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30.5.15

He decidido cesar las aventuras sexuales...


He decidido cesar las aventuras sexuales. Al menos, hasta que el amor no me arrastre fuera de mí y me obligue a cumplirlas. Lo demás, en mí, es literatura.




***
Texto: fragmento de la entrada del 15 de enero de 1959 del diario personal de Alejandra Pizarnik. En: Diarios Nueva Edición de Ana Becciu (Barcelona: Lumen).
Imagen: "La odalisca está triste" de José Miguel Rojas.

25.5.15

Y yo pensé que tal vez la poesía sirve para esto...



30 de diciembre, domingo [1962]

¿Cómo escribir lo que me contó K. durante tantas horas? Cuando leyó un poema mío (muy doloroso) me dijo que se sintió mejor, que mi poema fue como un bálsamo para ella. Y yo pensé que tal vez la poesía sirve para esto, para que en una noche lluviosa y helada alguien vea escrito en unas líneas su confusión inenarrable y su dolor.



***
Imagen: "Ofelia (autorretrato)", mayo de 2015.
Texto: entrada del diario de Alejandra Pizarnik correspondiente al 30 de diciembre de 1962.

13.1.15

¿Por qué necesito humillarme?


12/ III [1965]

¿Por qué necesito humillarme?

¿Por qué necesito llamar a quien no quiere venir y por qué me entristece recibir a quien llega con deseos de verme? ¿Por qué el amor de alguien a mí infunde en mí odio por ese alguien y por qué la indiferencia de cualquiera me fascina?

Aun si todo va más o menos serenamente necesito, cada dos o tres meses, una noche de hundimiento.

Necesidad de encarnar presagios y sueños. El mundo externo se opone. Esto es obvio y no obstante no puedo admitirlo; lo quiero --en nombre de mi, digamos, instinto de conservación--, lo quiero, digo, pero no puedo. Queda por averiguar si lo quiero verdaderamente.

Luego, por más que crea haber progresado y madurado, mi sentimiento del amor y del deseo es difuso y confuso como a los cinco, a los diez y a los quince años. Una noche sexual es un corte tajante. No puedo, no sé, no podré nunca unir esa noche a las obligaciones, relojes, horarios, etc. Siempre, después de una noche sexual, hago planes de orden: ordenación de escritos, de lecturas, etc. Como quien estuvo al borde de la muerte y al incorporarse proyecta actos sanos y enérgicos.

Una noche sexual es agonía, es muerte y es la única felicidad.

Pero ciertos gestos, ciertas palabras, yo pierdo conciencia, yo estoy ebria cuando me desnudan, algo lejano y presente. Se repite lo que no se vio nunca. Siempre hago el amor por primera vez. Mi asombro, mi perdición, mi asfixia, mi liberación.

Soy una cobarde. Lo sexual, para mí, es el único camino de iniciación. Yo a veces lo abandono por miedo. Así como para otros el ascetismo, para mí lo sexual.

Pero esta necesidad, además, de consumirse. Este apalear a un animal muerto. ¿Qué pasa en mí que golpeo puertas cerradas? Lo sexual, sí. Pero no sé por qué me fascinan los que no me desean. Éste es mi emblema. Ésta es mi maldición. Cualquiera que te abandone logrará seducirte. Y viceversa. ¿Cuándo empezó?

[...]




***
Texto: Diarios. Alejandra Pizarnik, edición a cargo de Ana Becciu (Lumen).
Imágenes: fotografías tomadas del blog Perras palabras.


20.11.14

No es posible dejarse vencer y aniquilar por dos fantasmas...


Jueves [1958]

No es posible dejarse vencer y aniquilar por dos fantasmas. Si fueran muchos, en fin... Pero dos fantasmas.

Recordar la paloma blanca que devora a una muchacha. El gourmet que la devora; le corta los pechos, mana sangre, él coloca, en sendos agujeros, dos ramos de violetas. La cabeza cortada canta: "Los hombres no son felices y después mueren".



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Texto: Alejandra Pizarnik. Diarios (ed. Ana Becciu). Editorial Lumen.
Imagen: "Lo que le agua me dio" (1938), óleo de Frida Kahlo.

7.10.14

El fuego y el semen encienden...



Martes, 4 de diciembre [1961]

[...]

La mano toma el vaso. Lo lleva a la boca. La boca traga agua. Hay bocas que tragan fuego. Otras, aire. Otras --muy pocas a causa de los prejuicios que aún sobrenadan-- semen. El agua apaga. El fuego y el semen encienden. A veces se traga vino: ello apaga y enciende. Pero el ruido de dos autos chocando agudiza el presentimiento de la muerte. Habrá tres o cuatro cadáveres, algunos intestinos en carnicería de exhibición, un dedo allí, otro falo aquí. Lo llaman accidente. También se tose. La sangre es más avara de lo que cree cuando se trata de toser. Tos prolongada por estertores y náuseas. No es un sonido desagradable. Pero es el de un hueso rompiéndose. Más desagradable es el dolor del útero, por ejemplo, a causa del temor a constatar su existencia haciendo uso del dedo índice. El dedo, allí, parece prolongarse, exactamente como un falo. Tocar lo húmedo blanco que duele agudamente no es alentador sino todo lo contrario.Es allí en donde el famoso verso de Esteban Mallarmé y su famoso hélas final cobra su sentido más hondo y oculto. De allí que una mujer sin útero sea, a veces, más feliz que un hombre sin falo. Porque si el falo duele se lo puede vendar como a un dedo y se puede afirmar que un falo vendado no es una desgracia. También son desagradables la comezón y el prurito anal. Lejos de la ninfomanía, la comezón y el prurito anal sugieren insectos al que las padece. Sería necesario poseer más de cien dedos para que el afligido por este mal halle calma y vuelva a sus cabales. Ni un pianista virtuoso surte satisfactoriamente las exigencias de su cuerpo si sólo posee diez dedos --los de los pies no son tenidos en cuenta pues su función consiste en mantener despierto el sentimiento de culpa de su posesor por no lavarlos a menudo--. Y a estos dedos nunca se los lava bastante: aun lo raros especímenes que los cepillan cada día han confesado sentirlos sucios (en el subconsciente).

Por eso hay que beber agua. El agua apaga. Pero no el fuego.

[...]



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Texto: fragmento tomado de los Diarios de Alejandra Pizarnik (Lumen).
Imagen: tomada de la película Nymph()maniac de Lars von Trier.

20.9.14

... ven y tómame a la fuerza



"Oh ven, nada ni nadie lo sabrán nunca. Aun cuando yo no lo quiera ven. Aun cuando yo te odio y te abandone, ven y tómame a la fuerza".



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Texto: Diarios de Alejandra Pizarnik (Lumen).
Imagen: fotografía de Nicola Ranaldi, tomada de Noctambulario ii.

9.9.14

Yo debería pintar...



24 de junio [1959]

Yo debería pintar. La literatura es tiempo. La pintura es espacio. Y yo odio el tiempo y querría abolirlo. Pero ni la pintura. Hablo de poder expresarme en un arte que fuera como un aullido en lo oscuro, terriblemente breve e intenso como la muerte.



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Texto: Alejandra Pizarnik. Diarios (Lumen).
Imagen: fotografía de Alejandra Pizarnik tomada del blog Rayuela, el loco.

21.8.14

El domingo pasado traté de ahorcarme...


21 de noviembre, domingo [1971]

El domingo pasado traté de ahorcarme. Hoy no dejo de pensar en la muerte por agua. Nada me haría mejor que ver a Renée C.

Un título: El lugar perdido

Las perras palabras.

El miércoles 10 salí del Pirovano en el que estuve cinco meses.



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Texto: Diarios de Alejandra Pizarnik (Lumen).
Imagen: dibujo de Alejandra Pizarnik del artista José Miguel Rojas.

2.8.14

He dejado el psicoanálisis...


3 de enero [1959]

He dejado el psicoanálisis. No sé por cuánto tiempo. Estoy muy mal. No sé si neurótica, no me importa. Me siento muy pequeña, muy niña. Y me van abandonando todos. Absolutamente todos. Mi soledad, ahora, está hecha de quimeras amorosas, de alucinaciones... Sueño con una infancia que no tuve, y me reveo feliz ―yo, que jamás lo fui―. Cuando salgo de estos ensueños estoy anulada para la realidad externa y actual. Jamás hubo tanta distancia entre mi sueño y mi acción. No salgo, no llamo a nadie. Cumplo una extraña penitencia. Y me duele funestamente el corazón. Tanta soledad. Tanto deseo. Y la familia rondándome, pesándome con su horrible carga de problemas cotidianos. Pero no los veo. Es como si no existieran. Siento, cuando se me acercan, una aproximación de sombras fastidiosas. En verdad, casi todos los seres me fastidian. Quiero llorar. Lo hago. Lloro porque no hay seres mágicos. Mi ser no tiembla ante ningún nombre ni ninguna mirada. Todo es pobre y sin sentido. No digamos que yo soy culpable de ello. No hablemos de culpables.

He pensado en la locura. He llorado rogando al cielo que me permitan enloquecer. No salir nunca de los ensueños. Ésta es mi imagen del paraíso. Por lo demás, no escribo casi nada.


Hay sin embargo, un anhelo de equilibrio. Un anhelo de hacer algo con mi soledad. Una soledad orgullosa, industriosa y fuerte. Es decir: estudiar, escribir y distraerme. Todo esto sola. Indiferente a todo y a todos.



***
Texto: Alejandra Pizarnik. Diarios (editorial Lumen).
Imagen: "Jillian con una caja de insectos" de Kristen Hatgi.

23.6.14

Cuando yo muera, ¿quién me va a decir?...

28 de julio [1962]



―Cuando yo muera, ¿quién me va a decir? ― le dije como rogándole. Pero ni yo sabía el alcance de la pregunta, la calidad especial de ese amor secreto. Me miró con piedad; tal vez era lo que yo esperaba: que me dijera:

―Yo.

Y así comprometerlo hasta el fin de la eternidad, ya que no me atrevía a enumerar las frases habituales de una enamorada joven y viviente. Por eso le conté mi amor por otro, agregando la falta de correspondencia de ese amor. Y entonces, casi llorando, le dije:

―Y cuando me muera, ¿quién me lo dirá?

A la espera, sinuosa y enfurecida, de que se apiade de mi fingida locura amorosa por otro que por él y me diga:

―Yo.

Pero yo no sabía si él sabía que mis palabras eran más como máscaras solitarias paseándose a la altura de un rostro humano en una tarde de lluvia. Así flotaba mi extraño lenguaje. Y qué miedo tenía yo de que súbitamente me descubriese armada de mi muerte y de palabras densas y pétreas, mintiendo ominosamente con la mirada y con los nombres:

―Hace tanto tiempo que lo conozco, tanto tiempo que lo amo… Ahora se ha ido no sé adónde, pero lejos, en todo caso, de mi persona enamorada. Como si la finalidad de su viaje fuera más un irse que un ir, un irse de mí, la que lo espera y esperaba; aún lo esperaba cuando estaba él aquí, llenando con su presencia el amado lugar de su ausencia, obligándome a olvidar al ausente que yo amo para introducirme en el helado círculo en que dos se aman solamente. He amado a solas tanto tiempo que su rostro me ocultaba su rostro y sus ojos y su voz su voz. He esperado tanto tiempo que viniera que cuando vino se fue.

Entonces vi que sus ojos eran de piedad. Casi vi llanto en sus ojos soñados. Pensé: “se puede morir de presencia”. Pero apenas lo pensé supe que nunca, antes, había sufrido tanto. “Dile la verdad”, me dije. “La estoy diciendo”, me dije. “Pero no, la otra, la leve, dile que el otro no existe, dile que el otro es él”. (Corazón ciego salta en tu cueva de pasiones contrarias. Llévame al borde del delirio, en donde la soledad es peligrosa, y rostros plateados e inertes cierran a la fuerza mis ojos de locura y rabia).

Cuando me vi a solas en el lugar que me dejó quise gritar mi nombre, para que al menos no supiera a quién dirigirme si pasaba algo. Porque ya entonces presentí que lo peor que me iba a pasar era que nada me pasaría. Y también entonces me vi yendo como voy ahora: pequeña alucinada por las calles sucias, buscando en cada rostro la presencia del que solo aun ausente; vagando lentamente entre las viejas mendigas ―que me prefiguran― y los viejos borrachos adheridos a canciones que nadie compuso nunca, que sólo sirven para un  instante, para una sola calle, pues están hechas de delirios atroces y de palabras obscenas que quisieran ser puñales Pero yo no buscaba, he buscado hasta volverme ciega, pero no he buscado ni me he vuelto ciega.

Lo vi sonreír con su ternura inimaginable. Demasiada sonrisa para quien llevó tantos años su herida por donde sólo llovía sal. Casi le digo: “Solamente te amo a ti. Si te fueras para siempre, si solamente te fueras de mí para dejarme a mí contigo…”. Pero repetí:

―¿Quién se acercará a mi cadáver y me dirá: Estás muerta? Aunque no lo pueda escuchar lo sabré, algo en mí lo sabrá, porque algo en mí no morirá conmigo, algo en mí esperó demasiado tiempo como para no poder oír esas palabras. ¿Quién lo dirá?

―Yo.

Lo miré. Estaba llorando. “Para llegar a esto te ha sido preciso miles de noches de insomnio, en una tensión que estiraba tus nervios hasta el otro lado de la noche, en la oscuridad esquiva donde las sombras baten sonidos que son sus nombres amados, en el desenfreno de una llamada inarticulada y torpe, en un rito cotidiano en el que tú, pálida y afiebrada, bebías alcohol para someterte más rápidamente a las leyes del amor que no sacia”. Lloraba por mí. “Demasiado tarde esta fiesta lujosa en honor de la muchacha polvorienta comida por el deseo. Demasiado tarde esta exhibición de piedad humana con sus límites y terminaciones. ¿Cuánto tiempo seguir llorando? ¿Cuánto han de darme sus ojos en esta noche impecable con estrellas que son estrellas y una luna real que no oscila?

Quise decirle: "Ven a mí, ahora que nadie nos ve, ahora que lo verde de este maléfico jardín entró en la austeridad anónima de una noche de verano. Ven a mí: si vienes, las estrellas seguirán siéndolo, la luna no se cambiará con colores ultrajantes ni habrá metamorfosis dañinas. Nadie verá que tú vienes a mí. Ni siquiera yo, pues yo ya estoy muy lejos, yo ya estoy en otro mundo, amándote con una furia que no imaginas. Ven a mí si quieres salvarte de mi locura y de mi rabia, ten piedad de ti y ven a mí. Nadie lo sabrá, ni siquiera yo, pues yo estoy vagando por las calles de otra ciudad, vestida de mendiga vieja, acoplando tus nombres a canciones obscuras que son como puñales para fijar mi delirio. Mi sangre, mi sexo, mi sagrada manía de creerme yo, mi porvenir inmutable, mi pasado que viene, mi atrio donde muero cada noche. Oh ven, nada ni nadie lo sabrán nunca. Aun cuando yo no lo quiera ven. Aun cuando yo te odio y te abandone, ven y tómame a la fuerza".

II



Una vez más  el lenguaje se me resiste. No el lenguaje propiamente dicho si no mi deseo de conjurar mis deseos por medio de una detallada descripción de lo que deseo ver en alguna realidad hecha del material que quieran con tal de que no sea de palabras ni sobre el blanco temible de una hoja de papel. A veces lloro en mi sed, lloro por medio de mi sed, porque a veces mi sed es mi comunión, mi manera de vivir, de testimoniar mi nacimiento, de librarme y de dar acto de fe. Pero a veces lloro lejanamente por la otra que soy, la evadida en mi sangre, la ilusionada, la aventurera que se fue en la noche a perseguir los tristes rostros que le presentó su deseo enfermo.

Si todo esto fuera verdad, qué pérdida estoy perdiendo, qué sufrimiento increíble no hace orgía de expiaciones. Me gusta reírme de la persona humana en lo que tiene de absurda de los cabellos hasta el cuello. Sólo el sexo merece seriedad y consideración porque el sexo es silencioso.

Si todo fuera verdad, qué hago que no me lloro en mi funeral. Vencida, resistida, derrotada, ultimada a garrotazos, a tiros, a puñaladas…y oh, cómo se resistía la salvaje muchacha de los ojos tan verdes, cómo se debatió en el estrecho lugar que le asignaron para perderse. Fue necesario una insistencia común, la ayuda de todas las asociaciones del infierno y del olvido para que alguien como ella se dejara quitar su rostro enamorado que sólo fue una máscara que sólo se hizo polvo.

Entonces le dije:

― Si me muriera ahora mismo, ¿quién injuriará a la muerte? Lo pregunto de nuevo: ¿quién puteará hasta quedarse sin voz? ¿Quién dirá: es una pérdida magnífica, una pérdida lujosa?

―No yo― dijo sonriendo.

―Entonces lo de antes, ¿fue una mentira? ―dije. Pasos en el jardín. Un policía silba No dejes que las estrellas entren en tus ojos. Saco un cigarrillo y fuma.

―No yo ―repitió con una voz cansada, monótona.

―Entonces, ¿el llanto era mentira? ―dije.

Y me dije: “Si supiera qué poco me importa lo que dice. Si supiera qué poco me importa cómo me mira. Si supiera qué poco me importa que su piedad sea amor o su amor indiferencia. Si supiera qué lejos estoy de los nombres y de las palabras, de la verdad, de la mentira, del cansancio, de la monotonía. Si supiera que no me importa morir así como no me importa vivir porque estoy ya muy cansada de mi enfermera y mi guardiana, de curar a la lejana que soy, a la evadida que me fui, a la maravillosa enamorada más sutil que el viento, detenida ahora por algún pecado insoluble, en su sitial de noche y desgracia, hermanada a la melancólica soledad de un lugar blanco y pétreo donde ella llora su amor inexplicable”.

Me levanté, me fui, Fumaba a lo largo del Sena y cerca del quai Voltaire bajé a ver el río. Había mendigos bebiendo o silenciando o cantando o fornicando. Me acerqué a los que bebían y les dije:

―Cuando me muera muy pronto, si alguna vez muero, no recordarán el olor a tristeza del río, no recordarán el gusto del vino atado a la lengua, no recordarán el color de la noche en los ojos de los ahogados sino que recordaran mi voz, mis palabras que flotan como máscaras, como cáscaras vacías que nunca contuvieron nada, y recordarán mis ojos verdes que pagaron al amor el más alto tributo, y recordarán mi nombre que significó mucho para quien lo llevó como un arma en la noche de los grandes reconocimientos y del dolor sin desenlace. Así me dejé violar como tantas otras noches similares.

[…]



***
Texto: Diarios de Alejandra Pizarnik (Lumen).
Imágenes: fotografía de Pascal Renoux, encontrada en Noctambulario ii.


13.6.14

Miedo de mí...


15 de junio [1962]

Miedo de mí. Cada vez que pienso en mí dejo de reír, de cantar, de contar. Como si hubiera pasado un cortejo fúnebre.



***
Texto: Diarios de Alejandra Pizarnik, editorial Lumen.
Imagen: "Mapa con calaveras" de José Miguel Rojas.

21.7.13

Crepúsculo de domingo...


29 de julio [1961]

Crepúsculo de domingo. Las horas me arrastraron con una monotonía brutal. En principio: la palabra domingo es muy fea, no sólo por lo que evoca sino por su sonido, y sobre todo, por lo que no evoca. Pero aun dentro del domingo, aun comprimida dentro de una palabra muy fea, es preciso hacer lo siguiente:

1) Descalzarse; meterse en la cama con diligencia y vivacidad como una carta saltando dentro de un sobre; pasarse la lengua; cerrarse, estampillarse y partir.
2) A los cinco minutos te devuelven la carta. Destinatario desconocido.
3) Que se vayan a la mierda.
4) Comienza la agonía dominical. Qué hacer. Qué deshacer. ¿Qué libro leer, hypocrite lecteur?


***
Imagen: obra de Alicia Besada.
Texto: Alejandra Pizarnik. Diarios (Lumen).

20.6.13

Su rostro tan bello parecía soñado



28 de agosto [1962]

Su rostro tan bello parecía soñado. En la mitad de una descripción de Alejandría se desnudó. Dije que no quería hacer el amor. Sonrió, dijo que podíamos dormir en perfecta unión fraternal. Así fue. Creo que me sentía dichosa. Mais tu es un enfant, decía. Su rostro tan bello. Mis deseos confusos, difusos. Noche de amor demasiado sutil, y no obstante, nunca me sentí menos separada del universo.


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Texto: entrada del diario de Pizarnik en Alejandra Pizarnik. Diarios (Lumen).
Imagen: "Amantes, hombre y mujer (1914)" de Egon Schiele.

3.10.12

Diario: Increíble cómo necesito de la gente para saberme yo...


28 de julio [1962]

Increíble cómo necesito de la gente para saberme yo.

Pero hay una manera de sentir el tiempo que odio con todas mis fuerzas porque en esos instantes u horas me odio a mí y a los demás y a todo. Después de una sesión de "tiempo odiado" apenas logro reponerme. Regreso como una enferma y tengo miedo de mi fragilidad como una enferma. Así hoy, después de cuatro horas en el Departamento de Policía donde estuve parada, esperando, con un ensayo sobre "arte revolucionario o arte imaginario", que leí como una esquimal, sin reconocer el sentido de las palabras. Luego tomé un taxi y cuando pasé por la plaza muy bella casi lloro porque sentí que también había entrado en el engranaje absurdo del trabajo y de los papeles y que me habían robado mi tiempo. Porque después de todo mi tiempo es mío y yo debiera ser dueña de gastarlo y malgastarlo según mis ganas. Quiero decir: me pasé la mañana buscando papeles justificativos para que me dejen robarme el tiempo en paz. La verdad: trabajar para vivir es más idiota que vivir. Me pregunto quién inventó la expresión "ganarse la vida" como sinónimo de "trabajar". En dónde está ese idiota.



***
Imagen: "Elementary school" de Alfred Eisenstaedt.
Texto: fragmento de la entrada del día 28 de julio de 1962, tomada de Diarios (Lumen).

13.9.12

Diario de Alejandra Pizarnik: He releído mis poemas de los años 56 y 57.


Lunes, 28 de diciembre [1959]

He releído mis poemas de los años 56 y 57. He adelantado notablemente. Me sorprendió el exceso de imágenes cursis y fáciles. Pero también me alegró reconocerlas ahora y considerarlas con una sonrisa conmovida y divertida. Non obstant, el misterio de mi quehacer persiste oculto: escribo poemas cuando ello o algo o alguien lo quiere. Así sucedía a los diez y siete años y así continúa.

El peligro de mi poesía es una tendencia a la disecación de las palabras: las fijo en el poema como con tornillos. Cada palabra se hace piedra. Y ello se debe, en parte, a mi temor de caer en un llanto trágico. Y también el temor que me provocan las palabras. Además, mi desconfianza en mi capacidad de levantar una arquitectura poética. De allí la brevedad de mis poemas.


***
Texto: Diarios de Alejandra Pizarnik, editorial Lumen.
Imagen: Alejandra Pizarnik, una biografía de Cristina Piña.

28.8.12

Diario de Alejandra Pizarnik: Huida de mi casa en 1955....



11 de noviembre, sábado [1960]

Huida de mi casa en 1955. Mamá me buscó en lo de Arturo Cuadrado. La imaginé angustiada como en mis peores momentos, en mis estados horribles. No sé si durmió las noches de mi ausencia. ¿Pensó que tal vez me iba para siempre? ¿O conocía mi poca seriedad? Pero ¿por qué estoy tan segura de su angustia? ¿No se habrá sentido, más bien, culpable? No. Nunca se sintió culpable respecto a mí. Y todo lo que hice toda mi vida no fue más que una larga demostración —ante ella: la sorda, la ciega— de su enorme culpa. Pero tal vez no es ella a quien quise convencer sino a mí. Tal vez necesito de culpables para no morir de absurdo, para no aceptar la realidad, la verdad desnuda: no hay culpables, no hay causas malignas ni monstruos preocupados en perseguirte y hacerte daño, lo único que hay es nada. Ada. Nada. ¿Es que acaso lo comprendes?

Casi lloré al pensar en su rostro lloroso a causa de mi huida. Y la segunda fue venirme a Francia. Esta vez no podía tomar el tren a las seis de la mañana y buscarme en lo de Arturo Cuadrado. Pero tal vez mi triunfo de esclava sería que me viniera a buscar a París. Si lo hiciera creo que me pondría yo tan idiota que hasta perdería el habla. Me veo a los cuarenta años en una plaza con ella, yo jugando (como los idiotas) con una flor rota o una piedra y ella gritando, diciendo que me voy a ensuciar y le voy a dar más trabajo aún del que le doy.

Debo releer El retorno del hijo pródigo.

Muchas veces  me imaginé cómo me expresaría si fuera pintora. Lo sé: como Emil Nolde. Hoy vi las bailarinas (rojas, malvas, deformes como seres no nacidos aún) huyendo y danzando entre velas y cirios enloquecidos por el viento lila y azul y celeste y violeta. También vi algo de Minch, que asocio fuertemente con Kafka. Esos rostros vacíos a causa del miedo paralizador, avanzados por una avenida transitada por seres-sombras, cuerpos sin caras. Esos rostros fijos, “con el miedo pegado a la piel como una máscara de cera”. Lo más impresionante es la perfección fúnebre de la vestimenta. (Mi sueño con mi padre que se viste con más elegancia que nunca, cinco minutos antes de acudir a su cita con la muerte).

Entonces, después de mi deseo de llorar de miedo por el miedo improbable de mi madre a causa de mi evasión pensé en esa persona de la que no quiero enamorarme. Y las ganas de llorar subieron porque supe, más que siempre, que esa persona puede salvarme, si tan sólo me amase. Lo cual es imposible porque si me ama desaparece su imposibilidad y mi amor, por consiguiente.



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Imagen 1: Candle dancers (1912) de Emil Nolde
Texto: entrada del diario de Alejandra Pizarnik, editorial Lumen.


26.7.12

Diarios de Alejandra Pizarnik: 10 de febrero de 1958


10 de febrero [1958]

     No vivir, ahora que la vida me tiende la vida, es extraño. Pero voy a confesar la verdad, la confesaré aunque me tenga que morir llorando, diré la verdad, que es ésta: yo no quiero vivir, yo quiero un interés obsesivo por dos cosas: los libros y mi poesía.



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Imágenes: libretas de estudiante de la Universidad de Buenos Aires, 1954 y 1956, de Alejandra Pizarnik. Fotografías de la exposición en el museo Larreta, Buenos Aires, y tomadas del blog Hablo de mí.
Texto: Diarios de Alejandra Pizarnik (Lumen).

29.6.12

Las máquinas de escribir de Alejandra Pizarnik


25 de noviembre (1955)

    Pensé que, teniendo la máquina de escribir, ya no necesitaría más estos morbosos cuadernillos, Mas creo que no es así: escribo como siempre, por lo de siempre, me estoy ahogando.
    El calor me inunda dejándome yerta de fatiga, débil, amargada. Vnego del mundo, de ese mundo que no es mío, del mundo exterior.
    ¡Oh, claro que no entiendo mi tierra! Dura y cruel falacia. Mi pureza. Mis cánticos. Todo derruido y enviado lejos, allá, al cajón de las cosas onservibles.
    ¡Poesía! ¡Dulce poesía de Huidobro y de Vallejo!¿Dónde estás? ¡Dónde tus cristales han venido a quebrarse? Sí. Ahora comprendo claramente que la asesinan. Mejor dicho, la asesinamos. Recorro mi breve itinerario lírico y me vuelvo loca de dolor, de remordimientos. Yo he contribuido (contribuyo) a perderla. Millones de epígonos con cuadernillos indigestos que vagan junto a los prostitutos del arte a comprar una aprobación. Excusas: juventud, inexperiencia, falta de tiempo, cotejo con los arrastrados inferiores aun que uno mismo. ¡Oh, infierno de mis horas! ¡Oh, calumnia de mi alma! ¡Crispación de mis dones naturales! ¡Mercachifle vana y superflua! ¡Meretriz del arte!



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Imágenes: máquinas de escribir pertenecientes a Alejandra Pizarnik y mostradas durante el homenaje en el museo Larreta, Buenos Aires, Argentina. La fotografías fueron tomadas de Hablo de mí y 5.1. megapixels. Prohibido irse de Buenos Aires.
Texto: transcrito de los Diarios (Lumen) de Alejandra Pizarnik.

27.12.11

Entrada de diario de Pizarnik: 24.2.1963


 24, domingo [1963]

     En mi caso, las palabras son cosas y las cosas palabras. Como no tengo cosas, como no puedo nunca otorgarles realidad las nombro y creo en su nombre (el nombre se vuelve real y la cosa nombrada se esfuma, es la fantasma del nombre). Ahora sé por qué mi sueño con escribir poemas-objetos. Es mi sed de realidad, mi sueño de materialismo dentro del sueño.


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Imagen: obra de René Magritte.
Texto: Diarios. Alejandra Pizarnik (Lumen).

19.12.11

Diario de Alejandra Pizarnik: Escena en el tranvía...


Octubre [1955]
     Escena en el tranvía: una señora gorda con tres paquetes y una niñita muy hermosa. Está parada a mi lado:
      ―¡Dios mío! ¡Ni un asiento!
     (Mira los rostros de los agraciados, los que están sentados. Yo continúo leyendo. Los demás, a falta de libros, se amparan en las ventanillas o en el divino mosquito que zumba.)
     ―¡Y encima con la nena!
     (Mutis.)
     ―¡Y estos paquetes de porquería!
     (Mutis. Pero su rostro se ilumina. Algo le dice que hace calor.)
     ―¡Y encima todas las ventanillas cerradas!
     (Mutis. La nena está por llorar.)
     ―¡Mamá! ¡Quiero sentarme! 
     ―¡Callate! (La amenaza con la mano.)
     (Sigue aferrada a la idea del calor.)
     ―Y todas las ventanillas...
     ―¡Mamá!
     ―¡Querés callarte o...!
     (De pronto, se levanta una mujer madura y le ofrece el asiento. Contemplo el inmenso ramo de flores que lleva. La mujer gorda no quiere aceptar, pero se comprime toda para que su benefactora pueda levantarse. Acaricia a la nena que la superó en cuanto a argumentos "pro-en-busca-del-asiento-vacío". La sienta de un golpe. La nena es feliz. La mujer madura contempla con tristeza sus pobres flores estrujadas. De pronto, se levanta el compañero de asiento de la nena. La mujer gorda empuja a la mujer madura y rompiendo definitivamente una flor, se sienta. Noto que hace calor, pero la mujer gorda ni siquiera mira la ventanilla cerrada. Siento deseos de decirle por qué no la abre. Se acerca una mujer muy anciana. Trato de levantarme, pero un agudísimo dolor o punzada en el apéndice me lo impide. La mujer gorda la mira sonriendo esperando que se ría de las frases graciosas de su nena. La anciana se está cayendo. Siento deseos de decirle a la mujer gorda que siente a su niña en su anchísima falda y conceda el asiento a esta mujer. No lo digo. Vuelvo a san Juan de la Cruz.)
     Mi única culpa consiste en no poder recordar dónde puse mi cordón umbilical, aquella noche que nací.


***
Imagen: "Mi tía #2" de Leda Astorga. Fotografía tomada del diario La Nación
Texto: entrada tomada de Alejandra Pizarnik. Diarios. Editorial Lumen.