30.5.20

Alejandra Pizarnik: riesgo y necesidad

Por Cristina Piña para Caras y Caretas.


Es una de las voces capitales de nuestra poesía. Continuó la tradición francesa, de Lautréamont a los surrealistas. Pero encontró un estilo propio, cargado de compromiso y de la interpelación permanente del sentido de la vida.

Lo primero que nos llama la atención en Alejandra Pizarnik es su pervivencia como poeta de culto a lo largo de los años. Porque sabemos que eso no depende de la calidad del autor sino de la recepción de sus textos. Y ante esto, surge una pregunta ineludible: ¿a qué se debe semejante permanencia? ¿Por qué la obra de Alejandra –nacida en Avellaneda de padres provenientes de Ucrania y luego proyectada al plano nacional e internacional– sigue siendo objeto de fascinación? Pienso que obedece a que su poesía transmite una sensación extrema de riesgo y necesidad. Así, desde sus primeros a sus últimos textos, la escritura no se entiende como una mera actividad exterior al sujeto, sino como algo que compromete la estructura de la subjetividad, la cual se delinea en la escritura y se funda en ella. Es decir, es capaz de dar razón y sentido a la existencia.

Tal visión de la poesía implica concebirla como un destino, una ética y una ontología, procediendo a una fusión entre vida y poesía y rompiendo con la distinción entre una esfera del arte y otra de la experiencia vital. Esto se ve en múltiples fragmentos de su obra y en los versos finales de “El deseo de la palabra”, último poema de su último libro publicado en vida, El infierno musical: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.

Pero, al mismo tiempo, hay en sus poemas una desconfianza radical en el lenguaje, contradicción que se explica por las dos visiones opuestas de este que manifiesta: la que lo ve como instancia absoluta de realización y la que lo concibe como destrucción y muerte de quien a él se entrega. Aclaremos que la visión de la escritura poética como rescate del sinsentido de la vida no es original de Pizarnik, sino que continúa la tradición de una serie de poetas franceses, de Lautréamont a los surrealistas, quienes la conciben como una tarea en la que necesariamente se fusionan vida y poesía. Por eso, la poesía se vuelve la auténtica patria del hombre y camino de construcción de la propia subjetividad, por lo cual consagrarse a ella surge como necesidad. Pero esto ocurre porque, tanto como la confianza en el lenguaje atraviesa toda su obra, aparece –haciéndose más clara de un libro a otro– la certidumbre contraria de que aquel no sirve para salvar la vida, pues no da cuenta del sujeto en plenitud.

Esta dimensión letal aparece de manera lapidaria en el poema “En esta noche, en este mundo”, publicado menos de un año antes de su muerte. Aquí se concibe al lenguaje como mero instrumento de falso conocimiento y de repetición, pues sólo es capaz de nombrar la ausencia, por lo cual termina separándonos del mundo y de nosotros mismos, conduciéndonos a la alienación, como se ve en este poema posterior a su último libro: “en esta noche en este mundo/ las palabras del sueño de la infancia de la muerte/ nunca es eso lo que uno quiere decir/ la lengua natal castra/ la lengua es un órgano de conocimiento/ del fracaso de todo poema/ castrado por su propia lengua/ que es el órgano de la re-creación/ del re-conocimiento/ pero no el de la resurrección/ (…) y nada es promesa/ entre lo decible /que equivale a mentir/ (todo lo que se puede decir es mentira)/ el resto es silencio/ sólo que el silencio no existe// no/ las palabras/ no hacen el amor/ hacen la ausencia/ si digo agua ¿beberé?/ si digo pan ¿comeré?”.

Esos dos extremos trazan los bordes entre los cuales se juega su aventura que, por ello, es trágica, pues la voz poética que enuncia ambas certidumbres, si bien esa escritura poética trascendente es lo único que vale, intuye que algo falla en el lenguaje –o en ella misma como poeta–, por el camino de extrema alienación y sufrimiento al que conduce. Y para quien, como Alejandra, era su lenguaje, que este fracasara en su promesa de absoluto y salvación y se revelara como lugar letal e instancia incapaz de sustentarla, entraña, casi ineludiblemente, la muerte.

Este desfondamiento del propio proyecto poético-vital sólo se logra captar cuando se sigue el proceso de construcción-destrucción formal de su lenguaje poético y su personalísima práctica de la prosa, sin antecedentes al menos en nuestro país. Porque tras los libros desgarrados que señalé, aparecen las prosas humorísticas de “La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa”, donde el lenguaje y el sujeto se derrumban y sólo parece quedar la muerte como solución. Muerte que se cumplió el 25 de septiembre de 1972, mediante 40 pastillas de Seconal sódico, privándonos de una voz capital de nuestra poesía.


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Fuente: Piña, C. (2018). Alejandra Pizarnik: riesgo y necesidad. Caras y Caretas.   

21.5.20

No podrá conmigo ese rostro...



1 de noviembre, martes [1960]

Un rostro. Un rostro que no recuerdo, ya no está en mi memoria. Ahora es el combate con la sombra, nubes difusas y confusas. Le he dado todo. Lo hice y lo puse en mí. Le di lo que los años me quitaron, lo que no tengo, lo que no tuve. Ahora falta mi vida, falto a mi vida, me fui con ese rostro que no encuentro, que no recuerdo.

No podrá conmigo ese rostro. Es tarde para andar otra vez invadida por una presencia muda. Ya no más los amores místicos, un rostro clavado en el centro de mí.

Pero sé que mi vida sólo tiene sentido cuando amo como ahora no quiero amar, cuando intento un rostro y un nombre, que colorean mi silencio, que me permiten seguir buscando y no encontrando, que me permiten lo que de otra manera es hastío, tiempo en que nada pasa.



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Texto: Cuaderno de octubre de 1960 a 1961. Diarios, Lumen, 2013.

13.4.20

Lloré porque la llave que abrió la puerta indicó un claustro...


Lloré porque la llave que abrió la puerta indicó un claustro (¡el anhelado encierro junto a los libros! ¡La soledad infinita!). ¡Sí! Lloré porque terminó la farsa. ¡Abajo las máscaras! Éste es tu lugar, Alejandra, y jamás saldrás de aquí. Éste es tu lugar, junto a Rimbaud y Nerval. ¡Junto a Vallejo! Junto a los adorados seres inexistentes que jamás te desilusionarán y a los que nunca cansarás con tus andares de neurótica mundana. Heme acá. Las cuatro paredes rodean mi alma. Hemos llegado al final de un experimento necesario y fracasado. Acá. Sí. Con la pluma y el llanto que nutre conmovedor la savia de mi escritura. ¡Sola! ¡Gritaré aterrada mi soledad! Gimo. Lloro. ¡Tengo tanto miedo!



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Texto: Domingo, 31/ 2 o 3 de la madrugada, Cuaderno del 19 al 31 de julio de 1955 (Diarios, Lumen, 2013.
Imagen: "Days of purification", Laura Makabresku.

7.12.19

¡Humano! ¡Demasiado humano!



El rostro de Van Gogh. Humano demasiado humano. Su cabeza rapada para desafiar a los pájaros. Su mentón encerrado en la atmósfera de los amarillos. Y la nariz recaudando borrascas. Y los labios absorbiendo pinceladas. Y la frente mirando el haz que camina tentador luminoso. Y los ojos. ¡Los ojos! Como las negras piedras que se arroja contra los solitarios. Con la más insignificante reducción de Lo Terrible. Dramaticidad insoluble. Vértigos zambullidos. Alambres traspasados por las pupilas de las piedras. Raíces magnéticas que jamás se desarrollan… ¡Humano! ¡Demasiado humano!



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Texto: junio de 1955, Diarios (Lumen, 2013).

22.10.19

En la otra madrugada



Veo crecer hasta mis ojos figuras de silencio y desesperadas. Escucho grises, densas voces en el antiguo lugar del corazón.



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Texto: "En la madrugada", Poesía completa (Lumen, 2003).
Video: "His name is alive", hermanos Quay.

16.10.19

Es preciso conocer este lugar de metamorfosis...


(Es preciso conocer este lugar de metamorfosis para comprender por qué me duelo de una manera tan complicada.)



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Texto: fragmento de "Descripción", Prosa completa.
Imagen: detalle del set para Metamorfosis de los hermanos Quay.

9.10.19

Mundo inmundo



Miré mi reloj con miedo.

—Son las diez de la noche —dijo. 

—Mi respuesta es la de antes —dije.

—¿No?

—Eso es.

Lo miré como a mi reloj: Es tarde, pensé mirando sus ojos. Después pensé en sus ojos y me dije que los ojos son como peces y que también en los ojos, como en los peces, hay tiempo mudo aprisionado.

—No —dije—, no puedo. Es tarde.

—En el amor no hay tarde, no hay noche —dijo.

Toqué con mis manos de niña su rostro infantil.

—Los dos ya somos viejos —dije—. A los veinticinco años no podemos rehacer lo que comenzamos a los diez y siete. Han pasado demasiadas cosas o demasiadas pocas cosas.

Que pasen. Que los años pasen. Que me encuentre en el espejo súbitamente vieja. Que se vaya mi primer nombre. Lo miré pensando que los ojos en los otros ojos de nada valen pues lo que se descubre en el extenso minuto de las miradas amándose sólo dura un extenso minuto.

A medida que me iba negando a hacer el amor me sentía intacta, fría como mi mano posada en un libro —siempre un libro— y me resguardaba la promesa de una soledad heroica hecha de mis ojos absolutamente atentos a cualquier signo a modo de respuesta a lo que me corroe desde que me recuerdo.

Nos separamos sin mirarnos. Entré en mi casa llena de libros, mi casa de transmutadora de realidades entrevistas en el atroz duermevela de mi paso diurno por la ciudad.

Cerré con furia la ventana. «Quedate donde estás, mundo inmundo. Dejame a solas con mis ojos que descubrirán los nombres, los confines, todo esto que me duele de una manera que jamás sabré decir.» Duele el pecho, la garganta, lo que está detrás del pecho, de la garganta, los huecos lugares por donde corre un viento lleno de agujas.

Unos años más y las arrugas de tu cara tornarán risible esta pieza de estudiante. Los relojes. Son las diez y cuarto y no hay nada en mi memoria, nadie recrea lo sucedido, ya no recuerdo al que amé adolescente y que viajó a París en busca de su pequeña poeta de ojos verdes y encontró la temerosa de los relojes.

—¿Para qué querés tener tiempo? —me había preguntado.

—Para nada —le dije.

Para ver si es posible ver si es posible que yo vea —este viento, este cauterio, este doler porque algo lo quiere, tiempo o viento—. Para esperar una noche que dure hasta que yo despierte, una noche de ojos abiertos, hasta que yo despierte. Que me hagan las ablaciones y escisiones que necesiten pero que mi noche dure hasta que yo vea si es posible.

Por eso el amor antiguo de siete años —a qué vino entre este buscar el lugar en que la vida empieza a ser posible para alguien que vive—. ¿Qué nupcias hacer entre el amor y lo que me aguarda? No hay espacio para el amor dentro de la invadida por el noamor. Tu vida diurna no importa: la soledad en que merodeas, los cuerpos que te abrazan después del alcohol y de las pequeñas canciones que nombran la nieve, una rosa, el morir… Hablo de un albergue de amores mágicos, no de dos que se eligen y deciden amarse.

Frases como cuchillos: que hiendan mi mutismo, que me hagan confesar los nombres que olvidé, y tantas cosas que están en mí y que trascienden un canto de desdicha pura, de melancolía urgente.

En este vacío sin desenlace, resbala: tal vez allí, con el mismo terror que te obliga a cantar ingenuamente, encontrarás un rostro de piedra o de agua o de dulce carne humana. ¿Qué le diré? Lo cercenaré, lo destruiré. Luego: ¡adiós viento, padre mío! Respiraré; me interesaré por este mundo; leeré los diarios; tendré prejuicios.



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Texto: "Cuaderno de octubre de 1960 a 1961", Diarios completos (Lumen, 2013).