un barco dentro de cada ojo, alguien cuyos labios tienen gusto a la sonrisa del mar cuando el sol lo saluda, alguien de cuya frente surgen canciones inmemoriales, alguien con un corazón mensajero que lleva cartas al infinito, alguien, en suma, como tú y como él. Y ese alguien es mi amor. Aunque yo sea una mendiga despreciada, aunque mis ojos hayan sido secuestrados por el llanto, aunque yo corra, de calle en calle, y me arrastre con un bicho dentro y aunque el bicho me muerda y me haga aullar, él es el que yo amo. (Y no cierro los ojos al decirlo.)

Excitación. Vértigo. Ganas de subirme a una estrella y decirle: Amo.

En mi amor todo es pérdida. Pero he aquí mis ojos lucientes como perros rabiosos. He aquí mis manos dulces como la lluvia. En mi amor todo es pérdida. (Hoy y siempre debo recordarlo. Hoy y siempre.)



***
Texto: Diario, cuaderno de 1957 a 1960 (Lumen, 2013).
Imagen: fotografía de Annette Pehrsson.

18.10.16

Soy la Gran Pitonisa...


«Soy la Gran Pitonisa, tengo los oídos llenos de whisky y el corazón colmado de salamandras.»
(Así se presentó. Tuve miedo.)





***
Texto: Diarios, miércoles, 4 de diciembre 1957-60 (Lumen, 2013).
Imagen:  Styriadetalle (2014), Santiago Caruso.