26.2.10

La angustia de captar o rechazar el mundo. Los diarios de Alejandra Pizarnik

Por Tania Pleitez Vela*

Lo primero que llama la atención cuando se leen los diarios de la poeta y narradora argentina Alejandra Pizarnik, es el número de veces que menciona la palabra angustia: «he descubierto que cuando no estoy angustiada, no soy». También habla de su vieja carencia, sus miedos, su tristeza primitiva: una «herida inmemorial. anterior a la palabra». Se llama a sí misma la abandonada, la huérfana, la inadaptada. ¿Por qué tanto pesimismo y tristeza? La respuesta la da la misma Alejandra: su profundo desgarro frente a la elección de aceptar o rechazar al mundo.

«Blaus»,1998. Antonio Beneyto.En una entrada de julio de 1955 escribe: «Aún no rechazo íntegramente el mundo. Aún me aferro a los engaños gestadores de ilusiones fantásticas. Aún sopla en mí la optimista esperanza de hallar el puente transitable entre los límites y el infinito. Aún no tengo conciencia de la total impotencia del hombre». Sin embargo, a lo largo de sus diarios se observa como ese rechazo fue creciendo: incapaz de acceder a la realidad cotidiana y doméstica fue naciendo una sensación de desarraigo, «un no sentirme en familia en el mundo». Más adelante dirá: «No sé hablar más que de la vida, de la poesía y de la muerte. Todo lo demás me inhibe, o, lo que es lo mismo, es objeto de mi humor». Para ella, el mundo era un lugar horrible, donde la inocencia se pierde demasiado pronto. De allí su afán por recuperar la infancia rota y lejana, «desenterrarla de su pantano de miedos», porque, según ella, frente al mundo, ni siquiera le quedaba un buen recuerdo de su niñez.

Desde temprano, escribir para ella fue un oficio sublime aunque agonizante. Son varias las veces en las que se retrata llorando sobre una hoja vacía, llenándola de signos, desflorando dramáticamente el papel. Pero a veces no todo fluía: «Siento un libro dentro de mí. Un libro que me atraganta. Un libro que me obstruye la respiración». En otras ocasiones se tortura sintiéndose asesina de la poesía porque, según ella, no ha logrado escribir una poesía verdadera, donde la infancia, el sexo, el corazón, los miedos, la sed y las ideas trabajen al mismo tiempo, nombrando un dolor y arrastrándolo a un proceso de alquimia, y se llama a sí misma mercachifle vana y superflua, meretriz del arte, intrusa. No obstante, su diario le sirve no sólo para arremeter contra sí misma y poner en duda su talento; estos cuadernos son también el lugar de experimentación donde «aprende» a escribir, a adquirir una técnica sólida, «un estilo que no se dio nunca, porque será mío». Son innumerables los ejercicios literarios a lo largo de su diario donde ya se reconoce el estilo único que llegará a consolidar: «La muchacha incendia la noche mientras una luciérnaga se suicida con una espada de papel».

Otra de sus obsesiones era la necesidad de escribir una novela nacida de la más sincera imaginación. En algún momento comenta lo genial y prodigioso que es Marcel Proust y, aunque sabe que se trata de un escritor profundo, de alma «rara y exquisita», subraya que le hubiera gustado más que el mundo que él describe en En busca del tiempo perdido, hubiera sido uno a partir de la imaginación y no de lo documental. Alejandra era exigente con la obra que quería crear: una inédita, de imágenes frescas. Se quejaba de que había llegado tarde al «banquete de la cultura universal», que ya todo estaba escrito, que había demasiados libros sobre cada tema. De allí su vehemente búsqueda de la originalidad. Pero para trascender el lenguaje ella sabía que tenía que adueñarse de éste. Esa búsqueda fue otra causa de su infierno personal. Se impuso una disciplina de estudio y lectura con el fin de encontrar las palabras que le permitieran exprimir su sensibilidad, imaginación e intelecto, todo al unísono. Pero no siempre estudiaba con la disciplina que ella se exigía, razón por la que sufría intensos remordimientos, se sentía traidora, traidora a su compromiso artístico, traidora a su obra. Más adelante revelará la razón primordial de esa búsqueda angustiosa: «¡He de tapar el fracaso de mi vida con la belleza de mi obra!».

Como una cadena, el anterior dilema la lleva a otro: aunque ávida de amar, intuye que el amor le quita tiempo a su devoción literaria, a las horas dedicadas al estudio y a la creación. Sin embargo ciertos temores la acechan frente a su forzada elección: «No quiero amantes (pues desordenarían las horas de estudio). ¡Al diablo! Tendrían que crearse burdeles especiales para mujeres artistas! Pero no los hay. ¡y es tan trágica la visión de una mujer madura sorbiéndose el cuerpo en la aridez de la noche! Y eso es lo que me espera. Esa imagen destruye todas las embriagueces sagradas». Es dramático, asegura en otra entrada, el tener que elegir entre la realización personal y el amor, y enumera una lista de mujeres que optaron por caminos solitarios para realizarse como escritoras: las hermanas Brontë, Gabriela Mistral, Clara Silva, Mary Webb, Edna Millay, Alfonsina Storni, Safo, Rosa Luxemburgo, Concha Espina. «Es irremediable», se lamenta. Este dilema recuerda a la soledad sin pareja que eligió Kafka frente a la literatura, único amor posible en su vida. Al igual que el escritor checo, Alejandra a lo único que le fue fiel a lo largo de su vida fue a la poesía. No es casualidad que los Diarios de Kafka fuera su libro de cabecera, al que tenía repleto de anotaciones y subrayado copiosamente.

Dedicatoria a Leopoldo de Luis, en «Las aventuras perdidas»Desde joven, Alejandra vivió angustiada por el miedo a enloquecer. Sin embargo, una parte de ella ansiaba la locura como imagen del paraíso, un terreno donde podían existir seres mágicos, fantasmas amados, el lugar de los ensueños frente a la pobre realidad y el hastío. Es cierto que su vida fue un intento constante de escudriñar su yo («Nada sino yo, este yo que muerde. mi horrible, mi tenebroso amor a mi yo»), pero no sólo bajo una óptica narcisista —Alejandra era más profunda que esto— sino, ante todo, para comprender su «locura». No obstante, también es cierto que intentó por todos los medios afianzar la lucidez y la cordura, que ella intuía sólo lograría a través de los libros, sus amados objetos, pues su tortura espiritual estaba encaminada a un propósito vital: convertirse en una escritora, una verdadera escritora. Su obra demuestra que no dejó ninguna asignatura pendiente. Desgraciadamente el precio a pagar fue demasiado alto. En 1958 escribió: «He meditado en la posibilidad de enloquecer. Ello sucederá cuando deje de escribir. Cuando la literatura no me interese más». En 1971, un año antes de su suicidio, ya decía: «Abandono de todo plan literario. Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana. sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran». El fin se acercaba.

* Este artículo se basa en sus años de juventud, anteriores a su estancia en París (1960-1964). Esta primera etapa sirve para palpar a una muchacha de inteligencia y susceptibilidad extraordinarias (tiene entre 18 y 24 años) e identificar temas recurrentes en su obra posterior y presagios vitales. La etapa parisina merece un artículo aparte pues allí vive años trascendentales y fecundos. No obstante, su descenso anímico se acentúa después de ese viaje.


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Texto: Tomado de http://cvc.cervantes.es/
Imagen: Tomada del buscador google.

15.2.10

Libros firmados por Alejandra Pizarnik




Los libros de Cortázar


Libros firmados
Alejandra Pizarnik


Sin duda, algunas de las dedicatorias más conmovedoras que se conservan en la biblioteca de Julio Cortázar, las encontramos en los libros de la poeta argentina Alejandra Pizarnik. «A mi Julio», se lee en Nombres y figuras. «Muchos besos en la frente. (__) de los ojos azules (Te extraño) Tu amiguita dés lettres».

Alejandra y el matrimonio Cortázar, Julio y Aurora, se conocieron en París y casi desde el primer momento ambos ejercieron sobre ella un papel protector, un tanto paternal o fraternal, de hermanos mayores.

Cubierta de «Los trabajos y las noches» de Alejandra Pizarnik. Cubierta del libro Los trabajos y las noches, de Alejandra Pizarnik. Sudamericana, 1965. Primera página de «Los trabajos y las noches», con dedicatoria autógrafa de Alejandra Pizarnik: «A Aurora y Julio con el amor definitivo de Alejandra». Junio de 1965Primera página de Los trabajos y las noches, con dedicatoria autógrafa de Alejandra Pizarnik.

Las dedicatorias de Pizarnik muestran cómo a lo largo del tiempo su situación personal se va deteriorando, en lo que se convierte en un estremecedor testimonio de la depresión y la locura:

A mis queridos Aurora y Julio, este pequeño Árbol de Diana prisionera —esta promesa de portarme mejor a partir de hoy —25 de febrero de 1963— y esta otra de hacer poemas más puros y hermosos —si me esperan.

Y sobre todo y ante todo, un inmenso y minucioso abrazo (es decir: 2) de Alejandra.

Cubierta de «Árbol de Diana», de Alejandra PizarnikCubierta del libro Árbol de Diana, de Alejandra Pizarnik. Sur, 1962. Primera página de «Árbol de Diana» de Pizarnik, con dedicatoria autógrafa

En Noche compartida escribe: «Besos infinitos a mis amiguitos Julio y Aurora y Aurora y Julio de su Alejandra». Y acompaña la dedicatoria con una pegatina casi infantil.

Primera página de «Noche compartida en el recuerdo de una huida», de Pizarnik.Primera página de Noche compartida en el recuerdo de una huida, de Alejandra Pizarnik. Buenos Aires, 1966.

Las dedicatorias van cambiando con el paso del tiempo, se vuelven desordenadas y un tanto caóticas.

Primera página de «Extracción de la piedra de locura», de Pizarnik. «A Aurora, / a Julio, / con amor, / sin locura, / con hiedra, / sin piedra, / con brío y bravura, / que no locura con abrazo / no [ ] / con 2 + 2 = 43 / un y dos / abrazos / y un barco fantasma / pour aller à la campagne / et un rêve pour / l’ èté / et un autre por l’hiver / ce qui fait 2 reves / (pas mal du tant) / 10 | 11| 67». «El 43 no es retraso es el ejemplar más pulcro y […] sopla Gabriela Mistral»Página de Extracción de la piedra de locura, con dedicatoria autógrafa de Alejandra Pizarnik.

En La pájara en el ojo ajeno se aprecia claramente cómo la enfermedad se presenta de un modo demoledor. Toda la página es un caos de notas, postdatas y comentarios desordenados que muestran una Alejandra que se coloca al borde del precipicio.

Su letra, nerviosa, no es fácil de interpretar. Utilizo la transcripción que de la página hizo Blanca Berasategui para El Cultural:

Julio este textículo les parece joda. Solamente vos sabés que el más mínimo chiste se crea en momentos en que la vida est à l’auteur de la morte. Muy tuya Alejandra.

Julio fui tan abajo. Pero no hay fondo
Julio, creo que no tolero más las perras palabras
La locura, la muerte. Nadja no escribe. Don Quijote tampoco.
Julio, odio a Artaud (mentira) porque no quisiera entender tan sospechosamente bien sus posibilidades de la imposibilidad.

PS
Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, oh Julio) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio —que fracasó, hélas)

PS En el hospital aprendo a convivir con los últimos desechos. Mi mejor amiga es una sirvienta de 18 años que mató a su hijo. Empecé a leer Diarios. Te apruebo mucho políticamente. Tu poema de Panorama es grande porque me hizo bien (lo leí en el hospital).

Cubierta de «La pájara en el ojo ajeno», de Alejandra PizarnikCubierta del libro La pájara en el ojo ajeno, de Alejandra Pizarnik. Papeles de Son Armadans 1970. Página de «La pájara en el ojo ajeno», con dedicatoria de PizarnikPágina de La pájara en el ojo ajeno, con dedicatoria autógrafa de Alejandra Pizarnik.

Alejandra Pizarnik se suicidó en septiembre de 1972.



Nota: Artículo completo en: http://cvc.cervantes.es/literatura/libros_cortazar/libros_firmados04.htm

9.2.10

Alejandra Pizarnik, mensajera de la luna



Alejandra Pizarnik Mensajera de la luna por Antonio Fernández Molina

Fue hacia mitad de los ¿felices sesenta?, durante la primera etapa de mi incorporación a Papeles de Son Armadans en Palma de Mallorca y hacia el de la etapa final de la revista Sur de Victoria Ocampo, en Buenos Aires, donde en sus páginas nos conocimos mutuamente. No tardó en llegarme una carta suya con un poema inédito para Papeles y un libro suyo. Con ello me llegaban deslumbradoras su poesía y su personalidad, la una idéntica a la otra. El libro, la carta y el original, eran convulsivos y conmovedores. Así incorporaba un nombre nuevo en la lista de grandes poetas americanas de nuestra lengua, siempre admiradas por mí: Sor Juana Inés de la Cruz, María Eugenia Vaz Ferreira, Juana Borrero, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou... A partir de entonces nuestra correspondencia sólo fue interrumpida por su muerte. Los sobres de sus cartas siempre estaban escritos a mano con su deliciosa letra menuda de niña genial, cuyo recuerdo no puede por menos de conmoverme. Sus cartas a veces contenían un sugestivo dibujo o collage realizados por ella.. Le publicaba sus originales con gran entusiasmo. Tengo la impresión, y no, creo equivocarme, de haber introducido su poesía en España.. Comunicaba al mismo tiempo mi entusiasmo a otros amigos, Antonio Beneyto entre ellos, quien ha realizado una espléndida labor difusora de su poesía, personalmente de palabra, por escrito y como editor en su Colección La Esquina, del libro inédito Nombres y Figuras (1969) -que ella me envio con tal destino- y con sus oportunas gestiones y alientos para hacerla preparar una antología de su obra que ya sólo pudo ver la luz en 1975, tres años después de su muerte, con el título de El deseo de la palabra, en la colección Ocnos, Barral Editores.

Sus textos, en verso y en prosa, siempre son poesía y la poesía enriquece el carácter de sus relatos que son también poemas, como lo son sus ensayos sobre textos que le fascinaron, así sucede con Nadja de Bretón y en especial con su alucinante y transparente comentario a propósito de los estudios realizados por Valentine Penrose sobre Acerca de la Condesa Sangrienta, aparecido inicialmente en Sur y publicado aparte como libro breve e intenso. En él, la prosa de Alejandra Pizarnik alcanza la máxima tensión y acentúa su permanente característica de no emplear ni un vocablo más ni uno menos, entre los más eficaces y hermosos, para desarrollar el tema.

Como flechas mensajeras de auténtica poesía, sus cartas, sus libros, sus dibujos, cruzaron el Atlántico y, luego de sobrevolar la península, penetraban en el Mediterráneo para dar en el blanco hacia el que se dirigían en la Bonanova de Palma de Mallorca. No era posible ni deseable el oponerle defensa a tales disparos.

Apasionada del arte -otra forma de poesía- Alejandra Pizarnik había abandonado sus estudios de Letras para realizar los de pintura con Juan Baffle Planas, artista de origen catalán que trabajó en Buenos Aires. Ella lo vivía y lo cultivaba con la romántica pasión con que lo hiciera un Victor Hugo y, de haberle prestado la dedicación temporal que utilizó en la poesía, pudiera haber sido un caso equivalente al de un Michaux, un Arp, o el de uno más de los poetas-pintores que enriquecen el panorama.

De cómo su poesía también se apoyaba en su conocimiento y su pasión por la plástico son buen testimonio sus propias declaraciones cuando dice: "... En cuanto a la inspiración, creo en ella ortodoxamente, lo que no me impide, sino todo lo contrario, concentrarme mucho tiempo en un solo poema y lo hago de una manera que recuerda tal vez, el gesto de los artistas plásticos: adhiero la hoja de papel a un muro y la contemplo; cambio palabras, suprimo versos. A veces al suprimir una palabra, imagino otra en su lugar, pero sin saber aún su nombre. Entonces, a la espera de la deseada, hago un vacío que la alude. Y este dibujo es como una llamada ritual".

Alejandra Pizarnik vivió y nos hace vivir la realidad verdadera de su propia leyenda.

Durante su etapa anterior, trascurrida en París, hizo innumerables trabajos. Uno de ellos fue el de poner en limpio el original de Rayuela de Julio Cortázar. Pienso como, entre las páginas de este singular libro, de alguna manera pueden estar escondidos su figura y su espíritu y ser ella uno de los personajes que le animan. El ejercicio de releerlo bajo esta óptica será sin duda bien fascinante aventura. También tradujo textos fundamentales del surrealismo, como La Inmaculada Concepción de André Breton y Paul Eluard.

Desde el Romanticismo y el Simbolismo hacia adelante, Alejandra Pizarnik estuvo atraída hacia determinados productos de la literatura francesa. Si de alguna manera una de las grandes constantes -casi un vicio- de la literatura argentina es la admiración de sus creadores por los escritores franceses, en esta ocasión responde a una identificación esencial. Pudo haber escrito en francés como su casi compatriota Supervielle pero sucedía que ella, como Borges, era sobre todo argentina, esencialmente bonaerense. Mientras su obra estuvo cordialmente emparentada con autores como Artaud, Michaux y los surrealistas en general, sus raíces se hunden más profundamente en un surrealismo intemporal y sobre todo en el Romanticismo alemán con afinidades con la poeta Carolina Günderrode.

Coherente y una con su obra, fue tan sensible cuan frágil a los inconvenientes de la existencia. Hermosa como uno de los más bellos y excepcionales productos de la naturaleza, su obra y sus gestos, humanos y literarios, fueron dirigidos a su fin mientras se defendía y escudaba con oportunos y naturales silencios. Vivía en la plena inocencia de sus actos, como escribía, y tanto hizo de su cuerpo su espíritu, como hijo de su espíritu su cuerpo. La acechaban los miserables condicionamientos del amor y de la existencia y estaba hecha para vivirlos en una atmósfera de personal pureza.

Sin hacer el recuento de sus palabras más frecuentes, la música de su recuerdo me sugiere las que son más escuetas y sugestivas, como en uno de sus intensos breves y testimoniales poemas: "bosque/silencio/espejo/muerte."

Son elocuentes estas palabras suyas: "Me gusta pintar porque en la pintura encuentro la oportunidad de aludir en silencio a las imágenes de las sombras interiores". Como también son elocuentes las que dicen: "La poesía es el lugar donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto profundamente subversivo..."

Amiga del misterio, amaba en todo el profundo significado de lo infinito incomprensible, y de lo imposible, cual destinada a vivir y a realizar lunatiquerías de mensajera del astro. Vivió en un estado de disponibilidad constante hacia el absoluto de las cosas y de las relaciones. Después de renunciar a la vida, está situada en el cielo de los grandes poetas.

Nació en Buenos Aires en 1939 y murió por propia voluntad el 25 de septiembre de 1972.

Texto: "Alejandra Pizarnik Mensajera de la luna" por Antonio Fernández Molina.

Imagen: El orador por Camille Claudell en "Some Beautiful (If Tortured) Works
of Camille Claudel
".

1.12.09

Los discursos poéticos en la obra de Alejandra Pizarnik



Los discursos poéticos en la obra de Alejandra Pizarnik

Marta Lopez Luaces
Spanish and Italian Department
College of Humanities and Social Sciences
Montclair State University


Alejandra Pizarnik escribe, "no puedo hablar con mi voz, sino con mis voces". Ella habla a través de otras voces aun cuando estas voces sean una traducción, una deformación de sí misma. Hay un "split", un desdoblamiento.

El deseo de unir poesía y vida, como ya deseaban los surrealistas, se transforma en su obra en una reflexión sobre la identidad poética y su incoherencia. Para ella esta identidad, una identidad puramente poética, implica una reflexión sobre la muerte, la infancia y la locura, motivos por otra parte comunes en la literatura. Estos motivos se han asociado más íntimamente con los románticos, los surrealistas y los llamados poetas malditos con los que Pizarnik siente una gran afinidad. En ella hay una conciencia de querer insertarse dentro de un discurso en que se cuestiona la fragmentación del yo poético y se reafirma a la vez que cuestiona la identidad del/a poeta.

Hay dos momentos en la obra de Pizarnik, uno que abarcaría hasta 1962 y que incluiría los libros La tierra más lejana (1955), La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958) y Arbol de Diana (1962) y luego, un segundo momento que incluiría Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968), Nombres y figuras (1969), El infierno musical (1971), Los pequeños cantos (1971), La condesa sangrienta (1971), los diarios y el libro postumo de Textos y sombras. En la primera etapa parece predominar un discurso que resalta el silencio y lo escueto del verso, mientras que en la segunda hay una mayor experimentación con una poesía en prosa, un discurso fragmentario, caótico, en el que se establecen relaciones dispares, y las repeticiones, y los momentos de confusión acentúan la asociación más o menos libres de recuerdos de distinta índole.

En una primera etapa el yo poético de Pizarnik lleva el dolor existencial romántico, el "split" es la herida de la primera persona, "mi primera persona / mi primera persona del singular está herida". Sin embargo, a diferencia de los románticos y luego de los surrealistas, la poética de Pizarnik, no propone otro discurso alternativo, primario, para transcender la barrera del lenguaje, sino está marcada por una convocación al silencio:

"Debiera invertirse este orden maligno. Por primera vez emplear palabras para seducir a quien se quisiera gracias a la mediación del silencio más puro" . Sin embargo este "silencio" tampoco implica una anulación del lenguaje, sino una búsqueda, "Indeciblemente caigo en esto que en mí encuentro más o menos presente cuando alguien formula mi nombre". Así el texto se transforma en un espejo en el que se produce el desdoblamiento, en donde se crea un "otro", espacio no de un encuentro con una imagen reconocible, sino todo lo contrario, espacio del extrañamiento: "hablo como en mí se habla. No con mi voz obstinada en parecer una voz humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque". El acto de escribir, entonces, se transforma en un proceso de abstracción que proviene de un movimiento contradictorio -la fragmentación de un ser existencial bajo una mirada que proviene de un otro, y de un reconocimiento de la dicotomía entre esa otra mirada y la propia: "Insiste en tu abrazo/ redobla tu furia,/ crea un espacio de injurias/ entre yo y el espejo/ crea un canto de leproso/ entre yo y lo que me creo".Hay una conciencia de que en el momento en que escribe "yo" el poema se introduce dentro de un discurso poético, en el que las diferentes tradiciones, y sus diferentes imágenes, hacen de ese yo un otro en el que la hablante se reconoce y se desconoce simultáneamente. De este modo la primera persona aparece como un ente fantasmagórico: "Nadie puede salvarme pues soy invisible aun para mí que me llamo con tu voz".

A partir de Los trabajos y las noches y Extracción de piedra de locura la búsqueda de una voz, de una visión, de una representación de sí misma se transforma en un deseo de inserción dentro de un discurso y una estética poético con el que se identifica, el de los surrealista y con una identidad poética, la de los poetas malditos.Si en la primera etapa se ambicionaba la unión de ese yo, el curar la herida de esa primera persona, ahora se quiere ser la "otra". Se anhela ser "otra", pero parece no saber qué "otra". En un principio escribe: "No sé los nombres. ¿A quién le dirás que no sabes? Te deseas otra. La otra que eres se desea otra". La voz poética parecería, así, preguntarse, ¿quién sería esa otra, qué otro nombre pudiera nombrar? La preocupación entonces pasa de un modo de ser en el poema a un modo de decir en el poema, "está oscuro y quiero entrar. No sé que más decir (yo no quiero decir, yo quiero entrar)". La tensión lleva toda la carga de la abstracción poética a la que ella aspira, pero ahora con el deseo de entrar en un discurso poético que la represente. Por un lado los sujetos poéticos que encontramos en esta segunda etapa, vienen en su obra a romper con esa abstracción que sólo llevaba a un silencio como solución poética. Por otro lado, los sujetos poéticos que escoge -la reina loca, la niña y la muerte- así como las citas de Artaud, Nerval, Lautréamount, entre otros, crean una geneología literaria que remite a la tradición de los poetas malditos con los que se identifica.

Esos diferentes sujetos poéticos resaltan cierta estética y tradición en la que la voz se instala, se reconoce. El sujeto de la niña le servirá para intentar, como ya lo habían hecho los surrealistas anteriormente, reencontrarse con otra mirada, una primera mirada, anterior a los miedos, prejuicios y costumbres del mundo adulto. La muerte, es la muerte de ese yo coherente, existencial en el que hay una coherencia entre género (mujer-hombre, poesía-prosa), y cuerpo(texto) y la representación del conflicto del sujeto fragmentado y múltiple.

Es, sin embargo, el sujeto de la reina loca, lo que más remite en su poesía a la tradición de los románticos y a la de los decadentes. A diferencia de la muerte que la lleva al silencio y a la desaparición, la locura le procura un discurso y la figura del poeta maldito le ofrece un "cuerpo". La traducción del yo de Pizarnik a ese yo poético se transforma entonces en una especie de performance en el que el texto funciona como escenario. ¿Qué es lo que se pone en escena? Un cuerpo, una identidad y una subjetividad fragmentada. Una subjetividad como un cuerpo que se rehace, pero no bajo los parámetros "lógicos", es decir, normativos, sino con la libertad que parecería permitir esa "locura". En Madness in Literature Lillian Feder al loco/a de la literatura, que aunque hasta cierto punto se moldea según el loco real, pero a diferencia de éste, el loco literario está arraigado en una mitología y una tradición literaria en que la distorsión del lenguaje y de la expresión en una regla aceptada: es más el orden estético le da a al sujeto de loco un valor intrísicamente significativo.

Pizarnik se vale de esto para representar tres sujetos poéticos que hablan, que miran y que actúan fuera de las normas esperadas, que nos dan un nuevo modo de decir, de mirar y de actuar y más de significar: la muerte, la reina loca y la niña que juega con la muerte.

En un texto como "A tiempo y no" la muerte, la niña, la muñeca y la reina loca entran en diálogo:

La reina loca suspiró.
-Me he acostado con mi madre. Me he acostado con mi padre. Me he acostado con mi hijo. Me he acostado con mi caballo -dijo.
Y agregó -¿Y qué?
La muerte escupió otro pétalo y bostezó.
-Qué interesante -dijo la niña con temor de que su muñeca hubiese escuchado. Pero la muñeca sonreía, aunque tal vez con demasiado candor.
-Podría contarte mi historia a partir de la e¿Y qué¿ que fue la última frase que dije aunque ya no es más la última -dijo la reina loca-. Pero es inútil contarte mi historia desde el principio de nuestra conversación, porque yo era otra persona que no está más.
La muerte bostezó. La muñeca abrió los ojos.
-!Qué bida!- dijo la muñeca, que aún no sabía hablar sin faltas de ortografía.

Chocar, sorprender, recrear un mundo poético enrarecido en los que tres sujetos poéticos femeninos, -la niña, la mujer adulta, loca, y la muerte- están malditos, van cargadas de muerte y de locura. La niña, como la muñeca, es motivo tópico en la representación de lo extraño, lo "uncanny". En la poesía de Pizarnik, la similitud entre el personaje de la niña y la muñeca es evidente. La muñeca nos mira con ojos muertos, a la vez que representa algo vivo. La niña nos mira con ojos vivos, pero está muy cerca de la muerte.

En el poema "La piedra de la locura", especie de "ars poética", va más allá y describe el acto de escribir: "escribir es buscar en el tumulto de los quemados el hueso del brazo que corresponda al hueso de la pierna. Miserable mistura. Yo restauro, yo reconstruyo, yo ando así rodeada de muerte". Se evidencian así las similitudes entre el texto, -en tanto de la representación póetica- la subjetividad fragmentada, ¨rodeada de muerte¨ y el cuerpo. Pizarnik propone una identidad y cuerpo fragmentado, múltiple que habla simultáneamente desde diferentes instancias de la intimidad. Estos espacios son, sin embargo, conflictivos. Tanto las representaciones poéticas como la identidad de la poeta, parecería decir Pizarnik, están fragmentadas. Ambas se han convertido en espacio en donde convergen múltiples lecturas: "Algo en mí no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí con ella, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente distinta de ella" (152). Pizarnik parece esbozar la conclusión poética de que el único modo de llegar a una cierta coherencia, a una cierta articulación en el sentido en que un cuerpo, una identidad o una subjetividad podría decirse "articulado", es convertir el cuerpo, por metonimia, en cuerpo-poético y viceversa. Una unión -entre texto y cuerpo- que el texto expresa en términos eróticos; y eso es lo que intenta, "Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infudiéndole al poema mi soplo a medida que cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir". Es por esta transformación poética primero en otros cuerpos que erigen discursos ilógicos, "locos", para luego transformar y fragmentar el cuerpo del yo lírico para poder metamorfearse en texto. Por su contraparte, la imaginaria erótica-corporal con lo que se concibe muchos de sus textos son el medio por el cual la voz poética intenta sobrepasar la barrera de lo figurativo y darle cuerpo al nombre Alejandra.



Bibliografía

Bretón, André. Manifiestos del surrealismo. Traducido del francés por Andrés Bosh. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1969.

De-Man, Paul. The Rhetoric of Romanticism. New York: Columbia University Press, 1974.

Pizarnik, Alejandra. Obras Completas. Poesía & Prosa. Buenos Aires: Corregidor, 1990.

Feder, Lillian. Madness in Literature. Princeton: Princeton University Press, 1980.

Youngquist, Paul. Madness and Blake's Myth. Pennsylvania: Pennsylvania State University, 1989.



Nota (imagen): Google images search.
Nota (texto): Tomado de Revista Speculo. http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/pizarnik.html

26.10.09

Hallazgo: Pizarnik en lentes oscuros


Esta fotografía la hallé en una de mis muchas búsquedas por el laberinto de Google. Lamentablemente, perdí el nombre del sitio donde aparecía.

18.8.09

La condesa sangrienta: Torturas clásicas


Fruits purs de tout outrage et
[vierges de gerçures.
Dont la chair lisse et ferme [appelait les morsures!

Baudelaire
   
Salvo algunas interferencias barrocas -tales como la "Virgen de hierro", la muerte por agua o la jaula- la condesa adhería a un estilo de torturar monótonamente clásico que se podría resumir así:

Se escogían varias muchachas altas, bellas y resistentes -su edad oscilaba entre los 12 y los 18 años- y se las arrastraba a la sala de torturas en donde esperaba, vestida de blanco en su trono, la condesa. Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían la boca; si alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba como un geiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo. Y tanto, que debía ir a su aposento y cambiarlo por otro (¿en qué pensaría durante esa breve interrupción?). También los muros y el techo se teñían de rojo.

No siempre la dama permanecía ociosa en tanto los demás se afanaban y trabajaban en torno a ella. A veces colaboraba, y entonces, con gran ímpetu, arrancaba la carne -en los lugares más sensibles- mediante pequeñas pinzas de plata, hundía agujas, cortaba la piel de entre los dedos, aplicaba a las plantas de los pies cucharas y planchas enrojecidas al fuego, fustigaba (en el curso de un viaje ordenó que mantuvieran de pie a una muchacha que acababa de morir y continuó fustigándola aunque estaba muerta); también hizo morir a varias con agua helada (un invento de su hechicera Darvulia consistía en sumergir a una muchacha en agua fría y dejarla en remojo toda la noche). En fin, cuando se enfermaba las hacía traer a su lecho y las mordía.

Durante sus crisis eróticas, escapaban de sus labios palabras procaces destinadas a las supliciadas. Imprecaciones soeces y gritos de loba eran sus formas expresivas mientras recorría, enardecida, el tenebroso recinto. Pero nada era más espantoso que su risa. (Resumo: el castillo medieval; la sala de torturas; las tiernas muchachas; las viejas y horrendas sirvientas; la hermosa alucinada riendo desde su maldito éxtasis provocado por el sufrimiento ajeno.)

... sus últimas palabras, antes de deslizarse en el desfallecimiento concluyente, eran: "Más, todavía más, más fuerte!"

No siempre el día era inocente, la noche culpable. Sucedía que jóvenes costureras aportaban, durante las horas diurnas, vestidos para la condesa, y esto era ocasión de numerosas escenas de crueldad. Infaliblemente, Dorkó hallaba defectos en la confección de las prendas y seleccionaba a dos o tres culpables (en ese momento los ojos lóbregos de la condesa se ponían a relucir). Los castigos a las costureritas -y a las jóvenes sirvientas en general- admitían variantes. Si la condesa estaba en uno de sus excepcionales días de bondad, Dorkó se limitaba a desnudar a las culpables que continuaban trabajando desnudas, bajo la mirada de la condesa, en los aposentos llenos de gatos negros. Las muchachas sobrellevaban con penoso asombro esta condena indolora pues nunca hubieran creído en su posibilidad real. Oscuramente, debían de sentirse terriblemente humilladas pues su desnudez las ingresaba en una suerte de tiempo animal realzado por la presencia "humana" de la condesa perfectamente vestida que las contemplaba. Esta escena me llevó a pensar en la Muerte -la de las viejas alegorías; la protagonista de la Danza de la Muerte. Desnudar es propio de la Muerte. También lo es la incesante contemplación de las criaturas por ella desposeídas. Pero hay más: el desfallecimiento sexual nos obliga a gestos y expresiones del morir (jadeos y estertores como de agonía; lamentos y quejidos arrancados por el paroxismo). Si el acto sexual implica una suerte de muerte, Erzsébet Báthory necesitaba de la muerte visible, elemental, grosera, para poder, a su vez, morir de esa muerte figurada que viene a ser el orgasmo. Pero, ¿quién es la Muerte? Es la Dama que asola y agosta cómo y dónde quiere. Sí, y además es una definición posible de la condesa Báthory. Nunca nadie no quiso de tal modo envejecer, esto es: morir. Por eso, tal vez, representaba y encarnaba a la Muerte. Porque, ¿cómo ha de morir la Muerte?

Volvemos a las costureritas y a las sirvientas. Si Erzsébet amanecía irascible, no se conformaba con cuadros vivos, sino que:

A la que había robado una moneda le pagaba con la misma moneda... enrojecida al fuego, que la niña debía apretar dentro de su mano.

A la que había conversado mucho en horas de trabajo, la misma condesa le cosía la boca o, contrariamente, le abría la boca y tiraba hasta que los labios se desgarraban.

También empleaba el atizador, con el que quemaba, al azar, mejillas, senos, lenguas...

Cuando los castigos eran ejecutados en el aposento de Erzsébet, se hacía necesario, por la noche, esparcir grandes cantidades de ceniza en derredor del lecho para que la noble dama atravesara sin dificultad las vastas charcas de sangre.
 
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Imagen: Arte de Mark Ryden. 
Texto: La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik.