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30.5.20

Alejandra Pizarnik: riesgo y necesidad

Por Cristina Piña para Caras y Caretas.


Es una de las voces capitales de nuestra poesía. Continuó la tradición francesa, de Lautréamont a los surrealistas. Pero encontró un estilo propio, cargado de compromiso y de la interpelación permanente del sentido de la vida.

Lo primero que nos llama la atención en Alejandra Pizarnik es su pervivencia como poeta de culto a lo largo de los años. Porque sabemos que eso no depende de la calidad del autor sino de la recepción de sus textos. Y ante esto, surge una pregunta ineludible: ¿a qué se debe semejante permanencia? ¿Por qué la obra de Alejandra –nacida en Avellaneda de padres provenientes de Ucrania y luego proyectada al plano nacional e internacional– sigue siendo objeto de fascinación? Pienso que obedece a que su poesía transmite una sensación extrema de riesgo y necesidad. Así, desde sus primeros a sus últimos textos, la escritura no se entiende como una mera actividad exterior al sujeto, sino como algo que compromete la estructura de la subjetividad, la cual se delinea en la escritura y se funda en ella. Es decir, es capaz de dar razón y sentido a la existencia.

Tal visión de la poesía implica concebirla como un destino, una ética y una ontología, procediendo a una fusión entre vida y poesía y rompiendo con la distinción entre una esfera del arte y otra de la experiencia vital. Esto se ve en múltiples fragmentos de su obra y en los versos finales de “El deseo de la palabra”, último poema de su último libro publicado en vida, El infierno musical: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.

Pero, al mismo tiempo, hay en sus poemas una desconfianza radical en el lenguaje, contradicción que se explica por las dos visiones opuestas de este que manifiesta: la que lo ve como instancia absoluta de realización y la que lo concibe como destrucción y muerte de quien a él se entrega. Aclaremos que la visión de la escritura poética como rescate del sinsentido de la vida no es original de Pizarnik, sino que continúa la tradición de una serie de poetas franceses, de Lautréamont a los surrealistas, quienes la conciben como una tarea en la que necesariamente se fusionan vida y poesía. Por eso, la poesía se vuelve la auténtica patria del hombre y camino de construcción de la propia subjetividad, por lo cual consagrarse a ella surge como necesidad. Pero esto ocurre porque, tanto como la confianza en el lenguaje atraviesa toda su obra, aparece –haciéndose más clara de un libro a otro– la certidumbre contraria de que aquel no sirve para salvar la vida, pues no da cuenta del sujeto en plenitud.

Esta dimensión letal aparece de manera lapidaria en el poema “En esta noche, en este mundo”, publicado menos de un año antes de su muerte. Aquí se concibe al lenguaje como mero instrumento de falso conocimiento y de repetición, pues sólo es capaz de nombrar la ausencia, por lo cual termina separándonos del mundo y de nosotros mismos, conduciéndonos a la alienación, como se ve en este poema posterior a su último libro: “en esta noche en este mundo/ las palabras del sueño de la infancia de la muerte/ nunca es eso lo que uno quiere decir/ la lengua natal castra/ la lengua es un órgano de conocimiento/ del fracaso de todo poema/ castrado por su propia lengua/ que es el órgano de la re-creación/ del re-conocimiento/ pero no el de la resurrección/ (…) y nada es promesa/ entre lo decible /que equivale a mentir/ (todo lo que se puede decir es mentira)/ el resto es silencio/ sólo que el silencio no existe// no/ las palabras/ no hacen el amor/ hacen la ausencia/ si digo agua ¿beberé?/ si digo pan ¿comeré?”.

Esos dos extremos trazan los bordes entre los cuales se juega su aventura que, por ello, es trágica, pues la voz poética que enuncia ambas certidumbres, si bien esa escritura poética trascendente es lo único que vale, intuye que algo falla en el lenguaje –o en ella misma como poeta–, por el camino de extrema alienación y sufrimiento al que conduce. Y para quien, como Alejandra, era su lenguaje, que este fracasara en su promesa de absoluto y salvación y se revelara como lugar letal e instancia incapaz de sustentarla, entraña, casi ineludiblemente, la muerte.

Este desfondamiento del propio proyecto poético-vital sólo se logra captar cuando se sigue el proceso de construcción-destrucción formal de su lenguaje poético y su personalísima práctica de la prosa, sin antecedentes al menos en nuestro país. Porque tras los libros desgarrados que señalé, aparecen las prosas humorísticas de “La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa”, donde el lenguaje y el sujeto se derrumban y sólo parece quedar la muerte como solución. Muerte que se cumplió el 25 de septiembre de 1972, mediante 40 pastillas de Seconal sódico, privándonos de una voz capital de nuestra poesía.


***
Fuente: Piña, C. (2018). Alejandra Pizarnik: riesgo y necesidad. Caras y Caretas.   

9.5.17

Apuntes sobre la colección Alejandra Pizarnik, por Daniel Canosa




Me permito una digresión. Hace poco estuve en la Sala Americana de la Biblioteca Nacional de Maestros, el motivo fue un llamado, no sabría describirlo de otro modo, que me llevó a consultar una selección de 12 libros pertenecientes a la poeta Alejandra Pizarnik, muchos de ellos subrayados y comentados por la autora. Se trata de ese tipo de decisiones que no responden a una lógica ni al trazado de un objetivo, decisiones que una vez tomadas, hay que tratar de entenderlas.

Ya se lo interrogaba Daniel Link en su feliz disertación sobre la colección Pizarnik:

¿Cómo usaremos esta biblioteca que llega hasta nosotros? ¿Como el fragmento vivo de una memoria muerta? ¿Como una reliquia? ¿Como una experiencia de videncia o como una historia de fantasmas?

Personalmente no sé muy bien que aporte puedo ofrecer como interpretación de aquellos textos marcados (configurados con un particular sistema de colores). Como bibliotecario pienso en el potencial de la colección, el gesto que se agradece –consultar libremente esos libros– sin otra finalidad que la curiosidad por abordar un material sin precedentes, en cuya compañía la poetisa construyó parte de su literatura.

El interés por la consulta de la colección surgió luego de haber conversado con el poeta y traductor Rodolfo Alonso, quien me había recomendado en una ocasión la lectura de los poemas de Georges Schehade. Como ya había leído parte de la poesía completa de Alejandra Pizarnik (edición a cargo de Ana María Becciu), encontré similitudes entre los textos de ambos poetas. Posteriormente consulto la Colección Personal en el catálogo de la BNM y encuentro el libro de Schehade en el campo de autor, situación que originalmente motivó mi visita a la biblioteca.

Para efectuar la selección tomé por criterio consultar el área de notas de los registros bibliográficos consignados por los responsables del catálogo, en especial aquellos libros que fueron intervenidos por la autora (notas, estudios críticos, subrayados) en detrimento de aquellos que simplemente figuraban con dedicatorias o sin comentarios. Hubo en la elección meras adscripciones estéticas, con la intención de encontrar proyecciones de las lecturas frecuentadas en algunas escrituras de Alejandra Pizarnik, especialmente en los libros Otros poemas (1959), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y algunos poemas dispersos publicados póstumamente. La serendipia me llevó a consultar los libros de Octavio Paz, de ahí asomaron otras variables que intentaré devanar con inevitable precariedad.


Como se sabe, Alejandra Pizarnik (Buenos Aires 1936-1972) hizo de su obra un mito candente de la Literatura Argentina. Según consta en el sitio Web de la BNM, parte de sus libros fueron donados por su amiga y editora Ana María Becciú, constituyendo el espacio denominado Biblioteca Personal Alejandra Pizarnik, permitiendo realizar búsquedas por autor, título y tema, además de contar con índices temáticos y de autores, lo cual nos permite asomarnos al catálogo de las elecciones estéticas, inquietudes intelectuales y afinidades literarias que poblaron los textos literarios y críticos de Pizarnik.

En esa feliz ceremonia tardía, hubo algo que me llamó la atención, que fueran los libros de Octavio Paz –aquel gran escritor mexicano– los más “intervenidos” por Pizarnik, en especial uno de ellos: “Los signos en rotación”, conjunto de ensayos, artículos y notas que cultivan reflexiones en torno a la poesía, inusitadas muchas de ellas, lo cual me permitió trazar una precaria línea con respecto a la atmósfera que sobrevolaron algunos poemas escritos por Alejandra poco antes de morir (mientras estaba internada en la sala 18 del hospital Pirovano). Es como si los artefactos generados por la escritora estuvieran de algún modo embebidos del plano propiciado por aquellas lecturas. Me da la impresión que la prosa de Alejandra Pizarnik tiene un carácter tanto filosófico como confesional, heredado en parte por estos abordajes críticos. No puedo probarlo, se trata de una mera divagación que por alguna razón necesito compartir.

Mientras estuve analizando parte de la colección me detuve en los subrayados que Alejandra remarcó en los versos del poeta libanés-francés Georges Schehade (1905-1989), un “descubrimiento” personal reciente. Allí Alejandra traduce un verso del poeta de la melancolía:
“hay tanto adiós delante de tu rostro”. Lo llamativo es que en el libro “Puertas al campo” de Octavio Paz, hay un pequeño homenaje a la poética de Schehade, donde se encuentra aquel poema traducido, que Alejandra vuelve a remarcar en el mismo verso.

La lectura simple que alguien puede hacer es el impacto o representación de ese verso en la poetisa, un manojo de palabras que “dice” algo de lo que ella es, de lo que piensa con respecto a una situación de vida en donde se ve claramente reflejada: “hay tanto adiós delante de tu rostro” puede significar muchas cosas. Por alguna razón Alejandra lo marcó en dos oportunidades, “algo” de ella estaba en ese verso, “algo” que no merecía ser obviado.

Puede haber muchas interpretaciones en las sucesivas lecturas, de hecho la atmósfera poética de los libros publicados por Alejandra entre 1959 y 1968 comparten un tono con el poeta francés, razón por la cual no pude evitar establecer semejanzas con algunos versos marcados de Schehade, una suerte de correspondencia íntima, de melancólica cercanía hacia una forma de escritura que de algún modo la representó.

La tarea ciclópea que queda por delante es analizar cuánto de esa influencia aparece en los cuadernos y poemas de Alejandra, el sistema de marcado, el criterio de los colores utilizados, y las anotaciones en lápiz, para luego contrastar con los diarios privados desde donde volcaba o elaboraba su propia poesía.

Sin embargo, más allá de no tener conocimiento de la influencia del poeta francés en la poética de Pizarnik, se podría decir que tanto Schehade como Alejandra comparten un plano, hay en ambos un precario hilo en la construcción de algunos versos, algo delicado y a la vez tembloroso, algo que parecen abandonar, visible en las marcas que la poetisa realizó sobre los versos del poeta nacido en Alejandría.


Pero si bien aquí aparecen mínimos subrayados y traducciones, en los libros de Octavio Paz se advierten estudios, análisis, breves cuestionamientos y citas de otros textos, el autor de Libertad bajo palabra ofrece ensayos sobre literatura en los cuales Alejandra se detiene, indagando, "preguntando", hilando conjeturas, y trasladándolas a su propia escritura, de hecho –y haciendo un salto en el tiempo–  los últimos poemas escritos por Alejandra dejan entrever un cuestionamiento metafísico a través de la prosa ¿Cuánto de lo profanado por Octavio Paz aparece en la prosa poética y en los diarios de Alejandra Pizarnik? acaso la respuesta descanse en el “Archivo Alejandra Pizarnik”, ubicado en la Universidad de Princeton, Estados Unidos, donde finalmente fueron a parar sus manuscritos, variantes y correcciones, correspondencias, cajitas y sobrecitos en los que guardaba palabras o frases recogidas en lecturas y conversaciones, cuadernos en donde anotaba poemas o fragmentos de otros autores (se sabe, luego de la muerte de Pizarnik, y por pedido expreso de su madre, las poetas Olga Orozco, Ana María Becciu y Elvira Orphée recibieron el encargo de proteger estos documentos).

Una opción alternativa es consultar los libros “Pizarnik: prosa completa” y “Alejandra Pizarnik: diarios” ambos publicadas bajo editorial Lumen con edición a cargo de Ana María Becciu.
Curioso destino de estos documentos, además de las publicaciones referidas –que recogen parte del abordaje hacia los mismos– existen pocos espacios donde consultar “objetos” pertenecientes a la escritora, dos de ellos fueron citados: la Universidad de Princeton (escrituras y documentos varios, de enorme valor) y la Biblioteca Nacional de Maestros (los libros adquiridos que conformaron su biblioteca personal).

Si bien en general los ensayos devanados por Octavio Paz provocaron en Pizarnik profundas intervenciones mediante notas y subrayados, es notable el interés que suscitó en Alejandra las ideas del ensayista mexicano sobre el concepto de otredad, relacionando el acto de "ver" en el poema, para lo cual basó sus estudios en extractos de poemas de Arthur Rimbaud (Pizarnik remarca lo siguiente "Para Rimbaud el nuevo poeta crearía un lenguaje universal, del alma para el alma, que en lugar de ritmar la acción la anunciaría", y luego "La novedad de la poesía, dice Rimbaud, no está en las ideas ni en las formas, sino en su capacidad de definir la quantité d'inconnu s'eveillant en son temps dans l'ame universelle (El poeta definirá la cantidad de desconocido despertándose en su tiempo, en el alma universal). Para el escritor mexicano este concepto es "ante todo percepción simultánea de que somos otros sin dejar de ser lo que somos y que, sin cesar de estar donde estamos, nuestro verdadero ser está en otra parte. Somos otra parte" (es posible advertir similitudes con el concepto rimbaudiano "yo es otro", asimismo Pizarnik remarca en otro texto la palabra "simultaneidad" perteneciente al mismo cuerpo de ensayos).

"No soy, no hay yo, siempre somos nosotros, la vida es otra, siempre allá, más lejos, fuera de ti, de mí, siempre horizonte..." Para Octavio Paz la imagen poética es la otredad, para luego remarcar "La imaginación poética no es invención sino descubrimiento de la presencia”. Es en este tramo donde la poetisa se pregunta "¿y entonces, cómo la imaginación tiene que proponerse su descubrimiento?" más adelante consideraría como “dudoso” el tema del descubrimiento y la proyección en el poema, dos conceptos desarrollados por el poeta mexicano.

Hubo otra variable que se sumó a este triángulo, en la colección figura un libro de Rodolfo Alonso dedicado a la autora. Se sabe que este poeta argentino tradujo a Schehade (Los poemas, Hilos Editora, 2012) y siendo el miembro más joven de la agrupación Poesía Argentina, había conocido a Alejandra en tertulias literarias, sin embargo, consultando personalmente al autor obtuve por respuesta que no compartió charlas sobre Schehade, como tampoco hablaron de los ensayos de Octavio Paz, que le dedica a la autora sendas dedicatorias de sus libros.


Es interesante detenerse en las prácticas lectoras de Pizarnik, el modo en cómo frecuenta los textos, en ocasiones con remarcados que remiten a escrituras propias ["ver mi diario 24/2"], textos que traen citas o ideas de otros escritos y pequeños ejercicios de literaturas comparadas. En muchos casos las notas de importancia son resaltadas con colores, incluyendo comentarios en lápiz.

Otra característica que se advierten en las lecturas es la demarcación de conceptos:
Metafísica, Misticismo, Dualidad, Pluralidad, Erotismo y religiosidad (John Donne)
Lenguaje natural, Melancolía, Lenguaje y cuerpo, lo indecible (Artaud, De Quincey)
Soledad, Transfiguración, Videncia, Simultaneidad, (Octavio Paz) o como cuando un simple verso se asocia con escrituras de otros autores (de Octavio Paz "toca mi piel, de barro, de diamante" (que en lápiz Alejandra asocia con Mallarmé, Elliot y sobretodo Lorca).

No deja de ser interesante la dedicatoria de este libro:

Alejandra:
"Hay que salvar al viento"
Alejandra
Las palabras se queman en el viento
Hay que salvarlas
Octavio
París, a 18 de febrero de 1961

Ya que Octavio Paz (único Premio Nobel mexicano de Literatura) lo que hace es citar un verso que Alejandra Pizarnik publicó en 1956 en un libro titulado “La última inocencia”, allí se puede leer en el poema “Origen” lo siguiente:

Hay que salvar al viento
Los pájaros queman el viento
En los cabellos de la mujer solitaria
Que regresa de la naturaleza
Y teje tormentos
Hay que salvar al viento.

Como se ve, la importancia de la colección es enorme. El responsable de Sala Americana, Ariel Fort, licenciado en Ciencias Políticas, comenta que la colección Pizarnik es de las más consultadas por investigadores. Siempre consideré que las bibliotecas deberían tener un carácter dinámico e interrogativo con respecto al potencial de sus fondos bibliográficos, es lo que ocurre con esta colección, genera documentos desde los documentos mismos, un verdadero patrimonio cultural al alcance de la mano, solo se necesita tiempo, y dedicar un espacio a la lectura crítica, al análisis de las intervenciones semánticas, al estudio literario de las sucesivas interpretaciones motivadas por ese encanto particular de estar sosteniendo los libros que Alejandra sostuvo. Si nada de esto genera interés, al menos quedará el consuelo, como me ha ocurrido, de poder acceder a otras lecturas por el simple hecho de que la autora les dedicó sus marcados y reflexiones. La literatura es inagotable, y la curiosidad debería ser, como alguna vez lo remarcó el gran bibliotecario argentino Hugo García “inagotable, continua, paciente y persistente…”

Acceder a un libro por intermedio de un comentario o una recomendación es acaso una experiencia que puede cambiar la vida de una persona, el hecho mínimo suscita una inmensa gratitud. Es por las lecturas de Alejandra Pizarnik que terminé comprando el libro de ensayos de Octavio Paz. Es por las apreciaciones de Pizarnik que tomaré un lápiz y trazaré las mismas líneas en los textos frecuentados, como una guía, acaso será un modo de agradecer el intermediario que ella fue, donde arroja con sus anotaciones un poco de claridad conceptual (arbórea, siempre iridiscente) como relámpagos en medio de una noche, o como dice Luis Chitarroni, quien recupera en Siluetas (un gran libro sobre biografías literarias), este texto de Arno Schmidt, de su Dialoge:

Un hombre con pericia y tacto ha hecho de verdad el trabajo duro “leyendo = previamente”, conquistando y desmalezando mil volúmenes de material anticuado para usted. No hacer un uso agradecido de estas sugerencias significaría que mi propia arrogante falta de pensamiento dejaría de lado las horas preciosas, irremplazables que un predecesor venerable pasó leyendo por mí.

Se dice que todos los días se suben en Youtube 100 horas de vídeo por minuto, que en Facebook se publican alrededor de 3.000 millones de fotos al mes (sí, cerca de 3 mil por segundo), que en este momento la humanidad lleva almacenado alrededor de un Zettabyte (el equivalente a más de mil billones de disquetes), que los usuarios de Internet seremos más de 5.000 millones en unos ocho años, y sin embargo en los estantes de las bibliotecas están los libros, esperando lectores, la probabilidad de agregar nuevas páginas a la inmensa construcción, aunque más no sea una divagación, como finalmente ha sido este caso.



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Texto e imágenes: escrito por Daniel Canosa y tomado del blog Libros Vivientes.

25.3.17

Cristina Piña sobre Alejandra Pizarnik



¿En qué contexto poético produce su obra Alejandra Pizarnik?

Cristina Piña: Durante los años cincuenta, está asociada a la revista principal de la vanguardia: Poesía Buenos Aires dirigida por el poeta Raúl Gustavo Aguirre, uno de los mayores promotores de la neo-vanguardia en la Argentina -la vanguardia histórica entró en los años 20 con Borges y el grupo Florida- y donde se hizo amiga de Elizabeth Azcona Cranwell, Rodolfo Alonso, Rubén Vela y varios otros autores de esta línea, a quienes se unió el gran Edgard Bayley. También publicó en Poesía = Poesía de Roberto Juárroz.Y se puso en contacto con el grupo surrealista a través de Olga Orozco y Juan Jacobo Bajarlía, quienes la llevaron a lo de Oliverio Girondo y Norah Lange, donde también conoció a Molina.

Cuando se fue a París sus contactos fueron con Julio Cortázar, Aurora Bernardez, Octavio Paz, Miguel Ocampo y Elvira Orphée, Ítalo Calvino y su mujer, Chichita Singer Calvino y el gran post-surrealista André Pieyre de Mandiargues.

Por fin, al vover, en plena década del 60, con su fuerte -pero no única- línea de poesía comprometida y politizada, siguió fiel a su estética con bases surrealistas pero con cambios fundamentales respecto de dicha línea, en tanto era una obsesiva de la corrección.


¿En qué sentido puede hablarse de una "radical desconfianza respecto del lenguaje" en su escritura?

Cristina Piña: La hay, por cierto, pero conjuntamente con una confianza absoluta en que -dentro de la línea de los surrealistas y sobre todo de los poetas malditos- lo único que puede salvarnos de la banalidad de la realidad es la poesía. De ahí afirmaciones en su poesía como: "Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo..."

Pero a esa certeza y confianza ontológica en el lenguaje, se va sumando una radical desconfianza que alcanza su punto extremo en un famoso poema publicado en La Gaceta de Tucumán y luego póstumamente en Textos de Sombra y últimos poemas (1982) "En esta noche, en este mundo" donde dice algo para mí decisivo: 

No, las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia

¿si digo agua, beberé?
¿si digo pan, comeré?

Tras esto, y para quien le confirió al lenguaje la categoría de su "patria" y a la poesía un valor ontologizador y trascendente, no cabe sino la muerte.



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Imagen y texto: sitio del MALBA, Buenos Aires.

23.1.17

Cada generación encuentra a una Alejandra Pizarnik distinta



  • Postdata Editores publica Nueva correspondencia, compilación epistolar ampliada de la escritora
  • Incluye misivas con 40 personajes, entre ellos Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar y Silvina Ocampo, así como imágenes de los textos originales
  • Como poeta maldito entregó todo a su escritura, afirma en entrevista Cristina Piña, autora de la selección junto con Ivonne Bordelois


Alejandra Pizarnik tenía letra de nena. Con esa letra escribía sus cartas o en máquinas de escribir con letras redondas o una a la que llamaba su Rolls Royce, cuyas letras eran cursivas. Y adornaba su correspondencia con dibujitos y recortes. Entre los destinatarios de su correspondencia están Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Manuel Mujica Láinez y Silvina Ocampo, cuatro apenas de un universo de 40 personajes con los que mantuvo ese intercambio epistolar que ahora se encuentra en el libro Nueva correspondencia Pizarnik.

El volumen es una compilación realizada por las poetas e investigadoras Ivonne Bordelois y Cristina Piña, publicado en México por Postdata Editores. Además de la transcripción de las cartas se incluyen imágenes de algunas de los textos originales.

“Por primera vez lo podemos mostrar así, es la parte gráfica, porque hay que ver las cartitas de Alejandra que tenía letra de nena, y ponía cositas así, como los dibujitos. La letra de nena, es como una nenita. Es letra de nena, para un ser atravesado y dividido por una falla interior que la hace profundamente infeliz.

Te encuentras con estas cartitas deliciosas, y uno cree que siempre estaba centrada en ella, pero hay que ver en estas cartas cómo se fijaba en los otros, cómo era cariñosa, cómo se movía para mover su poesía; no era el poeta maldito tirado, al contrario: escribía cartas, conectaba, dice Piña, quien tiene cuatro libros dedicados a la obra de Pizarnik, entre ellos Alejandra Pizarnik: una biografía.

El de Nueva correspondencia Pizarnik fue un trabajo de detectives que complementa la primera edición realizada hace varios años por Bordelois, quien fue amiga de Alejandra, y cuyas cartas también fueron incluidas en esta edición. Explica Cristina que dar vida a este título fue buscar las cartas, hasta llegar a 40 destinatarios, incluidas algunas que envió a su familia.

En el libro anterior Correspondencia Pizarnik, compilado por Bordelois y publicado en 1998, fueron 23 destinatarios.

Están también las cartas a la escritora Silvina Ocampo, de quien Alejandra estaba enamorada, y pide, reclama, todo. La que estaba enamorada era ella, pero también surgen las relaciones con hombres, porque Alejandra no era lesbiana, era totalmente bisexual; eso ya lo dije en la biografía.

Faltan, entre algunas otras, las cartas a Octavio Paz, a quien ella consideraba su maestro. Se conocieron en París, y Paz le escribió el prólogo para su poemario Árbol de Diana. No se incluyeron, porque para publicarlas se necesita autorización de la herencia de Paz.

Nueva correspondencia Pizarnik habla de un género ya perdido, el epistolar. “Es algo que me desespera. Si en Alejandra se llega a esta maravilla pienso en relación con mi propia historia. Yo tengo cartas de Manuel Mujica Láinez, de un montón de escritores, de Victorio Ocampo, etcétera, y nunca más. Si yo tengo que mandar un comentario a alguien que me pregunta qué me pareció el libro, le escribo un mail. Las cartas se perdieron como género”.

A pesar de que la vida de Alejandra Pizarnik fue muy breve (se suicidó a los 36 años) su obra da a los investigadores numerosas vetas, tanto así que ahora que se conoce 500 veces más de lo que se sabía hace algunos años de esta poeta. Cristina Piña prepara otros estudios respecto de Pizarnik, entre ellos una nueva biografía.

Labor inagotable

“Cada generación descubre a una Alejandra diferente; sí cuando ella murió era poeta, cuatro gatos de sus amigos sabían que escribía prosa, había publicado un librito chiquitito, La condesa sangrienta, era una poeta. Cuando llega la generación del 80, aparecen las prosas de ella. Y luego los diarios, ahora las cartas. No se acaba con ella. Hay un verso que me gusta de Fernando Pessoa, que dice: ‘Soy una antología’, pero Alejandra es una antología de voces, entonces te imaginarás. Siempre digo ‘no estoy loca trabajando su obra’ desde el 76 hasta el día de hoy, lo que pasa es que no se acaba.”

Alejandra, añade Piña “nos enseña varias cosas: si algo la distingue de los surrealistas es la obsesión por la perfección de las palabras. Hay una cosa de trabajo formal en Alejandra que es una lección para cualquiera que agarre la pluma hoy día: debe haber sido una de los poetas más obsesivos con la corrección.

“Es la última de los poetas malditos. Nos enseña que hay un punto en que nuestra subjetividad está formada de lenguaje, y cuando uno va más allá de todo eso, que fue lo que Alejandra hizo, porque como los poetas malditos entregó todo a la poesía. Uno que es escritor sabe qué es la entrega total, y es la maravilla, pero hay un punto en el que hay que cuidarse muy bien, porque si no uno se pasa del otro lado.

Además nos enseña que ser escritor no es eso que es ser ahora: una figurita que circula por todos lados, que la tratan como si fuera un actor o actriz de cine, sino que es la seriedad de estar trabajando, reflexionando, luchando a veces. Hay que tener muchas ayudas y mucho equilibrio para no irse para otro lado pero también para no ser una figurita de la prensa, que circula y gana millones, pero escribe como la mona.

–Hablamos de una mujer que se transforma, que es diferente para cada generación. ¿En qué la transformó a usted?

–Me transformó en varios sentidos. Cuando comencé a leerla, Alejandra sería 13 años mayor que yo. No la quise conocer cuando era adolescente, porque le tenía tal admiración, era una cosa que era impresionante: para mí siempre fue alguien admirable. De pronto, cuando escribí la biografía, me dijo una chica muy lúcida: ‘Vos pasás de la alumna admirada al de la mamá’. Cuando escribí la biografía me empezó a dar una tristeza, una pena y un cariño. Cuando terminé la biografía lloré. Lloré como una loca y lloré y lloré.

Pero en lo personal me transformó en algo mucho más importante: si yo soy poeta es por Pizarnik, fundamentalmente; sabes que los escritores somos las lecturas que tenemos, a mí la que me empujó a la literatura fue Pizarnik. También me la tuve que sacar de encima para encontrar mi propia voz. A Pizarnik no se le puede seguir o imitar. Hay que encontrar la propia voz, pero si soy poeta es por ella.



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Texto e imagen: por Ericka Montaño Garfias para el periódico La Jornada, domingo 26 de octubre de 2014, p. 2

14.10.16

Alejandra Pizarnik: la última poeta maldita


Un nuevo volumen, nutrido con abundante material inédito, recoge la "Poesía completa" de la autora argentina.

Por Inés Martín Rodrigo, Madrid

Era de noche, aunque siempre lo es en la oscuridad del alma. No hacía demasiado frío, si bien el clima en Buenos Aires en septiembre puede llegar a ser severo. El día anterior había llovido y las calles aún conservaban la humedad de las gotas a destiempo. Alejandra Pizarnik (1936-1972) llevaba unas horas recostada sobre su cama, fumando un cigarrillo tras otro. De pronto, se levantó, se atusó el pelo, apelmazado por la modorra, apagó la última colilla en el cenicero de su mesilla y caminó, pausadamente, hacia su cuarto de trabajo en el departamento que tenía en Buenos Aires, en el edificio de Montevideo 980. Una vez allí, cogió una tiza y escribió unos versos en el pizarrón que presidía la estancia: "No quiero ir nada más que hasta el fondo".

"Todas las carpetas y cuadernos, además de los papeles con anotaciones o poemas, fueron conservados casi en el mismo orden en que los dejó Pizarnik".

Fue el último rastro que la poeta dejó, y así lo encontraron apenas una semana después. En la madrugada del 25 de septiembre de 1972, Pizarnik ingirió una sobredosis letal de Seconal sódico y falleció. A su auxilio acudió una amiga, que la llevó, ya sin vida, al Hospital Pirovano. La muerte, tantas veces mentada por ella, en su vida y en su obra, fue a su búsqueda en una de sus formas más poéticas: el suicidio. Los amigos que, al día siguiente, la velaron en la sede de la Sociedad Argentina de Escritores se repetían, entre susurros, los unos a los otros: "Fue accidental, fue accidental". Pero nunca lo es. Como tampoco lo fueron aquellos últimos versos, que Pizarnik escribió a modo de despedida y que hoy ven, por fin, la luz en "Poesía completa" (Lumen), el volumen que esta semana llega a las librerías españolas.

Editada por la poeta y traductora Ana Becciú, la obra recoge un gran número de poemas inéditos, escritos por la autora argentina en la última etapa de su vida (entre 1962 y 1972) y conservados en su archivo, que custodia la Biblioteca de la Universidad de Princeton. "Este volumen no es definitivo -advierte la antóloga en una nota final-, en un sentido académico; es sólo una compilación, hecha, eso sí, con lealtad a Alejandra Pizarnik, y devoción a su obra, única e irrepetible". Todas las carpetas y cuadernos, además de los papeles con anotaciones o poemas, fueron conservados casi en el mismo orden en que los dejó su autora y ese orden es el que Becciú ha tratado "escrupulosamente" de respetar.


La poeta argentina era muy escrupulosa con sus papeles y ese espíritu queda reflejado, a la perfección, en las notas a pie de página que acompañan a estos "Poemas no recogidos en libros". Como "En la noche", que procede de una libreta y cabe datar entre 1969 y 1970, o "Casa de la mente", que fue encontrado en una hoja suelta de cuaderno manuscrita a lápiz, además de los muchos versos que, en su día, fueron recogidos en publicaciones como "La Nación", «La estafeta literaria» o los "Papeles de Son Armadans", de Camilo José Cela. "Esta edición viene a subsanar varias erratas de la edición primigenia de Lumen", confiesa Becciú en conversación vía e-mail con ABC. La antóloga hace referencia al volumen publicado en 2001, que precedió a la aparición de los "Diarios" (2013) y la "Prosa completa" (2016) de Alejandra Pizarnik. "El proceso fue largo. Trabajamos, en el caso del material inédito, con los manuscritos originales, lo cual implicó cotejar versiones", asegura.

Muerte prematura

Toda la poesía de Pizarnik gira alrededor de dos polos magnéticos: su infancia en Buenos Aires, la ciudad que la vio nacer y que escogió para morir, y su fascinación por la muerte, finalmente también elegida. Sin embargo, Becciú considera "curioso que se siga insistiendo en la poesía de Pizarnik como una especie de autobiografía o del relato de una mártir, una dolorosa, como la de las estampitas que los curas entregaban después de misa". De hecho, "cuando se trata de poetas hombres, los medios se ocupan menos de sus problemáticas personales; no hurgan en sus versos para explicar que escribía así porque era alcohólico, mujeriego, depresivo o fumador. No, no, el poeta hombre es ante todo un gran poeta. Y Alejandra Pizarnik fue una gran poeta, quien, por otra parte, en el trato personal se mataba de risa". Por ello, "su muerte prematura, voluntaria o casual, no debe tomarse como ángulo de visión a la hora de encarar su proceso de escritura".

Anna Becciú: "Escribir poesía, ella lo supo bien, es una actividad peligrosa, uno se arriesga, arriesga su vida haciendo un poema".

Pero, más allá de conjeturas, poéticas y no tanto, ¿qué buscaba Alejandra Pizarnik con esos versos? La respuesta está, quizás, en lo que ella misma contestó a una pregunta similar en 1964: «Una escritura densa hasta lo intolerable, hasta la asfixia, pero hecha nada más que de vínculos sutiles que permiten la coexistencia inocente, sobre un mismo plano, del sujeto y el objeto, así como la supresión de las fronteras habituales que separan a yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos». No obstante, como advierte Becciú, «cada uno de sus poemas es una verdad» y sin ella «no podríamos vivir». «Escribió sin descanso desde los quince años por “fervor, fidelidad, devoción, seguridad de que allí está la vía de salvación”. De qué había que salvarse, no lo sabía, y acaso por eso escribía. Escribir poesía, ella lo supo muy bien, es una actividad peligrosa, uno se arriesga, arriesga su vida haciendo un poema», remata Becciú.

Su archivo

Afortunadamente, el archivo de Alejandra Pizarnik, compuesto por diarios, manuscritos, correspondencia, pinturas y otros papeles, es uno de los más consultados por investigadores y académicos de todo el mundo. Según relata a este diario Don C. Skemer, responsable de manuscritos de la Biblioteca de la Universidad de Princeton, fue Aurora Bernárdez, viuda de Julio Cortázar, gran amigo de la poeta (Alejandra decía que la Maga de "Rayuela" era ella), quien le entregó, personalmente, los papeles que conservaba en su apartamento de París y le puso en contacto con la familia de Pizarnik hace más de quince años.


Desde entonces, la obra de la argentina no ha hecho más que crecer. No hace mucho, como recuerda Ana Becciú, el investigador Patricio Lennard encontró en el archivo una serie de poemas que Pizarnik escribió originalmente en francés y en breve aparecerán publicados como "Poemas franceses". Por algo ella concebía la poesía como "un lugar donde lo imposible se vuelva posible", también más allá de la muerte.



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Texto: para leer el texto en su formato original: Alejandra Pizarnik: la última poeta maldita
Imágenes: 
1. La poeta argentina Alejandra Pizarnik, ABC. 
2. Fotografía de Alejandra Pizarnik, conservada en la Universidad de Princeton- Alejandra Pizarnik Papers, Manuscripts Division, Department of Rare Books and Special Collections, Princeton University Library. 
3. Cuadro de Alejandra Pizarnik, conservado en la Universidad de Princeton- lejandra Pizarnik Papers, Manuscripts Division, Department of Rare Books and Special Collections, Princeton University Library.

* Para visitar el índice del archivo Pizarnik en la Biblioteca de la Universidad de Princeton:  Alejandra Pizarnik Papers.

14.12.12

Debajo está ella, Alejandra

¿Poeta maldita o libretista de su propio mito? A 30 años de su muerte, los nuevos rostros del nombre mas enigmático de la literatura argentina.



Por Raquel Garzon.                                                                                                                                                                                              
Cuentan que cuando Alejandra Pizarnik era ya una poeta de culto, un joven escritor quiso homenajearla con un ramo de lilas, flores emblemáticas de su literatura. Casi sin mirarlo, la autora lo apartó como se despeja al no iniciado de las puertas de un club exclusivo: su devoción por esas flores, se sabía, era puramente literaria. Episodios como éste, en los que el "personaje alejandrino" (mítico ropaje de ficción) se confunde con la mujer blanca, menuda y de ojos verdes de las fotografías, explican que a treinta años de su muerte, Alejandra Pizarnik (1936-25 de septiembre de 1972) siga siendo el nombre más enigmático de la literatura argentina. Un misterio que crece ante la constatación vergonzante de que hoy no existen ediciones de Pizarnik en el país, salvo remanentes en librerías de viejo, porque las recientes publicaciones españolas se agotaron o nunca fueron traídas. Actualmente un conflicto de derechos mantiene demorada la impresión local de su Prosa completa, aparecida en enero en España.

Su obra ("una escritura densa y llena de peligros a causa de su diafanidad excesiva", como ella la definió en un reportaje de 1964), su vida (que terminó una noche en que los barbitúricos, por error o voluntad, fueron demasiados) y su leyenda (alimentada por el ideal surrealista de fusionar vida y literatura) han sido recitadas por devotos en trance y analizadas con lupa por la crítica, que la ha encontrado genial o kitsch, según el viento. En Internet, sus señas disparan 3.107 ofertas entre websites en varias lenguas, reseñas y papers.

¿Quién fue Pizarnik? ¿La transgresora que coquetea con la obscenidad en La bucanera de Pernambuco o la poeta de las palabras "puras", aprendidas en la tradición francesa? ¿La seductora de conversación deslumbrante y dicción de metrónomo o la tímida que, tras sorprender con un beso apasionado al escritor Ricardo Zelarayán, alegaba que había sido "un beso por prescripción médica", para exorcizar deseos lésbicos? ¿La "pequeña náufraga" de la leyenda o la hábil libretista de su propio mito que pinta César Aira en una biografía española, jamás importada a la Argentina? ¿La posesa que escribía durante 14 horas, anotando con colores rabiosos cada libro (como revela su biblioteca, un tesoro escondido en el barrio de Barracas) o la que dudaba de "la importancia de ''ganarse la vida'' una misma"?

En su biografía de AP (Corregidor), Cristina Piña distingue no menos de tres Alejandras adolescentes: la desenvuelta entre amigos; la silenciosa, que ya presiente un lazo con la escritura, y la que en los tiempos de la Facultad de Filosofía y Letras coteja hallazgos con Juan Jacobo Bajarlía, su mentor, mientras espera la aparición en 1955 de La tierra más ajena, su primer libro (del que luego renegará religiosamente). Están además los rostros de las infinitas cartas que escribió, mezclando poemas con dibujos, desde Buenos Aires, Miramar, París entre 1960 y 1964, quizá la época más feliz de su vida, y luego, al regreso. Reunidas por Ivonne Bordelois en Correspondencia Pizarnik (Seix Barral), revelan una Alejandra calidoscópica, tan dada al ruido y la bohemia como a la melancolía. Expurgado con celo —muchos de los nombrados aún caminan—, este epistolario testimonia amistades, blanquea pasiones —sus amores con Silvina Ocampo se llevan el primer puesto— y ofrece una bitácora de época.

A lo ya publicado y agotado, se sumaron de 2000 a esta parte textos que encarnan dos nuevas versiones: la Pizarnik sin cortes de Obra Completa (Lumen) y una breve biografía de César Aira (Omega), ambos publicados en España. La edición de la obra completa llevó veinticinco años. Esos avatares son contados por primera vez por la poeta Ana Becciú, protagonista de esa conjura positiva y factótum de las nuevas ediciones (pág. 3).

Poesía completa, el 1er. tomo, llegó a la Argentina en 2001, pero hoy es inconseguible. Sudamericana la reeditará en diciembre con pie de imprenta argentino. El 2ø, Prosa está demorado. A modo de anticipo, la escritora Ana María Moix lo "lee" para esta edición (pág. 4).

Del otro lado del mar, por la devaluación y la falta de olfato, quedó Alejandra Pizarnik, la biografía de Aira escrita para la colección de Vidas Literarias que dirige la novelista española Nuria Amat. Provocativa y personal, esta versión de Pizarnik garantiza comidilla cuando llegue al Plata. No porque sume información nueva o secreta (de hecho, Aira desestimó la chance de consultar los diarios de AP), sino por su punto de partida —la construcción deliberada del "personaje alejandrino"— y por el tono usado para narrar lo que se elige contar (cuando menos, ligero). En una maratón de 76 páginas se habla de fragilidad psíquica, plagio, adicción a pastillas de distinto tipo y "dificultad de vivir" como elementos usados por Pizarnik para armar su "mito de escritora" maldita (un concepto temprano del autor de Varamo).

Puesto a reconstruir la vida social de Pizarnik, Aira demuele a todo el campo poético de la época. En una operación provocativa típica de la vanguardia, donde resuenan los famosos "Epitafios" de la revista Martín Fierro, carga contra Raúl Gustavo Aguirre, fundador de Poesía Buenos Aires: "Uno de esos hombres angélicos que terminan volviéndose el centro de un amplio círculo porque nadie se decide a hablar mal de ellos". Oliverio Girondo y Norah Lange aparecen como dos divertidos empinadores del codo, Octavio Paz es una "pomposa mediocridad" y Roberto Juarroz, un mal alumno de Antonio Porchia. Luego, suma a Olga Orozco, Enrique Molina, J. J. Ceselli y los despacha en lote: "No eran jóvenes y llevaban apacibles vidas burguesas. (...) Pizarnik, con su cultivado aire de adolescente definitiva, su falta de empleo y sus vagas promesas de autodestrucción, fue adoptada por todos ellos con entusiasmo unánime. (Todos la sobrevivieron, y ninguno dejó pasar la ocasión de dedicarle un poema a su cadáver)."

Aunque la distinga como el último lujo de la literatura argentina, Aira presenta a Pizarnik como una niña eterna, mantenida de sus padres (inmigrantes judíos llegados de Rovne en el 34), torturada por el insomnio y el miedo a la locura. Un identikit de leyenda, incluso contra la intención declarada del autor, que en un brillante libro previo sobre la poesía de AP (Alejandra Pizarnik, Beatriz Viterbo), se había propuesto valorar la obra y erradicar el mito de la escritora suicida.

El personaje Pizarnik, por cierto, existía. Tomándose el pelo a sí misma, AP daba cuenta de él: "Me siento aún adolescente pero por fin cansada de jugar al personaje alejandrino", escribe en los 60 desde París a León Ostrov, su primer psicoanalista, con quien mantuvo una profusa correspondencia (ver pág. 12). De esa época data el proyecto Fragmentos de un diario, París 1962-1963, que se suma a los diarios que Pizarnik llevó entre 1954 y 1972. En ellos, la crítica Nora Catelli rastrea huellas de autores interpelados y asimilados en "bibliotecas paralelas. " Para Catelli, esta obra es única en nuestra lengua. (ver pág. 5)

El grueso de los papeles de Pizarnik se encuentra hoy en la Universidad de Princeton, EEUU. Pero en la Argentina quedan algunos tesoros. Pablo Ingberg, escritor y periodista, cuenta cómo en 1987 la biblioteca de Pizarnik llegó a su casa. "Yo trabajaba con Mario Nesis, sobrino de Pizarnik, en el Banco Central. Un día Mario me dice que había muerto su abuela, Rosa Brommiker, y que su madre —Myriam, única hermana de Alejandra— estaba pensando en donar la biblioteca. Me ofrecieron que eligiera algunos libros. Contraoferté: ''Elijan ustedes los que quieran donar, yo me llevo el resto''". Anotaciones de puño y letra , citas y comentarios son algunas de las sorpresas que depara esta joya en la que pueden rastrearse asombros y preferencias (Lautréamont, Ginsberg...).

Cada uno de estos textos aporta una pieza al rompecabezas Pizarnik, aún incompleto. Bromista lujosa, quizás AP reiría de quienes se debaten entre persona y personaje, encendería un cigarrillo para contrariar al asma que la acompañó toda la vida, y aguardaría el final del puzzle: en Diarios, hoy en suspenso a raíz de la salida de Esther Tusquets de Lumen, están los secretos y los nombres que faltan. Hasta entonces, la mejor tajada es del silencio.


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Texto: escrito por Raquel Garzón y tomado del blog Escritores "malditos" de todos los tiempos.
Imagen: periódico de la época.

2.12.12

Alejandra Pizarnik revisitada por Luis Benítez

Uno de mis amigos de mayor edad tuvo con ella una relación sentimental: la describe como adorable, extraordinaria e insoportable. Había que turnarse para lograr que se durmiera en el departamento de la calle Charcas, en Buenos Aires, siempre aterrorizada por la posibilidad de que su madre viniera a invadir su espacio. Había que estar atento al teléfono aguardando la repetida noticia: "Alejandra se suicidó" de vuelta, hasta que un día de 1972 la casi rutinaria advertencia se volvió realidad. La conocí en el bar de la Sociedad Argentina de Escritores, ese mismo año. Fue la única vez que la vi: medía un metro y medio y no dejaba de hacer citas literarias hasta el hartazgo. Cuando murió, empezó a ser canonizada lentamente y hoy es una leyenda explotada hasta el límite: todos la trataron, todos fueron sus amigos íntimos, todos tienen la clave de su poesía. Era una poeta auténtica y le tocó la suerte que se puede esperar cuando el talento es ”reconocido”: la incorporación al panteón, previa desfiguración ritual. 


La hija del “cuentenik” de Avellaneda

Fernando es hoy un hombre que pasó de la madurez. Hace más de veinticinco años podía tomar vodka toda la noche, en su departamento del barrio de Congreso, en el centro de Buenos Aires. Tiene todavía un don, Fernando: puede uno instalarse frente a él, sintonizarlo, y escuchar por vía directa la verdad respecto de cómo era la vida literaria cuando tenía 30 años y frecuentaba a Alejandra Pizarnik.

Explicaba Fernando hace más de dos décadas, a las dos de la mañana, que su relación con Alejandra era bastante difícil. Para empezar, la Pizarnik era alguien imprevisible y muy escurridizo.

Alejandra era la hija menor de un cuentenik de Avellaneda, una ciudad pegada a la de Buenos Aires hasta el punto de parecer su misma continuación.

Esta palabra cuentenik, en yiddish, designaba a uno que vendía mercancía de puerta en puerta, en varias cuotas. Hoy ese oficio ha desaparecido, gracias a que nadie le abre la puerta a nadie en Avellaneda ni en ninguna otra parte, pero en los ´30 y en Avellaneda, eso era algo habitual. El señor Pizarnik había emigrado de la URSS buscando barrios mejores y en el exilio, lo mejor era encontrar un sitio donde la colectividad judía no fuera demasiado ultrajada.

Esa Avellaneda, donde la colectividad era lo suficientemente abundante y poderosa como para no ser molestada por las fuerzas en movimiento en el resto del mundo, era el sitio adecuado. El señor Pizarnik se estableció allí e incluso prosperó: vendiendo puerta a puerta ropa barata y manteles de ocasión, alcanzó a establecerse y hasta a comprar un departamento en la calle Lambaré, a una cuadra de la avenida Mitre, donde nació su primera hija, Miriam, que sigue casi tan pelirroja como entonces y tiene 75 años y vive en Buenos Aires. Curiosamente, apunto, la casa de Alejandra Pizarnik distaba pocas cuadras de la de la infancia de otro bienaventurado de la poesía argentina, Néstor Perlongher, hijo de un taxista de Avellaneda.

La esposa del señor Pizarnik, mientras él era tan querido y afable, demostraba un carácter hostil en general: para la época en que nació su segunda hija, Flora Alejandra, todo el barrio le temía -más o menos- hasta que la relación de esposo bien recibido/señora terrible explotó. La mujer comenzó a exacerbar su batalla contra el entorno y especialmente contra sus vecinos inmediatos, los del mismo edificio, a quienes acusó de robarles el agua a ella y a su familia, mientras unas irregularidades en el suministro del líquido municipal atormentaban a toda Avellaneda.

El reparo por lo que fueran a decir sus vecinos llevó al señor Pizarnik a poner tierra de por medio entre tanta discordia: se mudaron al cercano barrio de Barracas, a un departamento en la avenida Montes de Oca. Para ese entonces el antiguo cuentenik había prosperado bastante más, pues alquilaba algunos locales propios de la calle Vélez Sarsfield, en Avellaneda. Cuando sus inquilinos se llegaban a la casa de Montes de Oca a pagarle la renta, eran recibidos por el propietario con el dedo índice sobre los labios y una advertencia: “Shhh, hable por favor en voz baja, que Alejandrita está al lado con los profesores”. Aquel inmigrante modestamente enriquecido, así prevenía sobre molestar a su desgarbada, huraña y hasta extraña hija menor, que recibía en la habitación contigua a gente mayor que ella: poetas, narradores, ensayistas -Alejandra aún no había terminado la secundaria- que la iban formando en aquella no menos extraña afición que no terminaba de comprender: la de escribir versos.

A esas reuniones sigilosas acudía también su terapeuta desde hacía años, León Ostrov, dejándose ganar por el magnetismo de aquella adolescente que, desde entonces, quería ser poeta.

Sin embargo, en aquel entonces susurrado entre inquilinos y propietario, éste -porque nuestros padres, a su manera y leal entender, lo que quieren para nosotros es lo mejor aunque a su propia escala siempre- lo único que deseaba al despedir a sus inquilinos y confidentes era “que Alejandrita, Dios lo quiera, se case cuanto antes”.

Alejandrita se convierte en Pizarnik


Para la memoria de los vecinos de Avellaneda la imagen un poco desdibujada de Alejandra Pizarnik no es demasiado agradable: una chica decididamente fea, pero además antipática, tímida hasta el exceso, “rara”. Rara porque no se daba casi con nadie y cuando se fue a Europa nadie volvió a saber de ella. Más o menos por ahí, por esa época, Alejandrita comenzó a ser Alejandra Pizarnik.

De hecho, precisaba alejarse definitivamente de todo aquello que constituía su historia y su barrio. Para Alejandra, este paso  estuvo dado por su ingreso, en 1954, a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde acudía tomándose el colectivo para atravesar el Rubicón entre el pasado y lo que hoy podemos llamar su posteridad.

Primeros libros y amistades literarias


Un año después de ingresar a la facultad la abandona y publica su primer libro: La Tierra Más Ajena, en Ediciones Botella al Mar, aquella que dirigía el poeta español Arturo Cuadrado. Se trata de un libro pequeño en páginas e intenso en versos, ilustrado con grabados de Seoane. En su tapa rústica y rojiza, se leen los nombres de Pizarnik completos: Flora Alejandra, y sería la última vez que firmaría así sus libros.

Aunque sea de ella, es un primer libro, donde aquellos elementos que la llevarían a ser una de las voces más importantes de la poesía argentina del siglo pasado aún están en ciernes. Leerlo es como verla detrás de un espejo empañado. Inclusive, la autora luego le negará a La Tierra Más Ajena el más mínimo reconocimiento, aunque sí, ella ya está en sus páginas.

Abandonada la carrera de Letras, Alejandra se entregará al estudio de la pintura, acudiendo con sus óleos y sanguinas al taller del maestro Juan Battle Planas: no se destacó precisamente como artista plástica, es cierto, pero también es cierto que conservó toda su vida -como André Breton- el gusto por el dibujo y la pintura. Internada años después en el Moyano, se hizo amiga de una artista plástica cabal: Aída Carballo, y conservó aquella amistad labrada en circunstancias trágicas hasta el mismo día de su muerte.

Por otra parte, el conocimiento de la pintura le reportó a Pizarnik un beneficio para su obra literaria: contribuyó a perfeccionar su modo de distribuir el texto -entendido como imagen- sobre la página, al estilo de los célebres Caligramas de Guillaume Apollinaire; un recurso del que abusarían luego los poetas concretistas.

En 1956 publicaría La Ultima Inocencia, un nuevo volumen de versos -más depurados, más suyos- dedicado a su terapeuta, León Ostrov.

Las Aventuras Perdidas se editó en 1958, coincidiendo con el inicio de su amistad con Olga Orozco, también prolongada hasta su desaparición. Por entonces ya frecuentaba asiduamente a otros poetas, como Rubén Vela y Raúl Gustavo Aguirre, este último director de la revista Poesía Buenos Aires, donde habían aparecido publicados algunos poemas de Alejandra. También se relacionó por aquellos años con Susana Thénon, H.A. Murena (seudónimo de Héctor Alvarez), Eduardo Romano, Elizabeth Azcona Cranwell, Horacio Salas, José “Pepe” Bianco -secretario de redacción de la revista Sur- y Alberto Girri. Para ese entonces el tema de la desesperación y el de la muerte ya se iban marcando decididamente en su poesía, aunque sin jugar con estas ideas desde el humor negro, como lo haría después, sino reducida su óptica todavía a una visión trágica de los mismos.

Por esa época se produjo la muerte del poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, por quien la autora sentía una pasión muy honda, y el hecho no dejó de acentuar su depresión y pesimismo, que luego se volverían extremos.

París, 1960-1964

Los cuatro años que Pizarnik residió en Francia parecen haber sido los de un florecimiento personal: de hecho, algunos de sus mejores poemas los escribió en París, mientras se las arreglaba para sobrevivir con estrecheces, gracias a un mínimo aporte de su familia y a colaboraciones en Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, Les Lettres Nouvelles, la Nouvelle Revue Française y otras publicaciones donde su presencia era más esporádica. Es en la capital francesa donde establece sólidos vínculos amistosos con el mexicano Octavio Paz y el argentino Julio Cortázar, así como con la esposa de este último, Aurora. También frecuenta el trato de los poetas Yves Bonnefoy y Henri Michaux. Recordemos que la primera y hoy inconseguible edición de Arbol de Diana, editado durante la etapa francesa de Pizarnik (1962) lleva un prólogo del propio Paz.

La fatal Buenos Aires

Vuelta a Buenos Aires a finales de 1964, ya su ánimo se ensombrece y de ello da cuenta su siguiente volumen poético, Los Trabajos y los Días (1965), donde el clima desesperado se plasma en versos de un gran rigor y factura, de los mejores que escribió Pizarnik. La concisión que es una marca de su obra alcanza en Los Trabajos y los Días una de sus cumbres y no es extraño que ya tres generaciones literarias hayan “abrevado” de este libro con resultados tan dispares como los que marca el talento necesario para elegir una influencia y vérselas con el logro de la propia obra después.

Por aquel entonces, los poemas de Pizarnik ya iban alcanzando una notable difusión, no sólo a través de sus contactos en Europa, sino también por la publicación de poemas suyos en revistas de varios países latinoamericanos.

Con Los Trabajos y las Noches -un juego, su título, con el del clásico Los Trabajos y los Días, de Hesíodo- Pizarnik alcanza el Primer Premio Municipal de Literatura en la categoría Poesía Edita, así como el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes. El Premio Municipal de Poesía significó para ella algún ingreso constante, al estar dotado de una pensión vitalicia, pero de todos modos sus problemas económicos, aunque amenguados, continuaron hasta el final.

Por esos tiempos, cuando ya vivía en el departamento de la calle Charcas donde iba a poner fin a sus días y que era propiedad de su madre, Alejandra colgaba de las paredes  disfraces que de tanto en tanto lucía -frente a amigos y dicen que también a solas-. En esta nueva etapa la poeta fue agudizando el desorden de su personalidad, en una caída atenuada de tanto en tanto por súbitos fogonazos de aquello que llamamos -a falta de una descripción mejor- “estar en la realidad”. De todos modos, se produjeron tres internaciones siquiátricas en siete años, jalonadas por la publicación de Extracción de la Piedra de la Locura (1968), El Infierno Musical (1971) y en este mismo año, La Condesa Sangrienta, un texto prosístico que evoca como pre-texto a Madame Bathory, la versión femenina de Drácula, personaje presuntamente histórico que le sirve a Alejandra para realizar una fantástica proyección sobre páginas cargadas de vampirismo, alienación, sadomasoquismo.

De esta época, mi amigo Fernando recuerda que el grupo de sus conocidos se turnaba para hacer dormir a Alejandra, para lo cual había que contarle cuentos o leerle poemas, para retirarse después como del cuarto de un niño. Siempre según la fuente, lo que más temía Alejandra era la irrupción de su madre, aquella señora que en la infancia de la poeta había logrado que toda la familia se mudara por mantener ella reyertas con todo el vecindario.

También recuerda Fernando que los intentos de suicidio de Alejandra no fueron pocos: algunos ya no le creían cuando los anunciaba. Como en Pedro y el lobo, aquella narración infantil, finalmente el lobo apareció el 25 de septiembre de 1972, con una garra llena de seconal. Una semana después, en Buenos Aires, todavía varias personas descreían de que Alejandra Pizarnik, en una salida de su última internación, se había suicidado para siempre en primavera.


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Texto: escrito por Luis Benítez y tomado de Espacio latino.com.
Imagen: tomada del libro Biografía. Alejandra Pizarnik de Cristina Piña.

14.11.12

8 preguntas a escritoras, actrices, mujeres de ciencia, de las artes, del trabajo social y del periodismo*


1. ¿Cree que la mujer, en todos los planos, ha de tener los mismos derechos que el varón?

La mujer no ha tenido nunca los mismos derechos que el hombre. Debe llegar a tenerlos. No lo digo solamente yo. Rimbaud también lo dijo "Quand sera brisé l'infini servage de la femme, quand elle vivra pour elle et par elle, l'homme -jusqu'ici abominable-, lui ayant donné son renvoi, elle sera poète, elle aussi! La femme trouvera de l' inconnu. Ses modes d'idées différeront-ils des nôtres?- Elle trouvera des choses étranges, insondables, repoussantes, délicieuses; nous les prendons, nous les comprendrons." [Carta de Rimbaud a Paul Demeny (Chaleville, 15/V/1871).]

Inútil agregar que las exaltadas palabras del poeta conforman un razonamiento utópico. Es que nada temen tanto, mujeres u hombres, como los cambios.

2. ¿Cree que la sociedad actual necesita una reforma y que redundará en beneficios de la mujer?

No creo que la sociedad actual necesite una reforma. Creo que necesita un cambio radical, y es en ese sentido que pueden redundar beneficios para la mujer.

3. ¿Cree necesaria la educación sexual?

Por cierto, puesto que lo sexual es arduo.

4. Por el hecho de ser mujer, ¿ha encontrado impedimentos en su carrera? ¿Ha tenido que luchar? ¿Contra qué y contra quién?

La poesía no es una carrera; es un destino.

Aunque ser mujer no me impide escribir, creo que vale la pena partir de una lucidez exasperada. De este modo, afirmo que haber nacido mujer es una desgracia, como lo es ser judío, ser pobre, ser negro, ser homosexual, ser poeta, ser argentino, etc. Claro es que lo importante es aquello que hacemos con nuestras desgracias.

5. ¿Cree que las leyes que rigen el control de natalidad y el aborto deben estar en manos de la Iglesia y de los hombres que gobiernan o bien en el de las mujeres que, a pesar de ser las protagonistas del problema, no han tenido ni voz ni voto en algo que les concierne vitalmente?


Esta pregunta hace referencia a un estado de cosas absurdo. Cada uno es dueño de su propio cuerpo, cada uno lo controla como quiere y como puede. Es el demonio de las bajas prohibiciones quien, amparándose en mentiras "morales", ha puesto en manos gubernamentales o eclesiásticas las leyes que rigen el aborto. Esas leyes son inmorales, dueñas de una crueldad inaudita. Cabe agregar, a modo de ilustración, la sugerencia de Freud de que aquel que inventara el anticonceptivo perfecto o infalible sería tan importante para la humanidad como Jesucristo.

6. ¿Es partidaria del divorcio?

¿Acaso es posible no serlo?

7. ¿Dónde cree que está el problema más urgente de la mujer?

Los conflictos de la mujer no residen en un solo problema posible de señalar. En este caso, y en otros, la consigna sigue siendo: "Changer la vie".

8. ¿Está usted enterada de la lucha de la mujer por sus derechos en los siglos XIX y XX? ¿Sabe cuáles fueron los primeros en reconocerlos y hasta qué límites?


Ignoro estos temas.


*Reportaje a mujeres trabajadoras e intelectuales argentinas realizado por la revista Sur y publicado en el núm. 326 de septiembre de 1970-junio 1971. Las respuestas de Alejandra Pizarnik figuran en las páginas 327 a 328.



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Texto: tomado de Alejandra Pizarnik. Prosa Completa (Lumen).
Imagen: fotografía tomada de documental Memoria iluminada (se le agregó una cita de esta entrevista a la imagen).

10.10.12

Esperando a Alejandra


Hay que armarse de temeridad y paciencia para valorar críticamente la obra o la vida de Alejandra Pizarnik (1936-1972). Temeridad: estamos ante una escritura obsesiva, en la que una serie de figuras y motivos recurrentes son sometidos a un intenso bombardeo, como una muestra de uranio bombardeada con neutrones lentos.

El resultado es uno de los experimentos de fisión poética más poderosos llevados a cabo en el siglo XX. Infancia idealizada y violada, inefabilidad del lenguaje, encarnación de la vida en el verbo, la sexualidad como pompa degradada del lenguaje, la muerte como acechanza y añoranza, la fantasía y sus trampas letales, la imaginación y sus promesas incumplidas.

Estas son algunas de las pepitas de material radioactivo que se desprenden del experimento Pizarnik. Perder de vista los elementos de partida o las violentas reacciones a que son llevados es exponerse a “contaminarse”, es decir, a prodigar glosas en cadena a su vez cuajadas de élans más o menos tanáticos o eróticos.

Una abrumadora mayoría de comentarios inspirados en esta obra lleva la huella de la fisión pizarnikiana. Como del cuerpo de algunos monstruos mitológicos, de este corpus crítico brotan varias cabezas, de las que dos sobresalen: la que afirma la naturaleza “maldita” de la vida y obra de la poeta, y la que proclama la radicalidad de una escritura que aspira a la casi mística transmutación de la vida en lenguaje. Todas apuntan hacia un mismo horizonte: la mitificación de Pizarnik.

Paciencia también es preciso tener para separar, en la madeja de la recepción de la obra, los hilos de la autenticidad de los alambres de la idealización. Con Pizarnik sucede –sigue sucediendo– lo que durante largo tiempo sucedió con Arthur Rimbaud, figuras ambas envueltas en la bruma metaforizante de la genialidad precoz y el suicidio real o figurado, y en las que ha encarnado el mito romántico de la eterna juventud maldita del poeta vidente.

Con la obra sucede otro tanto. Es cierto que la de Pizarnik no ha tenido (¿aún?) el honor de verse enriquecida con la edición de algún falso original, como sucedió con la de Rimbaud al publicarse La Chasse spirituelle.

Pero otras peripecias póstumas han marcado la obra de la poeta argentina y alentado una suerte de suspense cabalístico: todo ha sido publicado, pero... ¿y los Diarios? ¿Acaso no faltan los Diarios?

Pues bien, ha llegado el tan esperado y temido momento de su publicación. Esperado por quienes sufrían pensando en la irreparable mutilación para el sentido de la obra que suponía esta ausencia; temido por quienes se niegan a considerar la de Pizarnik como una obra más, forzosamente clausurada. Pero seamos optimistas: tras la publicación de los Diarios se abrirá sin duda otro compás de espera y temor, hasta que se editen los cuadernos de notas o la obra pictórica o la correspondencia completa... Al infinito.

No estará de más, para evitar los efectos de las radiaciones sobre las margaritas de la luna, poner un poco los pies en la tierra y recordar dos o tres cosas de la vida de Alejandra Pizarnik, nacida el 29 de abril de 1936 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, y hallada muerta de una sobredosis de Seconal, el 25 de septiembre de 1972, en su apartamento porteño de la calle Montevideo.

Flora Alejandra Pizarnik, fue la segunda hija de un matrimonio de judíos llegados a Argentina dos años antes del nacimiento de ella, originarios de Rovne, ciudad que fue polaca y hoy es ucraniana.

El apellido de su padre era Pozarnik, y si se transformó en Pizarnik al poner los pies en Argentina, en ello nada hay de extraordinario: los funcionarios de inmigración de este país registraban lo que buenamente entendían. Otro tanto sucedió con el nombre de la madre de Alejandra, que de llamarse Rejzla Bromiker pasó a llamarse Rosa.

Las dos familias, Pozarnik y Bromiker, con la excepción de un hermano del padre de Pizarnik, instalado en París y de una hermana de la madre también emigrada a Argentina, fueron exterminadas por los nazis.

Al llegar a Argentina, el padre y la madre de Pizarnik tenían 27 y 26 años, respectivamente, y no hablaban una palabra de castellano. Durante su infancia y la de su hermana Myriam, nacida veinte meses antes que ella, Alejandra oía a sus padres hablar yiddish en casa, y aunque algunos biógrafos afirman que ninguna de las dos hijas aprendió esta lengua, no cabe duda de que el “oído” de Alejandra se formó en buena medida al contacto con ella.

César Aira sostiene que los orígenes judíos influyeron poco o nada en Pizarnik. No pocas ni poco sustanciosas entradas del Diario (he contado hasta catorce, sólo en un periodo que va de 1955 a 1971), cargadas de ambigüedad como casi todo lo que de sí misma consignaba la poeta, deberían servir por lo menos para matizar este juicio. Sin mencionar la veta humorística y escatológica en la que no es descabellado ver la huella de una tradición oral muy característica de las formas populares de transmisión cultural del shtetl.

Con 19 años, cuando aún era Flora Alejandra, Pizarnik publicó su primer libro de poesía, La tierra más ajena (1955). Hacía un año que había iniciado estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Este libro lleva en epígrafe una cita de Rimbaud, que empieza: “¡Ah! El infinito egoísmo de la adolescencia...”. Asunto aparentemente anecdótico, en realidad fundamental: la adolescencia de Pizarnik, y no sólo cuando publica su primer libro, sino su eterna adolescencia, preservada por ella misma con sangre, sudor y lágrimas hasta el día de su muerte.

No tardó en abandonar los estudios universitarios, y durante un tiempo estudió pintura con Juan Batlle-Planas. Los dibujos y pinturas de Pizarnik son sorprendentes; algunos delatan su admiración por Paul Klee (Las aventuras perdidas, su tercer libro de poemas –de 1958–, lleva como ilustración un cuadro de Klee), su pintor favorito junto con el Bosco, en una de cuyas más conocidas obras se inspiró para La extracción de la piedra de locura.

En 1956 publicó su segundo poemario, La última inocencia, dedicado a León Ostrov, su psicoanalista y –cómo no– amor platónico durante años. En esta época Pizarnik inició una vida social y literaria muy intensa. De hecho, siempre tuvo una vida intensamente social (y sexual), con excepción del último año y medio de su vida, cuando se produce el tan esperado y temido derrumbe psíquico.

En estos primeros años de actividad literaria frecuentaba a los poetas Rubén Vela, Raúl Gustavo Aguirre y Clara Silva, y también inició su amistad con Olga Orozco, que habría de perdurar. Pizarnik, que ya era una lectora desordenada y voraz, constituye su panteón literario, dominado por Rimbaud, Trakl y Artaud, y visitado por Virginia Woolf, Katherine Mansfield y Marcel Proust.

También son años de fracasos amorosos, marcados por la desaparición de Jorge Gaitán Durán, por quien concibió una pasión que se prolongó más allá de la muerte del poeta colombiano.

La etapa creativa y vital más importante de Pizarnik coincide con su estancia en París, de 1960 a 1964. A pesar de auténticas penurias económicas y frecuentes brotes depresivos, trabajó para Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, fue miembro del comité de colaboradores extranjeros de Les Lettres Nouvelles, asistió a clases en la Sorbona y frecuentó a escritores franceses (Yves Bonnefoy, André Pieyre de Mandiargues, Henri Michaux) e hispanoamericanos, como Octavio Paz y Julio Cortázar. A éste y a Aurora Bernárdez la unió mucho más que una amistad literaria, casi una relación de proximidad familiar.

De este periodo son los extraordinarios poemas de Árbol de Diana (1962), publicado con prólogo de Paz, y el inicio de su colaboración en prestigiosas revistas literarias (Nouvelle Revue Française, Mito, Zona Franca, Papeles de Son Armadans). París fue su “patria secreta”, y en esta ciudad ingresaron en su panteón por la puerta grande Kafka, Kierkegaard, Lautréamont, Nerval, Reverdy, Cervantes. Y Dostoievsky, el escritor a quien más hondamente sintió próximo.

De vuelta a Buenos Aires publicó Los trabajos y las noches (1965), con el que obtuvo el Primer Premio Municipal y el Premio Fondo Nacional de las Artes. A contracorriente de la leyenda maldita de la poeta sumida en las ansias de la muerte y los tormentos de la soledad, la verdad es que, además de acceder a una intensa vida social, Pizarnik fue una poeta aplaudida, querida, aun idolatrada, que recibió el reconocimiento institucional al que muchos poetas argentinos de su generación aspiraban, y si bien es cierto que nunca vivió holgadamente, llegó a recibir sendas becas Guggenheim y Fulbright.

Ese año también es el de su único texto extenso en prosa, La condesa sangrienta, recogido en volumen en 1971. Extracción de la piedra de locura (1968) –con poemas escritos entre 1962 y 1966– y El infierno musical (1971) concluyen la obra publicada en vida.

En los dos últimos años exploró su vertiente más salaz, obscena y grotesca. Hasta enero de 1972, durante cinco meses estuvo internada en un psiquiátrico. Acabó viviendo plenamente de noche, bebiendo té e ingiriendo grandes dosis de psicotrópicos. Una de estas ingestas le fue fatal.

La publicación de los Diarios de Pizarnik, ¿qué agrega a la comprensión de su obra y del “personaje alejandrino”? Es difícil decirlo, ya que estamos ante una edición censurada.

El prolongado proyecto editorial que ahora llega a término ha estado en todo momento sometido a las condiciones impuestas por Myriam Pizarnik, derechohabiente de la obra de su hermana, notablemente la de que se hiciera una selección de fragmentos de contenido estrictamente literario en los que se evitaran las referencias a la vida privada de Pizarnik y de las personas mencionadas.

Ahora bien, ¿cómo segregar en un Diario lo personal y privado de lo público (o publicable) y literario? La selección de un corpus diarístico puede hacerse, claro está –un ejemplo célebre es A writer"s diary, la versión expurgada del Diario de Virginia Woolf editada por su marido en 1953–, pero a condición de explicar los criterios de selección con claridad meridiana.

El mismo Leonard Woolf incluía en su prólogo, junto con las razones para dar una primera versión censurada, una crítica razonada de este método de edición.

Transformar en criterios editoriales las prevenciones de terceras personas, impuestas bajo la amenaza de sanciones legales, es lo bastante grave. La afirmación de que los Diarios que ahora se publican no son un “relato de vida” sino un “diario literario”, aun una obra que posee el mismo valor que los poemas y prosas de Pizarnik, además de ser una racionalización de la señalada censura previa, es una tergiversación que la lectura de los textos seleccionados desmiente en más de un lugar.

Por sólo citar uno de ellos:

“Puede ser también, que, dada mi escasa facilidad de expresión oral, apele al papel para no atragantarme, para escupir el fuego de mis angustias. Por eso, quizá, amo tanto estos cuadernillos de quejas, cuyo valor es exclusivamente psicológico, pero nunca literario” (página 65).

¿Y qué necesidad hay de afirmar categóricamente que Pizarnik es “la primera escritora latinoamericana que escribe un diario concibiéndolo como parte de su proyecto de obra literaria”?

Aparte de que resultaría difícil citar ejemplos de escritores que escriban un diario divorciado de su “proyecto de obra literaria”, la afirmación no pasa de ser una petición de principio que se sostiene, únicamente, si reducimos su aplicación al género femenino. ¿O es que Julio Ramón Ribeyro no era escritor y además latinoamericano?

En otro plano, el del establecimiento del texto y el aparato de notas, la presente edición se rige por criterios de difícil comprensión. Así, se ofrecen en el texto las siglas onomásticas, pero rara vez se aclaran en nota. Esto hace que las escasas notas referenciales (Arturo Cuadrado, Olga Orozco, Cristina Campo, Alberto Manguel) parezcan meramente caprichosas. El lector se ve confrontado en no pocas entradas, sobre todo en los años 1969-1971, a una verdadera sopa de letras.

Es cuando menos una falta de consideración infligirle al lector no argentino y ajeno al microcosmos de las letras de este país tan cansino juego de adivinanzas. A. M. B. puede ser Ana María Barrenechea; E. P., Enrique Pezzoni; S. O., Silvina Ocampo; I. B., Ivonne Bordelois. Pero, como diría afrancesadamente Pizarnik, ¿“qui sait”? ¿Quiénes son J. y E. en Buenos Aires en 1958; T., Z., F., G. en París en 1961, y en 1963, Y., Q., M. L., A. D., M. J., A. P. de M. (seguramente André Pieyre de Mandiargues, pero ¿no se merece, tanto como Manguel o Campo, una humilde nota?)?

Lo mismo puede decirse de los lugares donde vivió o los trabajos que realizó en París para mantenerse, además de las menciones en el texto a obras de Pizarnik, todos ellos sin referenciar. ¿Qué cuesta, por ejemplo, decirle al lector (página 419) que Fragmentos para dominar el silencio es uno de los poemas de Extracción de la piedra de locura? Máxime tratándose de uno de los poemas capitales del último periodo, importancia que se refleja en que Pizarnik anote el día en que “cree” haberlo finalizado.

¿Que el lector puede leer esta selección de los Diarios y leerla con deleite (y también con una permanente sensación de “déjà lu”)? Sin duda. Quien conozca la obra de Pizarnik hallará en estas páginas muchas de las obsesiones y modismos de la escritora, desde su humor gnómico hasta espléndidos elogios de la lectura, con la sombra de la muerte y la soledad y el silencio y el valiente esfuerzo de la poeta por avanzar en el dominio de sus herramientas, aun a riesgo de poner en peligro su equilibrio psíquico.

Destaco el corrosivo humor paródico que la lleva, en una mezcla de autocompasión y autocrítica, a incluir en una larga anotación de julio de 1955 el siguiente “diagnóstico”: “De pronto me admiro de todo lo que hice. De mis papeles. Algún día van a estar en el museo (de algún Instituto Psiquiátrico). A su lado habrá un cartel: Poemas de una enferma de diecinueve años. Imposibilidad de razonar. Nunca meditó. Jamás reflexionó. Ninguna vez pensó. Parece ser que es sensible. Propensión a considerarse genial. Agresiva. Acomplejada. Viciosa. No muerde”.

No, Alejandra. A pesar de que tus Diarios hayan visto la luz respetando un riguroso protocolo digno de la mejor institución psiquiátrica, los originales están hoy depositados no en un hospital, sino en la biblioteca de una liberal universidad estadounidense. Cabe esperar que alguien menos respetuoso de los tabúes familiares y nacionales que tanto contribuyeron a enfermarte logre editarlos en su integralidad y con el debido respeto al lector.


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Texto: artículo por Ana Nuño, publicado en La vanguardia en su edición del miércoles 31 de diciembre de 2003. Tomado del blog Alejandra Pizarnik: pública y secreta.
Imagen: fotografía del libro Poesía completa (editorial Lumen) hallada en Internet.

18.3.12

La perfecta poeta suicida

Álvaro Cortina / Madrid

En La Puerta Estrecha, teatro independiente y lavapiesino de referencia en Madrid, se invocan estos días el verso en prosa y el exorcismo y la desesperación de la escritora Alejandra Pizarnik (1936-1972). La actriz Eva Varela Lasheras y el director Rodolfo Cortizo ofrecen una aproximación escénica a una parte del poemario 'Extracción de la piedra de la locura' (1968), pieza capital de la poeta de Avellaneda, en la estricta línea de la sombra. "En este texto ves un desgarro, una queja. Quería retomar esta obra que ya habíamos teatralizado hace 6 años, quería ver otras profundidades. Descubrí otras puertas. En la anterior versión fuimos más capaces de ver sombras que de ver luces. Pero es un poema lleno de luz", explica Varela. "Cuando te quitas prejuicios y eres capaz de leer su obra de la manera más pura posible descubres qué es lo que te moviliza. En el corazón, en el espíritu. Y eso tiene que ver más con la vida que con la muerte. Pizarnik arrastra muchos mitos".

Años de París

Adelante, pues. Indagemos en Pizarnik, en el cultivo de (en sus propias palabras) esa "escritura densa y llena de peligros a causa de su diafanidad excesiva". La poeta y novelista cubana Nivaria Tejera la recuerda para elmundo.es, del tiempo de Pizarnik en la capital francesa (1960-1964): "Se movía como una brújula, de una revista a otra, de una editorial a otra. Se había venido a quedarse en París. París la colmaba, no quería abandonarlo. En carta a la familia consideraba "catastrófico cortar bruscamente ese lento crecimiento que se inició en mí desde que llegué". Eran aún (entonces se acababan) los años de experiencias trascendentales: Artaud, Michaux, Celan, y ella los exploraba con acucia, impregnándose, celosa de originalidad". Y añade, rememorando una esquina mítica de la plaza Saint-Germain-des-Prés: "Sí nos habíamos conocido, pero entre latinos nos preservamos con raro tacto. Alguna vez, el azar nos reunió a ella, a Cortázar y a mí en el bar Les Deux Magots y entonces su mesa supuraba lava de cronopios..."

Julio Cortázar y César Aira

"Cortázar trató de ayudarla bastante", recuerda a su vez la poeta uruguaya Cristina Peri Rossi. "Después de su muerte, Julio y yo hablamos mucho de ella. Yo no la conocí, pero conozco a mucha gente que la trató de cerca. Cuando leí la biografía que escribió sobre ella César Aira me indigné. Es como si se la hubieran encargado a su peor enemigo. No se puede escribir eso con una persona que ha muerto y no puede defenderse. Y no se puede dejar de mencionar el hecho decisivo de su lesbianismo, por ejemplo. Era mujer, judía y lesbiana ¡en aquella época! Cortázar la hubiera defendido de Aira si estuviera vivo. ¿Cómo se puede pasar por alto la vida amorosa del biografiado?".

El también poeta Luis Antonio de Villena, considera para este periódico que, biografía aparte, su sexualidad tuvo una importancia muy menor en la obra: "Tenía imposibilidad de vivir. Puede que tuviera conexiones con el surrealismo, pero ya entonces, en los años 50 y 60, no era una vanguardia. Era una forma clásica de escritura. Pero su escritura no es fruto de un estilo sino de una condición personal. Su poesía expresa un dolor metafísico. Hay un claro parecido con Paul Celan. Hay elementos surrealistas, sí, pero en realidad es una poesía metafísica que se pregunta por el sentido del dolor. La expresión poética del dolor psíquico. No es un juego. Es a vida o muerte. Es una indagación en ese dolor, de carácter irracionalista, a veces".

Su influencia en los jóvenes poetas españoles


"No creo que haya sido una poeta con gran incidencia en la escritura de los poetas españoles de las dos últimas promociones", opina el poeta y redactor de EL MUNDO Antonio Lucas. "Quizá algún eco de su rastro poético se pueda ver lejanamente en cosas de Miriam Reyes, Elena Medel o Luna Miguel, entre otros, pero poco más. No sé si podríamos aplicarle el lema de "poeta de culto". A tanto no llega ni la audiencia ni el entusiasmo. Es una poeta argentina importante, con un extraordinario y dañado mundo propio, de eso no hay duda, y dueña de algo que tiene que ver con la luminosa batalla contra los propios demonios". Añade Lucas: "Me interesa mucho lo que sucede en libros como 'Árbol de Diana' (1962), 'Los trabajos y las noches' (1965) y 'Extracción de la piedra de la locura'. Me atrae esa forma tan propia de asimilar el onirismo poético, con vasos comunicantes lanzados a ese surrealismo que se metabolizó en Latinoamérica de forma distinta a como se desarrolló en Europa. Y consiguió esa voz propia con una poesía desgrasada, muy de palabras exactas, concreta dentro de su afán por el vuelo".

Angustia

Considera Villena: "No se puede ser un poeta de este tipo porque uno lo quiera. Es una obra muy atormentada. Su historia tiene que ver con la de Leopoldo María Panero. Pero creo que en el caso de Pizarnik no hay un mito como tal. Se le quiso construir uno, pero nunca estuvo en un manicomio. Se convirtió en un mito con su suicidio. Como Sylvia Plath y tantos otros". A su vez, comenta Peri Rossi: "Su tema es la escisión del yo. Que por otro lado, es el gran tema del siglo XX. De Picasso, de Joyce. Un yo monolítico que es fuente de angustia, y que no es un yo acabado y excluyente. En vez de conducir a la alegría en su caso se convirtió en angustia. Un gran tema del siglo XX".

"'Extracción de la piedra de la locura' tiene algo de monólogo. Con un proceso y un conflicto. Y la acción principal es la de confesarse. No en el sentido católico, sino confesarse a uno mismo", cuenta Eva Varela Lasheras.

Si han visto recientemente a José Luis Gómez en La Abadía, recitar muy pulcro y bien vestido versos de 'Diario de un poeta recién casado' de Juan Ramón Jiménez, esto no tiene nada que ver. Aquí, Varela se revuelca en tierra negra y en sábanas blancas. La estancia de La Puerta Estrecha en Lavapiés se convierte en la celda por donde se retorcía Renfield, en el sanatorio del doctor Seward, en 'Drácula'. Más próxima a Angélica Liddell pero con mayor pausa en la voz y más calmo ademán. Pero Varela no come insectos como el primero, ni se daña, como la segunda. Interactúa con un muñeco y un espejo y demás imaginería simbolista que se suele gastar la compañía La Pajarita de Papel. Dice Villena: "'Extracción...', aparte de la obvia evocación medieval, es un título muy sugerente. Como si la propia Pizarnik tuviera en la cabeza una pieza de antracita que le produce ese profundísimo dolor psíquico". Declama la actriz, ya metida en pleno chamanismo: "Briznas, muñecos sin cabeza, yo me llamo, yo me llamo toda la noche. Y en mi sueño un carromato de circo lleno de corsarios muertos en sus ataúdes...".


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Imagen: Alejandra Pizarnik, en bañador negro, en una playa en Mar del Plata, 1965. Imagen tomada de El Mundo digital.
Texto: El Mundo digital.