31.3.09

La hija del insomnio



La Hija del Insomnio

Prólogo de Enrique Molina a la re-edición en Botella al Mar de los libros "La última inocencia" y "Las aventuras perdidas" (Buenos Aires, 1976) de Alejandra Pizarnik.

Cuando pienso en Alejandra la veo pasar, solitaria, en una de esas enormes burbujas del Bosco donde yacen parejas desnudas, dentro de un mundo tan tenue que sólo por milagro no estalla a cada segundo. Pero la suya es una burbuja nocturna, irisada como una perla negra. Criatura fascinada y fascinante, víctima y maga, ardía en la hoguera y, al mismo tiempo, con esa maldad de la poesía, prendía fuego al mundo circundante, lo hacía arder con una fosforescencia tierna y sombría, que iluminaba su rostro de niña con una sonrisa fantasma. Niña predestinada a ser vista, con los ojos absortos, en la ventana de un caserón ruinoso, en alguna de esas aldeas de la Alquimia del Verbo, entrevistas en el fondo de un lago. Pero aún allí, en la profundidad de los sueños, fue también la extranjera, la extraviada de sí misma. Una desconocida con su mismo rostros avanzaba hacia ella en todo lugar, en todo instante de su existencia terrestre, interrogándola con las preguntas más desgarradoras, planteándole sin cesar sus propios enigmas, el misterio de todo amor y de toda ausencia. Porque Alejandra permaneció siempre en el linde perdido de otra ribera, cuyo eco no dejó nunca de resonar en las zonas de sombra de su ser con la nostalgia de "los verdes paraísos de los amores infantiles".

Pocos seres he conocido tan plenos de fatalidad poética. Extrañamente, todos sus elementos, sus pájaros, sus nubes, su país de huérfana que oculta un secreto desmesurado, su memoria y su pasión se ordenan en dos coordenadas esenciales: el deslumbramiento de la infancia, cuyos poderes sobrevivían en ella, y un permanente sentimiento de muerte, como otro deslumbramiento terrible que la precipitaba al asombro y al terror. Duende desposeído por la caída, cautiva de un reino perdido, sólo podría ver las cosas a la luz de esa exigencia inflexible y sin consuelo. No tenía salvación: no había aprendido a mentirse, a resignarse, a olvidar.

Pero la fascinación de la infancia perdida se convierte en ella, por una oscura mutación que cambia los signos, en la fascinación de la muerte, igualmente deslumbradora una y otra, igualmente plenas de vértigo. Toda su poesía gira en torno a estos dos polos magnéticos, dos solicitaciones extremas que se funden en su voz y le dan, desde sus primeros libros hasta sus últimos textos, un acento inconfundible, una emoción esencial y de una calidad extrañamente perturbadora. En uno de los planos más remotos de su conciencia, una imagen materna, blanca y luminosa, la acoge y la protege, le revela las cosas y los sueños en una unidad total. En el extremo opuesto, una mujer pálida y nocturna, la acoge también con la misma solicitud maternal, con una tenebrosa belleza. Hacia una y otra la hija del insomnio corre con los brazos tendidos.

Ahora que tantas parejas enamoradas escuchan su palabra, ¿qué puede darles ella? No la esperanza ni la calma, sino una exaltación, una apuesta perdida. Un paraíso infantil doblado por el paraíso de la muerte, la aventura del amor y su imposible realidad.

La letra de Alejandra era pequeñita, como un camino de hormigas o un minúsculo collar de granos de arena. Pero ese hilo, con toda su levedad, no se borrará nunca, es uno de los hilos luminosos para entrar y salir del laberinto.

18.3.09

A la espera de la oscuridad


A la espera de la oscuridad

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos


Nota 1: Foto de Marilyn Monroe muerta.
Nota 2: Texto de Pizarnik.
Nota 3: Foto de Marilyn Monroe.

8.10.08

Alejandra Pizarnik: una voz

Este video es de la autoría de una de las estudiosas más reconocidas de Alejandra Pizarnik: Patricia Venti. En él, se escucha la única grabación de la voz de AP leyendo un texto de Arturo Carrera, mientras se muestran fotos de nuestra poeta.

25.9.08

Para Alejandra a 36 años de su partida


Edificio de Montevideo 980, en una calle de Buenos Aires, departamento c del séptimo piso, noche del 25 de septiembre de 1972, muere Alejandra Pizarnik en este espacio, y a su lado una nota escrita en un pizarrón: “No quiero ir nada más que hasta el fondo.” “Los personajes de Alejandra Pizarnik” de Elizabeth Delgado


“En 1967 murió, muy joven, su padre, y al año siguiente la poeta, que hasta pasados los treinta años había vivido en el hogar paterno (en Avellaneda y después en Buenos Aires, en el barrio de la Constitución) se mudó a un departamento propio en la calle Montevideo.” Alejandra Pizarnik, César Aira


“Hacia 1968 Alejandra conoció a una muchacha fotógrafa que pudo responder a su exigente e implacable forma de amar […] Una relación que duró alrededor de dos años y signó la mudanza a su primer departamento propio en Montevideo 980. Su pareja la ayudó a trasladar su reino literario e infantil, que de pronto se expandió a dos ambientes amplios donde rehízo [sic.] la escenografía en la cual, como en una casa de muñecas, los muebles se duplicaban en objetos idénticos pero diminutos que, además, Alejandra iba cambiando de lugar, según su propio mundo imaginario y su deseo. Allí colgó los retratos de Breton y de Rilke, plantó su amada mesa de trabajo verde y su gran pizarrón, sus libros y sus discos […] y el cubrecama rústico de colores alegres. Una casa, además, donde las luces eran importantes, no sólo porque el departamento vivía de noche sino porque Alejandra cuidaba, como en una escenografía teatral, de la iluminación, a fin de crear la atmósfera peculiar que la habitaba.” Alejandra pizarnik de Cristina Piña
***
27 de septiembre de 1968
Desde que vivo en esta casa nada he podido escribir. […]
Yo creí que era la piedra de locura.
Diarios de Alejandra Pizarnik


Información adicional: el número telefónico de Alejandra cuando vivía en el 7° c del 980 Montevideo era 422504.

***
Nota 1: Fotos de Jorge Curinao, a quien agradezco sinceramente el permitirme su reproducción.
Nota2: Citas de textos referidos.

7.8.08

Poema casi desconocido de Alejandra Pizarnik

Este poema, que me parece merece un comentario previo, apareció publicado por primera y única vez en la revista bonaerense Poesía=Poesía en el año de 1959. En esa misma publicación, aparecieron dos poemas más que luego fueron incluidos en el libro Árbol de Diana, específicamente en el apartado "1959". No sabremos nunca por qué razón Pizarnik dejó a un lado este pequeño texto.


Poema II

No importa si cuando llama el amor
yo estoy muerta.
Vendré.
Siempre vendré
si alguna vez
llama el amor.


***



Texto: poema de Alejandra Pizarnik publicado en la revista Poesía=Poesía en el año de 1959.
Imagen: Cementerio de la Recoleta, tomada del portal de Internet de Lorelei.

15.7.08

Viaje Alejandra

Todos somos viajeros, desterrados, extranjeros de la vida, no de ésta sino de aquella.
Cada uno mira a la viajera con maleta de piel de pájaro de manera distinta y tan cercana.
Les dejo este video sobre A.P. para que dejen su opinión.