9.10.19

Mundo inmundo



Miré mi reloj con miedo.

—Son las diez de la noche —dijo. 

—Mi respuesta es la de antes —dije.

—¿No?

—Eso es.

Lo miré como a mi reloj: Es tarde, pensé mirando sus ojos. Después pensé en sus ojos y me dije que los ojos son como peces y que también en los ojos, como en los peces, hay tiempo mudo aprisionado.

—No —dije—, no puedo. Es tarde.

—En el amor no hay tarde, no hay noche —dijo.

Toqué con mis manos de niña su rostro infantil.

—Los dos ya somos viejos —dije—. A los veinticinco años no podemos rehacer lo que comenzamos a los diez y siete. Han pasado demasiadas cosas o demasiadas pocas cosas.

Que pasen. Que los años pasen. Que me encuentre en el espejo súbitamente vieja. Que se vaya mi primer nombre. Lo miré pensando que los ojos en los otros ojos de nada valen pues lo que se descubre en el extenso minuto de las miradas amándose sólo dura un extenso minuto.

A medida que me iba negando a hacer el amor me sentía intacta, fría como mi mano posada en un libro —siempre un libro— y me resguardaba la promesa de una soledad heroica hecha de mis ojos absolutamente atentos a cualquier signo a modo de respuesta a lo que me corroe desde que me recuerdo.

Nos separamos sin mirarnos. Entré en mi casa llena de libros, mi casa de transmutadora de realidades entrevistas en el atroz duermevela de mi paso diurno por la ciudad.

Cerré con furia la ventana. «Quedate donde estás, mundo inmundo. Dejame a solas con mis ojos que descubrirán los nombres, los confines, todo esto que me duele de una manera que jamás sabré decir.» Duele el pecho, la garganta, lo que está detrás del pecho, de la garganta, los huecos lugares por donde corre un viento lleno de agujas.

Unos años más y las arrugas de tu cara tornarán risible esta pieza de estudiante. Los relojes. Son las diez y cuarto y no hay nada en mi memoria, nadie recrea lo sucedido, ya no recuerdo al que amé adolescente y que viajó a París en busca de su pequeña poeta de ojos verdes y encontró la temerosa de los relojes.

—¿Para qué querés tener tiempo? —me había preguntado.

—Para nada —le dije.

Para ver si es posible ver si es posible que yo vea —este viento, este cauterio, este doler porque algo lo quiere, tiempo o viento—. Para esperar una noche que dure hasta que yo despierte, una noche de ojos abiertos, hasta que yo despierte. Que me hagan las ablaciones y escisiones que necesiten pero que mi noche dure hasta que yo vea si es posible.

Por eso el amor antiguo de siete años —a qué vino entre este buscar el lugar en que la vida empieza a ser posible para alguien que vive—. ¿Qué nupcias hacer entre el amor y lo que me aguarda? No hay espacio para el amor dentro de la invadida por el noamor. Tu vida diurna no importa: la soledad en que merodeas, los cuerpos que te abrazan después del alcohol y de las pequeñas canciones que nombran la nieve, una rosa, el morir… Hablo de un albergue de amores mágicos, no de dos que se eligen y deciden amarse.

Frases como cuchillos: que hiendan mi mutismo, que me hagan confesar los nombres que olvidé, y tantas cosas que están en mí y que trascienden un canto de desdicha pura, de melancolía urgente.

En este vacío sin desenlace, resbala: tal vez allí, con el mismo terror que te obliga a cantar ingenuamente, encontrarás un rostro de piedra o de agua o de dulce carne humana. ¿Qué le diré? Lo cercenaré, lo destruiré. Luego: ¡adiós viento, padre mío! Respiraré; me interesaré por este mundo; leeré los diarios; tendré prejuicios.



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Texto: "Cuaderno de octubre de 1960 a 1961", Diarios completos (Lumen, 2013).

6.10.19

En otra noche, en otro mundo


oh por favor
                  la medianoche es venida
y es el frío
la noche
                  el que yo espero no viene



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Texto: Poesía completa (Lumen, 2003).
Imagen: "Ida y vuelta", Roberto Fabelo.

29.9.19

Y pensó en sí misma y halló solamente confusión...


Sábado, de nov[iembre, 1962]*

Y pensó en sí misma y halló solamente confusión. Pero aun así sabía que era necesario escribir porque sólo ella podría dar testimonio de algunas cosas por las que vivía. Aun cuando escribiera sobre los ruidos nocturnos, los vagidos de las cosas a medianoche y la tristeza de su ser intacto y no obstante definitivamente deteriorado, ella sabía que tenía que escribirlo. Por eso aun mirando desde una alcantarilla, le sobrevenía una leve alegría, porque la más desposeída tenía algo que hacer: contar un cuento sin historia y sin explicar por qué su herida mana desde que se recuerda. Es todo lo que sabe. No es mucho. Pero es todo lo que sabe.



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*La fecha correcta es 1 de diciembre (nota de la editora).
Texto: Diarios (Lumen, 2013).
Imagen: fotografía de Ed van der Elsken

25.9.19

... Al alba venid... (a 47 años de su muerte)


                 A Silvina Ocampo

a la noche no la toquéis,
al viento no lo escuchéis,
al viento.
toco la noche,
al alba,
voy a partir,
al alba no partáis, al alba
voy a partir.



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Texto: Poesía completa (Lumen, 2003).
Imagen: tomada de El País.

29.4.18

Alejandra, niña triste de la ciudad, en tu aniversario


Oye, Alejandra, niña triste de la ciudad: acá van tus poemas, esos trozos condensados de tu angustia, que tú has decidido historiar.

Hoy cumples veinte años, y por eso te obsequias tus poemas vestidos de fiesta. Te has maquillado, puesto hermosa, y tus labios apagan veinte llamitas.

Pero la situación real es muy otra. ¡Alejandra! Has vestido de fiesta a tu sangre, a tu angustia. Tú no lo quieres, ¿verdad? Tú deseas escribir silenciosamente, esconderte, no mostrar los poemas a ser humano alguno.



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Texto: fragmento de la entrada, Diarios, 1956.
Imagen: fotografía de Pizarnik, autor y año desconocidos.

11.3.18

Escribir es darle sentido al sufrimiento



Escribir es darle sentido al sufrimiento.
He sufrido tanto que ya me expulsaron del otro mundo.
Escribir es querer darle algún sentido a nuestro sufrimiento.



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Texto: entrada del diario, noviembre de 1971 (Lumen, 2013).
Imagen: "Dar o tomar", Louise Bourgeois.

28.2.18

Yo estaba predestinada a nombrar las cosas...



Yo estaba predestinada a nombrar las cosas con nombres esenciales. Yo ya no existo y lo sé; lo que no sé es qué vive en lugar mío. Pierdo la razón si hablo, pierdo los años si callo. Un viento violento arrasó con todo. Y no haber podido hablar por todos aquellos que olvidaron el canto.



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Texto: fragmento de "Los poseídos entre lilas". 
Imagen: fotografía de Graciela Iturbide.