23.6.16

Privilegio



I

Ya he perdido el nombre que me llamaba,
su rostro rueda por mí
como el sonido del agua en la noche,
del agua cayendo en el agua.
Y es su sonrisa la última sobreviviente,
no mi memoria.

II

El más hermoso
en la noche de los que se van,
oh deseado,
es sin fin tu no volver,
sombra tú hasta el día de los días.



***
Texto: Extracción de la piedra de locura (1968).
Imagen: Hiroshima Mon Amour (1959), Alain Resnais.

6.6.16

Alguien cae...



                                    Alguien
                                        cae
                                               en
                                                       su
                                                             primera caída.




***
Texto: Poesía completa (Lumen).
Imagen: "El eco de mis muertes" de Santiago Caruso.

4.6.16

Affiche



me esforcé tanto
por aprender a leer
en mi llanto




***
Texto: Poesía completa (Lumen).
Imagen: escena de Vivre sa Vie (1962) de Jean-Luc Godard.

1.6.16

Se revela y se alumbra, de Elizabeth Azcona Cranwell


                    a Alejandra Pizarnik

Quisimos que el amor dijera el porvenir, el oculto mecanismo
      del tiempo, el ruido de la vida.

Le supimos la voz, su propia música oscura en las ventanas.
Y no ha quedado nada, ni un leve resplandor desdeñando su
      forma por las cosas del mundo.

Sin embargo en la rosa tantas veces mirada se ha encendido
      una luz que transforma el sentido de la noche.



***
Texto: poema de Elizabeth Azcona Cranwell, tomado del blog Emma Gunst.
Imagen: "Mirror" de Kamil Vojnar.

30.5.16

Creo que me sentía dichosa en sus brazos, en su abrazo...



21 de agosto. Extraño encuentro con E. D. en la Galerie Iris Clart. Apenas recordaba su rostro fabulosamente bello. Vino a mi cuarto y en la mitad de su descripción de un lugar de Egipto se desnudó. Le dije que no quería hacer el amor pero me dijo que se desnudaba para mayor comodidad y bienestar en nuestra tan agradable conversación. A las dos de la mañana se metió en la cama. Me negué. Dijo que podíamos dormir en perfecta postura fraternal. Así fue. Junto a E., debajo de E., sobre E., pero nunca culminar. Creo que me sentía dichosa en sus brazos, en su abrazo. Mais tu es un enfant, dijo varias veces. Su rostro tan bello, tan misterioso. Había en mí una excitación confusa, difusa. Este encuentro de dos cuerpos, tan leve, tan sutil, y no obstante pocas veces me sentí menos separada que durante esas horas. Quise hablarle de B. pero tuve miedo de que se pusiera triste. E. me recordó que existe otro sentimiento que el de un amor obsesivo.

1962 (París).


*


28 de ag[osto]. Su rostro tan bello parecía soñado. En la mitad de una descripción de Alejandría se desnudó. Dije que no quería hacer el amor. Sonrió, dijo que podíamos dormir en perfecta unión fraternal. Así fue. Creo que me sentía dichosa. Mais tu es un enfant, decía. Su rostro tan bello. Mis deseos confusos, difusos. Noche de amor demasiado sutil, y no obstante, nunca me sentí menos separada del universo.

Apéndice VI, 1962



***
Textos: diarios de Alejandra Pizarnik (nueva edición, Lumen).

29.5.16

Lo que yo quiero es encontrarme conmigo misma...



1 de mayo

—Lo que yo quiero es encontrarme conmigo misma —dice Bebé.
—No sos la única —digo sonriendo finamente.
—¿No?
—Pero che… —digo.
Se muestra malhumorada como si le hubieran dicho que sus esculturas actuales ya se hacían en el año 60 (que para Bebé representa el 60 a. de C.).
Cambia de musiquita.
—París era genial hace muchos años. Hace ocho o diez años pasaban cosas. Ahora es la agonía
del mundo occidental…
—Me pregunto qué hacíamos vos y yo hace diez años.
—Yo me estaba desarrollando —dice.
Nos reímos.
—Yo leía El matrimonio perfecto en el baño de mi casa… —le digo.
Bebé hojea un libro.
—Tengo ganas de leer a Simone Guail… —dice.
—Weil, bestia —acoto con dulzura.
—¿Vos tenés ganas de morirte ya? —dice.
—Sí —le digo.
—¿Ahora mismo?
—Oui, ma chère amie…
—Es lo que pensaba: vos y yo somos demasiado geniales para vivir. ¿Te imaginás si Rimbaud estuviera con nosotras? Estoy segura que seríamos amigos los tres. ¿Te parece que le habríamos gustado?
—Estoy segura.
—El otro día me lo encontré a Habner y dijo que somos geniales…
—A propósito, ¿vos te acordás de una historieta que salía creo en el Patoruzito en la que había una familia con un hijo llamado Abuer que llevaba zapatos enormes? El padre era minúsculo y fumaba una pipa pero no me acuerdo más…
—No me acuerdo —dice—, pero la familia Cacheuta de Tía Vicenta era bestial…
—¿No será Cateura?
—Bueno, sí…
—Decime, Bebé, ¿vos qué pensás del pato Donald?
—Le tengo afecto.
—Sí —digo—, yo también. Pero lo tratan como a un idiota y no lo es. El que es idiota es Dippy.
Nos reímos.
—¡La cara que se mandó! —dice Bebé a las risotadas—. Pero decime, ¿vos te imaginás a vos
misma dentro de diez años?
—Imposible —digo.
—Eso quiere decir que no tenemos futuro. ¿Y vos sabés por qué? Porque nos vamos a morir pronto. Por ejemplo yo, no vivo más que el presente. Cada minuto está solo: con su perfume, su furia solitaria, su arrastre particular, su agonía propia…
—Es muy lindo lo que decís.
—No te lo digo por literatura. Lo que yo quiero es no calcular nunca, no premeditar, vivir cada minuto como si fuera el último. Es lo que decía Kipling.
—Le vieux con… —digo.
—Todo lo con que quieras pero en esto tenía razón.
—Pero gorda —le digo—, no podés premeditar vivir cada minuto… Justamente, si lo querés vivir, no tenés que decírtelo.
—¿Y entonces cómo lo voy a saber?
—Decime, ¿cuando sentís uno de esos orgasmos comme il faut, te sucede aconsejarte de sentirlo?
—Estás loca —dice.
—Es lo mismo.
Juega con un muñeco de chocolate, un negrito bizco provisto de un enorme trasero.
—Cometelo —le digo.
Lo mira con atracción y repulsión.
—Dámelo —le digo.
Muerdo el trasero y le ofrezco dar cuenta de una pierna.
—Sólo el pie —me dice tímidamente.
Sigo comiendo. Ya ando por el tronco cuando me dice fascinada y con un leve asco:
—¿Y la cabeza también te la vas a comer?
—Es lo más rico —digo, y me la devoro.
Nos reímos como si hubiéramos comido una criatura verdadera.
—¿Vos te imaginás lo que debe ser bañarse en sangre humana? —dice.
—Leí no sé dónde que rejuvenece, pero creo que para eso hay que beberla.
Bebé se levanta y se mira en el espejo de la chimenea. Entrecierra los ojos y expira el humo del cigarrillo. Parece Greta Garbo.
—Che gorda —digo—, ¿no tenés hambre?
—Comí queso y bizcochos hasta reventar.
—Y yo estoy ahíta de negritos bizcos… Quisiera algo salado.
—¿Te imaginás si nos graban nuestras conversaciones en un magnetófono?
—No te preocupes que apenas te vas yo anoto todo lo que decimos.
—¿Y lo vas a publicar?
—Seguro…
—Fenómeno —dice Bebé—, pero cambiame el nombre por si mis hijos lo leen.
—D’accord.
—Poné muchas cosas sexuales. A mí los libros que no hablan de sexo no me dicen nada.
—Todos los libros hablan de sexo.
—Vamos, yo leí dos o tres que parecían escritos por castrados.
—¿Cuáles?
—Proust…
—¿Y no habla de sexo?
—En ningún párrafo.
—Ça alors…
—Por eso me gusta Anaïs Nin, te habla de sexo, de lo que está vivo. ¡Qué libro brutal!
—Lo que me va a joder es la reproducción de tu lenguaje. Parecerá falso, retórico…
—Es que somos distintas…
—Sí —digo—, vos, en el fondo, sentís el lenguaje más que yo. Yo lo amo, pero vos lo tratás a patadas, como si fuera una pasta pegajosa, inmunda. Yo desespero del lenguaje porque lo sueño perfectamente bello. Vos lo masacrás y lo devastás.
Sonríe con dulzura.
—Creo que tenemos distintos genios —dice—. Vos estás loca pero sos la tipa más tranquila del mundo. Pero a mí se me ve la locura enseguida.
Me río.
—Creo que soy amiga tuya para tener quien me recuerde que estoy loca. Pero decime, Bebé: ¿no te da miedo la locura?
—¡Por favor! Es lo único maravilloso en esta sucia vida de mierda. ¿No te parece?
—A veces quisiera ser como Dippy.
Se ríe.
—¡¡La cara que mandó!! Ah pero decime, si hubiera guerra en Argentina, ¿vos te irías a luchar?
—Depende del uniforme… —digo.
—No, en serio. Te juro que si hay guerra largo la pintura, el arte, y me voy a dar toda mi sangre. ¿Y vos?
—Mirá, por mí pueden irse a la mierda todos. Argentinos, australianos, chinos, norteamericanos, polacos, birmanos…
—No estoy de acuerdo. Hay que luchar contra todas las injusticias.
—¿Querés más injusticia que vos y yo hablando día y noche del suicidio?
—Pero nosotras somos intelectuales.
Me río.
—Mirá, Bebé, siempre es lo mismo: los que sufren de injusticia dan la sangre por los que sufren de injusticia. Esto me es insoportable. Decime, ¿vos robarías?
—Depende…
—¿Me robarías a mí?
—Pero si vos no tenés nada…
—¿Le robarías a Hauber…?
—Está más tirado que yo.
—¿Le robarías a un obrero huelguista?
—Estás loca.
—¿A quién le robarías?
—Qué sé yo…
—¿A Alix? Yo le robé dos libros de Sade…
—Hiciste bien. Es millonaria y es vieja y además nunca lee nada…
—Y cuando se la encuentra hace falta pagarle el café.
—¿También a vos te pasó?
—Seguro… Pero decime: ¿te das cuenta de lo que te digo?
—No…
—Digo que hay que mandar a Alix y a sus amigos y congéneres y a sus semejantes a que den su maldita sangre a favor de las injusticias que ellos causaron. No hablo de lo económico solamente, como podrías imaginar…
Medita mucho rato.
—Lo que decís es cierto pero yo no podría trabajar tranquila si en mi país hubiera guerra…
—No hinches con "mi país". Cualquier país que esté en guerra te acusa para siempre. Yo amo la Argentina como vos pero hay ahí algo que me revienta.
—¿El clima?
—No, gorda, la gente, que no comprende nada. Salvo tres o cuatro criaturas que por el sufrimiento o no sé qué otro milagro abrieron los ojos, lo demás es un homenaje al Monsieur-je-necomprends-pas. Hablo de la gente de nuestra generación, a los otros no los conozco. Siempre, allí, tuve la seguridad de hablar en otro idioma. Quiero decir, no sé si será mi sangre judía, pero si no se ve lo trágico de todo se es un idiota. Rondé por la facultad de Letras y nunca, nadie, habló con fervor de la literatura. Y aun entre los artistas… vos me decís que te haga un libro lleno de sexo. Pues bien: nada más trágico, para mí, que el sexo. Esto es obvio pero para mis amigos de allí eran palabras incomprensibles. Podés acostarte con diez o veinte tipos, o con dos o tres a la vez, podés meterte en la cama con una mujer y otro tipo, con dos tipos, con dos mujeres y tres tipos. Esto, que parecería joda, es, en verdad, terrible. Yo no me opongo, todo lo contrario, pero no puedo limitarme a coleccionarlo entre otras experiencias de joda, como si fuera hacer escándalo en el colegio. Tampoco digo que hay que poner cara de tipo que le meten un palo en el culo. No es eso. Podés reírte y ser cruel y sádica y hacer cosas increíbles y desenfrenadas y reírte aún más pero no por ello dejar de saber que te reís dentro de un círculo incandescente, infernal, y aun ebria, aun fornicando con cuatro marineros, saber, con un saber que viene de que vos sos vos, saber que se juega con lo
terrible, que se trata de algo eminentemente dramático y esencial.
—¿Te imaginás si tuviéramos un magnetófono? —dice.
Nos reímos.



***
Texto: cuaderno de diarios, 1.° de mayo de 1963 (Diarios, nueva edición, 2013, Lumen).
Imagen: “No life to live” por Bansky (Atenas, Grecia, abril de 2011).

24.5.16

El vino no supo jugar...



Domingo, 15 de diciembre

El vino no supo jugar. Entró en mí, me tomó desierta y temblorosa, y colmó de ceguera mi mirada. El vino no supo jugar, no quiso comprender la simple historia de una muchacha enamorada —tres años ya. Y ahora estoy muda y ciega, para decirle a mi amado…

Jamás volveré a beber. Pero ya no importa. Qué importancia puede tener.

Es la derrota absoluta. Sí. Y la solución es lo impensable. Una nació. Me obsequiaron una vida, una sola, que debo romper —yo misma. El acto de romper mi vida se desenvuelve en distintas etapas, únicas e insustituibles. En cada una de ellas yo debo decir, mientras realizo la ceremonia destructora:
Una vez, ¡no más!

No. El vino no supo jugar. Es curiosa la cantidad de miedo que puede sobrellevar una sola
persona. De no ser el miedo, yo no habría bebido. Es como perder el barco que me habría llevado a la isla dichosa, allí, donde hay una —una, nada más— posibilidad de vivir. Es como si el aire todo, colmado de cuchillos rabiosos hubiera formado un muro muy espeso, para impedirme ver al que yo amo. ¿Cómo resignarme ahora, cómo retomar a esta opresión y a este vivir horrendo, si sé que hubo una posibilidad para mí, y que yo no pude tenerla?, ¿cómo no arañarse, cómo no acuchillarse, cómo no reventar en gritos terribles? Si una vez, si tan sólo una vez me dijera que no fue verdad, que habrá otras circunstancias, otras oportunidades, si me dijera que aún hay un tiempo de risas y un tiempo de sueños para mí. No hay consuelo posible, ni solución alguna. Tal vez una flor en el aire o un pájaro en el pecho me anuncien un poema. Pero de solución o posibilidad de vivir, ya no se podrá hablar: el horizonte se ha suicidado.

Dolor. Dolor de ser. Dolor de amar y de no ser amada. Dolor de la noche acariciándome los
cabellos. Dolor del mar. Dolor de que la vida pase sin detenerse en mi puerta. Dolor de hablar y que mis palabras queden adheridas al viento quien las dispersará por parajes inmemoriales. Dolor de ser y de no tener vocación para ser. Dolor de sobrellevar tanto amor y no poder dejarlo en parte alguna porque nadie quiere recibirlo. Dolor en el cielo y en la tierra. Duele ser, duele vivir, duele llorar o reír, duele castigar y castigarse, [frase tachada] de morir.

Purificarse para mirarlo a los ojos y decirle las únicas palabras por las que vivo.

Cantos como injurias. Esperanzas como cuchillos. Respiración como asfixia. Y un gran deseo de
llorar hasta el juicio final.

Señor, ¿sabes tú algo de las sensaciones de pérdida irreparable? Una vez, no más. Esto es el fin. Y amar así, querer morir por alguien, amor hasta la aniquilación. Y sólo la soledad batiendo palmas en mi habitación sofocante. ¿Quién no tiene un pequeño amor, quién no da la mano a otro y lo mira con deseo? Tan sólo yo, envuelta en sensaciones viscosas, tan sólo yo bebiendo vino, tan sólo yo, que amo en vano. No hay elección posible. Ni esperanza alguna. Podré detallar los orígenes de mi sentimiento, podrán extirpármelo como si fuera un mal nauseabundo. Pero ahora, mañana y siempre digo que me muero de tanto amor, de tanto amor en vano. Así va la vida. Todo es un enorme llanto.

Una brutal sinfonía de frustraciones.

Ya no hay lágrimas. Sólo una profunda vergüenza. Vergüenza de amar. Yo, un ser vencido y
nauseabundo. Si por lo menos fuera menos horrible, tal vez algo alentara en mí, algo a modo de
esperanza. Nada salvo gesticular y llorar a gritos. Nada salvo desgarrar mi carne enferma de miedo.

Nada salvo enterrar mis sentimientos y [frase inconclusa]

Llorar o no. Llorar y pensar que pudo ser, que estaba allí, muy cercano.

Nada es salvo el llanto. El llanto y un gran deseo de hundirme, de desaparecer para siempre.



***
Texto: Diarios, "Cuaderno de 1956" (Lumen).
Imagen: "Locked in the shadow dissolving heart" de Anna O.